Por Juan Francisco Ruiz Romero | Tierra Cofrade
La Hermandad del Santo Sepulcro de Padul afronta este año un cambio de enorme calado: el paso a costal. Juan Francisco Ruiz Romero lo cuenta desde dentro, enlazando memoria familiar, identidad de hermandad y la convicción de que algunas transformaciones no rompen la tradición, sino que la sostienen.
A veces una hermandad cambia no para parecer otra, sino para seguir siendo ella misma.
No todos los cambios se entienden al principio, pero algunos nacen para salvar el alma de una hermandad.
Hoy quiero adentrarme en los cambios dentro de una hermandad, en concreto de la hermandad en la que me crie desde pequeño. Hay momentos en la vida de una hermandad que no solo se recuerdan: se sienten en el alma, como si el tiempo no hubiera pasado. Para quienes hemos crecido entre trabajaderas, olores a incienso, música cofrade y silencios que hablan más que mil palabras, la Semana Santa no es una fecha en el calendario, sino una forma de entender la vida.
“La Semana Santa no es una fecha en el calendario,
sino una forma de entender la vida.”
Recuerdo cuando todo era distinto. Cuando nuestro Santo Sepulcro procesionaba sobre ruedas, humilde pero digno, abriéndose camino entre miradas llenas de fe. A mi escasa edad, mi abuela me enseñó a amar a Cristo sobre todas las cosas, siendo en los bajos de su casa donde se arreglaba al Señor y salía en procesión. Fue allí donde empezó a construirse, sin que yo fuese consciente, mi propia historia de fe.
Después llegó 1999 y, con él, el sueño cumplido de verlo por primera vez alzado a hombros. Aquello no fue solo un cambio: fue una declaración de amor a nuestro titular. Un paso enorme, al que en el pueblo llamaban “El Titanic”, portado por decenas de jóvenes y no tan jóvenes que rezaban con sus pies a los sones de la Banda de los Viejos. Aquel trono, de grandes dimensiones, no dejaba indiferente a nadie a su paso. Aun siendo niño, no fallaba a ningún ensayo acompañando a mi padre; además, todos los pequeños nos subíamos a lo alto del paso, soñando con el día de mañana, con ser sus pies. Tuve la suerte, allá por 2008, de compartir varal junto a mi padre durante dos años que nunca olvidaré y que guardo como uno de los tesoros más preciados de mi corazón.
“Aquello no fue solo un cambio:
fue una declaración de amor a nuestro titular.”
Con el tiempo, la hermandad fue madurando y tomando forma. Se le empezó a dar ese carácter que necesitaba: una hermandad de negro, una hermandad silente. El primer cambio fue tratar de que la banda modificara el repertorio, eliminando marchas alegres como Encarnación Coronada para dar paso a otras más fúnebres.
Todo ello mientras la situación comenzaba a decaer, dado que cada vez costaba más encontrar portadores para llevarlo el Viernes Santo por las calles de Padul. Aquellos hombres de trono iban alcanzando una edad que ya no les permitía seguir siendo sus pies. Fueron momentos difíciles, de los que obligan a mirar de frente el futuro.
De la mano de Rosa, la hermandad decidió darle una vuelta de tuerca a la situación. Por un lado, reunió en una Junta de Gobierno a personas que habíamos sentido y querido a la hermandad desde chiquititos y que, por unas causas u otras, no pertenecíamos en ese momento a ella. En mi caso, estaba en otra cofradía, el Santísimo Cristo Crucificado, donde en todo momento fui recibido y tratado de la mejor manera. Me dolió despedirme de su cuadrilla para volver a mi hermandad de toda la vida, y me costó, porque junto a ellos viví mi chicotá más dura: el fallecimiento de mi abuela. Antes de morir, un Jueves Santo, me dijo: “mañana, pase lo que pase, tienes que estar con el Señor”. Y tras enterrarla el viernes por la mañana, ahí estuve por la tarde, queriendo al Señor tal como ella me enseñó. El arropamiento recibido por parte de ellos fue inmenso, y siempre estaré agradecido.
