Tierra Cofrade

La chicotá del alma: Antonio Cristóbal Juárez Soto pone voz al sentimiento del costalero paduleño

De izquierda a derecha, Antonio Cristóbal Juárez Soto junto a su madre y su padre, durante la celebración de la VII Exaltación al Costalero de Padul.

Por Francisco Molina | Tierra Cofrade

Padul volvió a mirarse por dentro este domingo 8 de marzo en el Centro Cultural Federico García Lorca, escenario de la VII Exaltación al Costalero, celebrada a las 12:00 horas en una sala entregada desde mucho antes del inicio. La cita, organizada por el Ayuntamiento y arropada por la Federación de Cofradías, tuvo el pulso de los actos que no necesitan artificio: una conductora solvente, dos formaciones musicales de peso y, en el centro, la palabra de Antonio Cristóbal Juárez Soto, que convirtió su exaltación en un retrato muy reconocible del costalero paduleño y, por extensión, de una manera de vivir la Semana Santa sin estridencias, con oficio, barrio y verdad.

Sobre el escenario, junto al atril presidido por el escudo de la Federación de Cofradías de Padul, una sencilla silla de madera resumía por sí sola buena parte del sentido del acto. En su respaldo reposaban una sudadera verde de la Hermandad de La Borriquilla de Padul y otra negra de la Hermandad de la Oración del Huerto, también de Padul; sobre el asiento, un costal y el llamador del paso de Nuestra Señora del Valle; y, en el suelo, un discreto incensario con forma de penitente completaba una escenografía sobria, reconocible y cargada de intención. No era un adorno sin más, sino una manera de llevar al escenario los signos concretos de la costalería paduleña, su esfuerzo, su memoria y sus vínculos de hermandad.

Escenografía de la VII Exaltación al Costalero de Padul, con atril de la Federación de Cofradías, silla de madera, costal, llamador y sudaderas de las hermandades de La Borriquilla y la Oración del Huerto.
La escenografía del acto reunió, junto al atril de la Federación de Cofradías de Padul, varios elementos simbólicos de la costalería local: un costal, el llamador del paso de Nuestra Señora del Valle y prendas de las hermandades de La Borriquilla y la Oración del Huerto. Foto del autor.

Entre un llamador y una chicotá, Padul volvió a reconocerse en lo que es: un pueblo que también se explica desde abajo, desde el hombro, desde el costal, desde la cuadrilla y desde la memoria.

Una mañana con pulso de pueblo

Hay actos que se recuerdan por una frase, por una marcha o por una presencia concreta. Y hay otros que se quedan por el ambiente. La VII Exaltación al Costalero de Padul tuvo bastante de eso: de mañana señalada, de calendario subrayado con tiempo, de sala llena y de público dispuesto a escuchar algo más que una sucesión de intervenciones. No fue una simple ceremonia de trámite ni un acto de relleno dentro de la Cuaresma local. Fue, más bien, una afirmación de identidad. Una manera de poner en valor a quienes sostienen físicamente una parte esencial de la Semana Santa, pero también a todo lo que los rodea: la preparación, la lealtad a una hermandad, la convivencia, la transmisión entre generaciones y ese lenguaje propio que solo entienden del todo quienes han aprendido a medir la vida en ensayos, relevos, fajas, costales y regresos a casa con el cuerpo vencido y el ánimo arriba.

Lucía Medina marcó el tono desde el primer minuto

Lucía Medina Moreno entendió desde el primer minuto cuál debía ser el tono. Su presentación no buscó llamar la atención sobre sí misma, sino abrir el acto con ritmo, claridad y conocimiento de lo que estaba conduciendo. Saludó a autoridades, Federación, hermandades, costaleros, costaleras, cofrades, amigos y vecinos; pero además quiso subrayar de forma expresa la presencia de las mujeres en la sala, en las cuadrillas, en las bandas y en la vida cofrade paduleña, aprovechando además la coincidencia de la fecha con el 8 de marzo. No fue un guiño vacío: fue una manera de situar el acto en el presente y de recordar que la Semana Santa que hoy se vive en Padul ya no puede contarse con los marcos de hace décadas. La costalería, como tantos otros espacios, se ha ensanchado. Y ese detalle, bien colocado al comienzo, ayudó a leer el resto del acto con una mirada más completa.

