Por Marina Roldán (Colaboradora cultural en Tierra Cofrade)
Padul tiene esa habilidad de los pueblos que saben “ponerse guapos” sin necesidad de impostar nada. Basta con que llegue enero y el calendario marque sus días grandes para que la calle cambie de tono: se habla más con el vecino, se mira más al cielo (por si refresca) y se camina con otra calma, como si todo el mundo supiera —sin decirlo— que conviene estar presente.
Yo tengo una costumbre que ya no discuto: cuando puedo, me escapo a Padul en fiestas patronales. No solo por lo que ocurre en los momentos centrales, sino por lo que se cocina alrededor. Y en Padul esa “víspera” no es un simple esperar: es casi una jornada entera de preparativos, de manos en faena y planes que se cruzan. Hay grupos de amigos y familias que suben a por leña y plantas aromáticas para las hogueras que acompañarán el recorrido; se habla de tomillo, de candelas, de dónde se prende y dónde “aguanta” mejor el fuego. Ese trabajo previo —casi doméstico, casi de cuadrilla— es parte del ritual, aunque no lleve banda ni horarios.
Este año, el pulso se concentró en dos momentos muy claros: el traslado del 19 de enero, desde la ermita, y la procesión del 20 por la mañana, por las calles de la Villa. Dos jornadas distintas, con su propia música interna, pero unidas por la misma idea: Padul en la calle, Padul acompañándose.

Foto: Salvador Chaves Fajardo (cedida a Tierra Cofrade con autorización expresa).
19 de enero: el camino desde la ermita
El día 19 tiene un punto de inicio real. No es el que “empieza a las nueve”, sino ese comienzo que se nota: cuando la gente se va agrupando; cuando las conversaciones bajan un par de puntos; cuando el trayecto deja de ser un trayecto y se convierte en una escena colectiva. Y, al caer la noche, llega el detalle que hace de Padul algo muy suyo: las hogueras encendidas a lo largo del recorrido, levantadas con lo recogido durante la jornada, que van marcando el paso y dejando en el aire ese aroma vegetal —tomillo, monte cercano— que se queda pegado a la memoria.
Hay escenas que se repiten porque funcionan: familias que llegan juntas, mayores que eligen un sitio cómodo y estratégico, jóvenes que aparecen y desaparecen como si llevaran un mapa secreto del breve recorrido. Y luego están los detalles que no se programan: una mano que ayuda a colocarse, una broma a tiempo para destensar, un gesto serio que dice más que un discurso.
Si algo define esta noche, además del fuego, es la mezcla de sonidos: banda, redobles, el himno que asoma en los momentos clave, y esas salvas festivas que, contadas por quienes lo viven desde siempre, forman parte del paisaje de la celebración. En Padul se suele explicar con una frase que se repite año tras año —medio literal, medio cariñosa—: las hogueras se encienden “para calentar al santo”. La expresión tiene algo de humor local y algo de verdad sencilla: el fuego como compañía, como señal, como manera de decir “aquí estamos”.
El traslado tiene ese encanto de los momentos que no necesitan espectáculo: pasan cosas porque la gente está, porque acompaña, porque mira, porque participa a su manera. Y, al final, lo que queda es esa sensación de haber compartido un tramo de vida en común, con la calma y el respeto de quienes saben que forman parte de algo que viene de lejos —el propio Ayuntamiento ha hablado de una tradición de siglos, muy arraigada en la identidad local.
20 de enero: la Villa se ordena para ver pasar
La mañana del 20 es distinta: más luminosa, más abierta, más “de escaparate” en el buen sentido. El recorrido por las calles tiene algo de ceremonia urbana: los sitios se ocupan, las esquinas adquieren importancia, las fachadas se convierten en tribuna. Y, sobre todo, aparece esa coreografía que los pueblos conocen de memoria: dejar paso, esperar, mirar, comentar, volver a esperar y, una vez ha pasado, seguir, como uno más, la procesión.

Lo interesante es que no es solo lo que ocurre dentro del cortejo, sino lo que sucede alrededor: el público que se saluda, el que aprovecha para reencontrarse, el que viene “porque siempre se ha venido”, el que lo ve por primera vez y entiende rápido que aquí hay algo más que una tradición repetida. Y vuelven, también, las candelas: el fuego reaparece como hilo conductor, como seña de identidad que acompasa el recorrido y lo hace reconocible incluso desde lejos.

Padul, esos días, funciona como un álbum vivo: cada uno reconoce una foto antigua en un gesto actual. Y quizá por eso merece contarse con calma, sin exceso de solemnidad y sin frases grandilocuentes. Porque lo más valioso está en lo evidente: un pueblo que se reúne en torno a sus tradiciones.
Vídeos del reportaje
Este artículo se acompaña de dos vídeos de la bajada de San Sebastián y de la procesión del 20 de enero.


Autoría: Tanto las fotografías como los vídeos son de Salvador Chaves Fajardo, cedidos a Tierra Cofrade
con autorización expresa para su publicación en este medio.