Por otro lado, debido a que el Resucitado estaba creciendo en cuanto a cuadrilla a costal y en el Sepulcro era un suplicio, se decidió impulsar la realización de un nuevo paso más pequeño, más liviano y adaptado para seguir saliendo con portadores de trono en el Sepulcro y a costal en el Resucitado y el Corpus, permitiendo además la salida desde la Santa Iglesia. También se decidió incorporar en el cortejo una figura que había salido antaño y se había perdido: el muñidor, junto con el cambio de la banda de música por una capilla musical. Aquello fue una declaración de intenciones: buscar un sello propio, ajustado al carácter de la hermandad.
Así pues, a la hermandad le costó conseguir esos portadores y, tras dos años y con varios jóvenes en sus filas, se les escuchó y se decidió dar el paso a costal.
Y ahora, en este presente que ya es historia, damos un paso más: el cambio a costal. Hacia esa forma íntima y sacrificada de llevar a nuestros titulares, donde el esfuerzo se esconde bajo el faldón y el protagonismo pertenece únicamente a Ellos. Este año no solo cambia una forma de andar: cambia la manera de sentir, de sufrir y de rezar. Fue una decisión nada fácil, ni unánime, pero seguir a hombros nos acercaba peligrosamente a un destino que nadie quería: salir a ruedas.
“Este año no solo cambia una forma de andar:
cambia la manera de sentir, de sufrir y de rezar.”
Pues bien, en este cambio, quizá algo tardío, dado que muchas cofradías ya dieron ese paso y hoy están en auge, la hermandad ha conseguido formar una cuadrilla. Como todos los inicios, está siendo complicado. Ha costado mucho reunir el número de costaleros necesarios para salir. Tras semanas de incertidumbre, algunos que estaban comprometidos, a la hora de la verdad, dieron un paso al lado. Se complicó, sí, pero finalmente el amor a Cristo de 22 jóvenes hará posible la estación de penitencia.
Ha costado, pero a día de hoy puedo decir con la boca llena que estoy muy orgulloso de pertenecer a esta cuadrilla de costaleros que llevará al Santo Sepulcro a costal, escribiendo una nueva página en la historia de la Hermandad. Sé que en mi persona ha caído una responsabilidad enorme: liderar esta cuadrilla, enseñarlos a andar, a hacer costales, cuidar que lleven las ropas bien hechas… y todo ello en una hermandad muy distinta a las demás. Se cambia la banda por el silencio y el racheo de las 22 almas que irán debajo de Él, donde el compañerismo, la humildad y la fe van por bandera. Donde los costaleros y costaleras de negro llevan la música en el corazón y en la mente. Donde llevamos al Santo Sepulcro dando testimonio de su muerte.

Porque ser costalero no es solo cargar un peso: es abrazar una tradición, convertir el esfuerzo en oración. Y, sobre todo, es formar parte de algo que te trasciende y que, una vez dentro, nunca te abandona.
Cuando la noche del Viernes Santo caiga sobre Padul y el silencio lo inunde todo, cuando el mundo se detenga y solo se escuche el leve rachear de nuestros pies bajo el paso, entonces lo entenderemos todo.
“Bajo ese faldón no van solo 22 costaleros.
Va la historia de un pueblo.”
Bajo ese faldón no van solo 22 costaleros. Va la historia de un pueblo, la fe de generaciones enteras, las manos de quienes ya no están y nos enseñaron a amar al Señor. Va la mirada de una abuela, el orgullo de un padre, la ilusión de aquellos niños que, como un día hicimos nosotros, sueñan con estar ahí abajo.
Y entonces, cuando todo se haga silencio… Él hablará.
Y en ese diálogo íntimo, sin palabras, comprenderemos que todo ha merecido la pena.
Porque hay cargas que no pesan.
Hay dolores que elevan.
Y hay momentos… que son eternos.