Hubo otro acierto en esa apertura: el del tiempo contado hacia atrás. Lucía recordó que apenas restaban 21 días para el Domingo de Ramos, y con esa cuenta atrás dejó instalado en la sala el pulso exacto de la Cuaresma verdadera: la que ya no es anuncio lejano, sino víspera inmediata. Ese tipo de frase, cuando cae en el momento justo, ordena emocionalmente un acto entero. A partir de ahí, el público no estaba ya en un domingo cualquiera de marzo, sino en una mañana atravesada por la proximidad de lo que viene. Y eso se notó. Se notó en la escucha, en la atención y en esa sensación tan propia de los pueblos con calendario interior, donde todo el mundo sabe que las semanas previas a la Semana Santa no se miden igual que el resto del año.

Lucía Medina Moreno, conductora del acto, interviene desde el atril durante la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Lucía Medina Moreno condujo la VII Exaltación al Costalero de Padul, celebrada el 8 de marzo en el
Centro Cultural Federico García Lorca. Foto del autor.

La música abrió camino

La primera columna del acto la puso la Asociación Músico Cultural San Sebastián de Padul, presentada como una de esas realidades sin las que no se entiende la personalidad cofrade del municipio. El guion incidía en sus cuarenta años de trayectoria, en su papel dentro de la identidad musical de Padul y en su presencia habitual dentro y fuera de la localidad, especialmente en la Semana Santa. El repertorio elegido —Nuestra Señora de Guadalupe, Virgen de la Alhambra, Virgen de la Estrella y Cristo de los toreros, con bis de Rosario de Montesión— no fue un simple acompañamiento: marcó el aire de la mañana y ayudó a colocar al público en el registro emocional adecuado, ese punto en el que el acto todavía no ha entrado en su centro verbal, pero ya ha dejado claro que no será plano ni rutinario.

La Banda de Música San Sebastián de Padul interpreta una de las piezas del acto sobre el escenario del Centro Cultural Federico García Lorca.
La Banda de Música San Sebastián de Padul puso el acompañamiento musical a la VII Exaltación al Costalero celebrada en el Centro Cultural Federico García Lorca. Foto del autor.

Antonio Cristóbal, una voz hecha de barrio, casa y cuadrilla

Y entonces llegó el turno del exaltador. La presentación que Lucía Medina hizo de Antonio Cristóbal Juárez Soto estuvo construida con cercanía, conocimiento y afecto. No fue una enumeración fría de datos, sino una semblanza con biografía, barrio y recorrido. Lo situó desde la infancia junto a la Hermandad del Huerto, entre olivos, tareas cotidianas y primeros aprendizajes, y dibujó después su evolución dentro de la costalería paduleña, su paso por la Borriquilla, su maduración dentro de cuadrilla, su vinculación a la vida de hermandad y su responsabilidad actual junto a la Virgen del Valle, compartida con Víctor. También destacó algo importante: que su perfil no respondía solo al del costalero que sabe de kilos, relevos y martillo, sino al de una persona a la que el mundo cofrade le atraviesa la vida entera, desde la amistad hasta el trabajo callado, desde la barra hasta la carpa, desde el ensayo hasta la junta de gobierno. Ahí ya estaba planteado el núcleo de la mañana: el costal no como gesto aislado, sino como una forma amplia de pertenencia.

Y Antonio Cristóbal respondió a esa expectativa con un texto que no quiso refugiarse en la consigna fácil ni en la frase de plantilla. Su exaltación no fue una acumulación de tópicos sobre el sacrificio del costalero ni una letanía de lugares comunes. Fue, sobre todo, una declaración de experiencia. Arrancó agradeciendo al Ayuntamiento la confianza depositada en él y asumió el peso del encargo con una imagen muy bien traída: la del papel en blanco como una chicotá dura, de vuelta, cuando las rodillas ya no responden igual. Desde ahí, levantó un texto que funcionó bien por una razón principal: estaba escrito desde dentro, pero con voluntad de hacerse entender también fuera.

“Entre un ‘A ESTA ES’ y un ‘AHÍ QUEÓ’ cabe la vida misma.”

De izquierda a derecha, Antonio Cristóbal Juárez Soto junto a su madre y su padre, durante la celebración de la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Antonio Cristóbal Juárez Soto, acompañado por sus padres en una imagen tomada durante la mañana
de la VII Exaltación al Costalero de Padul. Foto del autor.

Costal y vida: el eje del discurso

Uno de los grandes aciertos de la exaltación estuvo en la comparación constante entre costal y vida, una relación que Antonio Cristóbal manejó con naturalidad, sin necesidad de subrayados excesivos. Debajo de un paso, vino a decir, caben el miedo, la incertidumbre, el dolor físico, la rabia cuando escasean las fuerzas, pero también la alegría, el orgullo y la conciencia de formar parte de algo más grande que uno mismo. Esa idea, bien trabajada a lo largo del texto, evitó que la exaltación se quedara encerrada en el vocabulario exclusivo del costalero. La abrió. La llevó a un territorio más amplio, reconocible para cualquiera que haya tenido que sostener cargas, confiar en otros o aprender a apretar los dientes en medio de una dificultad. Por ahí el discurso ganó espesor humano.

