Tierra Cofrade

Granada, ciudad de contrastes: barroco y calle en la misma esquina

Calle del Albaicín de Granada con casas encaladas y trazado tradicional del barrio.

Por Leo Navarro | Tierra Cofrade

En Granada, el pasado no está detrás: está al lado, rozándote el hombro en la misma esquina.

Granada como montaje: una ciudad editada a capas

Hay ciudades que se cuentan en línea recta: fundación, auge, decadencia y postal final. Granada no. Granada se entiende más bien como se monta un vídeo: a base de capas, cortes y superposiciones que a veces encajan y a veces rascan. La ciudad es una mesa de edición donde conviven piedra, cal, destellos de oro, humo de castañas, turistas, vecinos, estudiantes, procesiones, grafitis y silencios.

Y lo mejor es que esa mezcla no está “por zonas”. Aquí el pasado no se queda en un museo y el presente no vive aparte. En Granada, el tiempo se sienta en la misma terraza. Te obliga a mirar con doble enfoque: historia material y vida cotidiana a la vez. Una fachada barroca puede acabar de fondo en un TikTok, y un mural contemporáneo puede convertirse, sin pretenderlo, en una devoción urbana nueva.

Fachada principal de la Catedral de Granada, de estilo barroco, vista frontal.
Un arco triunfal para entrar en la ciudad simbólica: el barroco como portada.
Nicolas P., LCL — CC BY-SA 4.0. Wikimedia Commons

Barroco: cuando la arquitectura dirige la mirada

El barroco en Granada no es solo un estilo: es una estrategia visual. Es como si le dijera a tus ojos: “mira aquí… ahora aquí… y no te me escapes”. No te deja observar en paz; te conduce. Te empuja con luz, con ritmo, con exceso.

En la Cartuja, por ejemplo, el barroco se vuelve casi cinematográfico: mármoles, estucos, carpinterías, pinturas… y una luz que no solo ilumina, sino que compone. La sacristía no parece un espacio funcional: parece un plató pensado para que la mirada pierda el norte y, al perderlo, se rinda.

Interior de la sacristía de la Cartuja de Granada con exuberante decoración barroca y mármoles.
La luz como arquitectura: el barroco granadino no decora, compone.
Francis Vauban — CC BY 3.0. Wikimedia Commons

Y luego está San Juan de Dios: otro tipo de desborde, otro brillo. Un interior que es una declaración de intenciones: aquí el oro no es solo lujo, es subrayado. Cuando el barroco granadino aprieta, no busca discreción: busca impacto. Y ese impacto no es inocente: habla de cultura, poder, fe histórica, mecenazgo, ciudad.

Interior barroco de la Basílica de San Juan de Dios en Granada, con ornamentación dorada.
Interior de la Basílica de San Juan de Dios, Granada. Vista de la nave y el retablo mayor. José Luis Filpo Cabaña — Creative Commons Atribución 3.0. Wikimedia Commons

Lo curioso es que, aunque entres sin intención “devota”, el barroco te alcanza por una vía muy de hoy: la experiencia. Es inmersivo antes de que existiera la palabra. Te mete dentro.

Interior de la Basílica de San Juan de Dios, Granada. Nave desde el retablo mayor.
Interior de la Basílica de San Juan de Dios, Granada. Nave desde el retablo mayor.
José de Bada y Navajas. Wikimedia Commons

La esquina como unidad de lectura

Granada se entiende mejor si cambias la unidad de medida. No “la ciudad”, no “el barrio”, no “la época”. La unidad es la esquina.

Una esquina granadina es un choque de planos: un turista buscando sombra, un vecino cargado con bolsas, un grupo de Erasmus, una señora que sube despacio, una fachada barroca, un cartel de concierto, una pintada, una campana lejana, olor a pan, el zumbido de una moto. Todo eso cabe en un solo encuadre.

Y en ese encuadre aparece el tema central: el contraste no como problema, sino como identidad. Granada no se ordena para ser perfectamente coherente. Se ordena para ser habitable. Y esa habitabilidad se sostiene con pequeñas negociaciones: el barroco permanece, la calle inventa, la gente pasa.

La calle: escritura rápida, memoria inmediata

Si el barroco dirige la mirada, la calle la dispersa. Te obliga a elegir, porque todo compite. Y en Granada esa competencia tiene una herramienta potente: el arte urbano.

Hay murales que funcionan como marca de barrio, como hito, como brújula emocional. No son decoración: son lenguaje. En el Realejo, por ejemplo, la pintura urbana forma parte del mapa mental. Y hay un detalle importante: muchos murales no son abstractos; son rostros, miradas, frases. Es decir, vuelven al cuerpo. Vuelven a lo humano.

En una ciudad donde la imaginería histórica ha construido siglos de iconografía —pintura, talla, retablo, estandarte— es lógico que el presente también quiera imágenes con cara. La calle no rompe con la tradición visual: la reinterpreta. Cambia el soporte, cambia la técnica, cambia el contexto… pero se mantiene la intuición: una imagen puede sostener comunidad.

Mural urbano de Joe Strummer en Granada, obra de El Niño de las Pinturas, en una placeta del Realejo.
La calle también canoniza: iconos modernos pintados como memoria compartida.
El Niño de las Pinturas. Wikimedia Commons

Del templo a la plaza: Semana Santa como interfaz cultural

Hablar de Granada y no hablar de su Semana Santa es mirar con el objetivo tapado. No por motivos doctrinales, sino porque aquí la Semana Santa es una interfaz cultural: una manera de habitar la ciudad. Coreografía de calles, música, luz, pasos, horarios, fotografía, retransmisiones.

Visualmente conecta con el barroco en algo esencial: la obsesión por la puesta en escena. Pero también tiene algo completamente contemporáneo: su circulación en pantalla.

Hoy la Semana Santa se ve en directo y en diferido. Se ve en la esquina y en el feed. Se vive como presencia y como archivo. Y eso cambia las cosas: dónde te colocas, cómo encuadras, qué compartes, qué guardas, qué conviertes en recuerdo.

Aquí el contraste vuelve a tensarse: el barroco, pensado para el ojo presencial, convive con la mirada del móvil, que recorta, acelera, estabiliza, filtra. Y aun así siguen ocurriendo momentos de verdad visual: un silencio que la cámara no explica; una luz que el vídeo no clava; un rostro que no actúa para nadie.

Albercaen la Alhambra de Granada
El patio de la Alberca (Granada) (1895), de Santiago Rusiñol. Wikimedia Commons

Tipografía, cartelería, señales: la ciudad también se lee

Granada no solo se mira: también se lee. Y esa lectura no es solo histórica (placas, inscripciones, nombres). Es plenamente contemporánea: carteles pegados, tipografías de bares, anuncios de conciertos, señalética turística, pintadas.

La ciudad tiene una estética que vive en lo pequeño. Y aquí entra una obsesión personal: la cartelería. Granada conserva, en ciertos rincones, ecos gráficos de los 80 y 90: colores, composiciones, maneras de anunciar. Esa capa casi nunca entra en los relatos patrimoniales, pero también es patrimonio visual: cuenta cómo la ciudad se narró a sí misma en otra época.

Si el barroco era una tipografía de piedra (inscripción, emblema, símbolo), la calle lo traduce a papel, vinilo y pantalla.

Turismo, gentrificación y el riesgo de la postal

El contraste tiene una cara bonita y otra incómoda. La bonita: la mezcla. La incómoda: convertirse en postal. Cuando una ciudad se vuelve producto, sus contrastes se simplifican para venderse mejor. Y Granada —por su belleza evidente— vive ese riesgo con intensidad.

El problema no es el visitante. El problema es el guion único. Cuando solo vale la foto “correcta”, la ciudad real empieza a estorbar. Entonces el barroco se reduce a decorado y la calle a “color local”.

Una mirada cultural (y honesta) tiene que sostener el matiz: reconocer el valor patrimonial sin convertirlo en parque temático; reconocer la vitalidad de la calle sin romantizarla; aceptar que hay tensiones —vivienda, usos del espacio, economía— que también forman parte del paisaje.

Paseo de la Carrera del Darro en Granada, con edificios históricos y vida urbana.
La calle como montaje: piedra antigua y tránsito cotidiano sin cortar plano. H. A. Kilichowski — CC BY-SA 4.0. Wikimedia Commons

Cómo mirar Granada hoy: una propuesta de ruta visual (sin agobios)

Propongo una ruta pensada como la haría un fotógrafo con tiempo y respeto. No para “verlo todo”, sino para entender el contraste.

  • Arranque barroco (mañana): un interior que te cambie la luz en la retina.
  • Transición urbana: salir y notar cómo el sonido y el ritmo sustituyen al oro.
  • Realejo y alrededores: buscar murales como quien busca señales, no “spots”.
  • Paso a lo histórico-vivo: calles que no son museo, pero tampoco puro tránsito.
  • Mirador o plano general: cerrar con una vista que ordene mentalmente lo visto.

La clave es ir despacio. Granada recompensa al que no corre: porque el contraste no está en los monumentos “importantes”, sino en lo que ocurre entre ellos.

Vista de Granada con la Catedral destacando sobre el casco histórico, fotografiada desde la Alhambra.
Granada en plano general: piedra histórica y ciudad vivida en la misma respiración. Wikimedia Commons

La ciudad que no se deja cerrar

Granada se resiste al final, como una canción que no quiere apagarse. Su barroco y su calle conviven porque, en el fondo, hablan de lo mismo: de la necesidad humana de representar. Antes con mármol y retablos; hoy con spray, cámara, meme, música, vídeo.

Ahí está lo más valioso: la ciudad no se congela. La ciudad discute consigo misma. Y esa discusión —a veces hermosa, a veces tensa— es, precisamente, su manera de seguir viva.

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De este autor...

Granada no se entiende por épocas, sino por capas: se superponen como carteles pegados uno sobre otro. En una calle puedes leer el barroco en dorado —excesivo, teatral, luminoso— y, a dos pasos, ver cómo la ciudad se reescribe con spray, móviles, música y prisa. Este texto mira Granada como lo haría una cámara: no para idealizarla, sino para encuadrar sus tensiones y entender por qué aquí conviven —sin pedirse permiso— la solemnidad y la calle.
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