“Cabe el dolor de un paso que al mismo tiempo que te aplasta el cuerpo,
te ensancha el alma.”

La familia, los maestros y lo que se aprende en casa

No menos importante fue el lugar que concedió a los maestros y a la familia. Primero a los del costal, a esos hombres con los que aprendió el oficio, la convivencia y hasta cierta liturgia doméstica de la cuadrilla. Después, y de manera especialmente sentida, a sus padres y a su hermano. Ahí el texto dio uno de sus pasos más sinceros. Antonio Cristóbal no se limitó a mencionar a los suyos como agradecimiento obligado, sino que los integró en el corazón mismo de la exaltación. Sus padres aparecieron como ejemplo de entereza, de pelea con la vida, de humildad y generosidad; y su hermano, aunque ajeno al costal en sentido estricto, fue presentado como compañero esencial de pasión, memoria y afecto. Esa parte del discurso tuvo un valor particular porque introdujo en el acto algo muy necesario: la idea de que la costalería no se forma solo en la trabajadera, sino también en casa, en la infancia, en la mirada aprendida y en el ejemplo recibido.

“Mis padres se han enfrentado a ella, como el mejor costalero se enfrenta
a una pelea con los kilos.”

De izquierda a derecha, Antonio Cristóbal Juárez Soto junto a su madre y su padre, durante la celebración de la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Antonio Cristóbal Juárez Soto, acompañado por sus padres en una imagen tomada durante la mañana
de la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Foto del autor.

El Huerto: la raíz que no se suelta

Desde ahí, el exaltador regresó al origen: el Señor del Huerto, la infancia en la Santísima Trinidad, los recuerdos de la placeta, los mayores, los preparativos, la dureza y la fascinación de los primeros años, cuando aún no había costaleros como hoy y ya existía el sueño de ser “los pies” del Señor. Ese tramo del texto tuvo una fuerza especial porque conectó biografía y devoción de una forma nada impostada. El Huerto no apareció solo como una imagen titular, sino como raíz personal, vínculo con el abuelo, herencia del padre y continuidad posible hacia los hijos. Fue uno de los momentos en que la exaltación mejor se explicó a sí misma: no como exaltación del músculo ni del lucimiento, sino como relato de pertenencia.

“Es el lazo que me ata a lo que fui y la raíz que me sostiene en lo que soy.”

La Borriquilla, la calle y el temblor de la víspera

Después llegó la otra gran estación del discurso: la Borriquilla. Y ahí Antonio Cristóbal levantó algunas de las páginas más vivas de la mañana. Habló del cruce hacia el barrio de San Antonio, de la invitación inicial, del descubrimiento de una nueva casa, de la familia tejida durante años, del viejo patio de la casa de hermandad y de la Placeta del Molino como antesala emocional del Domingo de Ramos. En ese bloque hubo imágenes muy felices y muy de verdad: el último abrazo, el último beso, los últimos cigarros, la última fotografía, el silencio antes de subir la calle, la sensación de túnel de vestuarios antes de una gran final. Ahí la exaltación se volvió especialmente visual. Casi se podía ver el movimiento de la cuadrilla y oír la respiración antes del llamador.

“La Placeta del Molino es mucho más que un rincón del barrio:
el antecamarín de la gloria, la capilla de los sueños, el hogar del último abrazo.”

Cuando evocó el primer “a esta es” y la levantá del misterio del Dios Bueno del Domingo de Ramos, el discurso se colocó ya en un punto de plena identificación con el auditorio. No porque tirara de épica fácil, sino porque supo nombrar el misterio de esos segundos sin desfigurarlo con exceso de retórica. Más interesante aún fue el paso siguiente: convertir esa experiencia concreta en una afirmación colectiva sobre Padul. Según Antonio Cristóbal, los costaleros del pueblo saben que sobre el costal no descansa solo un paso, sino también parte del legado y de la historia local. La idea es potente y, además, útil para leer el acto entero: la costalería no como afición particular de unos cuantos, sino como una pieza de la identidad paduleña.

Los que se fueron y siguen llevando el paso dentro

En ese mismo registro, una de las aportaciones más logradas del texto fue la atención prestada a quienes ya no están en Padul, a quienes han tenido que marcharse para buscar fuera el futuro que aquí no encontraron, pero siguen viviendo la Semana Santa desde la distancia, con fotografías, recuerdos y ausencias. Fue un acierto porque ensanchó el perímetro emocional de la exaltación. No todo costalero está debajo del paso en ese momento. A veces el costal se lleva dentro, a muchos kilómetros, y eso también forma parte de la verdad de un pueblo. En una mañana de fuerte raíz local, esa apertura a la emigración y a la memoria de los ausentes evitó el localismo estrecho y dio a la pieza una resonancia mayor.

“Ser costalero de Padul no siempre significa ir debajo de un paso;
a veces solo significa llevarlo dentro.”

Una Semana Santa contada en plural

A partir de ahí, Antonio Cristóbal fue recorriendo la pluralidad de la Semana Santa de Padul: Flagelación, Santo Sudario, Señor del Viernes Santo, Virgen de los Dolores, San Juan, Santísimo Cristo Crucificado, Hermandad del Señor, Virgen de las Angustias, Santísima Trinidad y sus cirineas, entre otras realidades evocadas en su texto. No lo hizo desde la guía turística ni desde el reparto protocolario de elogios, sino desde una idea de fondo: que en Padul hay muchas maneras de llevar un paso, muchas formas de estar, muchas cuadrillas y muchas sensibilidades, y que todas juntas componen la riqueza de una Semana Santa poliédrica, viva y reconocible. Esa parte del discurso fue importante porque rebajó cualquier tentación de mirarse solo en la propia hermandad. Lo suyo no fue una exaltación de parcela, sino de conjunto.

Especialmente nítido resultó el tramo dedicado a las costaleras de la Virgen del Valle. No hubo condescendencia ni adorno superficial: hubo admiración franca. Antonio Cristóbal las presentó como compás, escuela, hogar y verdad costalera; y esa mirada empastó muy bien con el comienzo del acto, donde Lucía Medina ya había subrayado el lugar de las mujeres en la vida cofrade y musical de la jornada. El resultado fue una mañana coherente también en eso: sin proclamas grandilocuentes, pero con hechos, presencias y palabras que asumían con naturalidad una realidad incontestable de la Semana Santa actual.

“Las guardianas de la verdad costalera.”

La Virgen del Valle al final del camino

El cierre del texto, ya dirigido de forma más directa a la Virgen del Valle, fue el más netamente íntimo y personal. Allí la exaltación se recogió sobre sí misma y se volvió casi conversación, declaración de pertenencia y deseo de seguir siendo, mientras queden fuerzas, costalero de su gloria. Era lógico que el discurso terminara así: después de haber transitado por familia, hermandades, pueblo, infancia, cuadrillas y ausencias, quedaba volver al centro emocional desde el que Antonio Cristóbal hablaba. Y volvió. Cerró con una fórmula de resonancia clara, bien rematada por ese “¡Ahí queó!” final que funcionó como broche natural y no como golpe forzado.

“Mientras me queden fuerzas para pisar este suelo, seguiré soñando con ser,
de tu altísima gloria, tu costalero.”

Los reconocimientos: el pueblo devolvió el abrazo

Tras la exaltación llegó la entrega del recuerdo por parte de la alcaldesa Celia Villena de Francisco, prevista en el guion como gesto institucional de reconocimiento, antes del último bloque musical. Ese momento sirvió para devolver el acto al plano de la comunidad reunida: el Ayuntamiento como organizador, la autoridad civil presente y el exaltador recibiendo el agradecimiento público del pueblo al que había puesto voz durante unos minutos. Fue una transición limpia hacia el colofón final.

La alcaldesa de Padul, Celia Villena de Francisco, dirige unas palabras de agradecimiento a Antonio Cristóbal Juárez Soto al término de la exaltación.
La alcaldesa de Padul, Celia Villena de Francisco, tomó la palabra para agradecer a Antonio Cristóbal Juárez Soto su participación como exaltador de la VII Exaltación al Costalero. Foto del autor

La alcaldesa hizo entrega a Antonio Cristóbal de un recuerdo conmemorativo en forma de dos costaleros, uno ayudando al otro a colocarse el costal, una pieza que resumía muy bien la idea de relevo, compañerismo y aprendizaje que había atravesado todo el acto.

Celia Villena de Francisco entrega a Antonio Cristóbal Juárez Soto una figura con dos costaleros como recuerdo de la VII Exaltación al Costalero de Padul.
La alcaldesa de Padul hizo entrega a Antonio Cristóbal Juárez Soto de un recuerdo conmemorativo
en forma de dos costaleros, uno ayudando al otro a colocarse el costal. Foto del autor.

Después llegaron también los gestos de reconocimiento desde las hermandades más ligadas a la biografía cofrade del exaltador. Víctor Manuel Cárdenas Domínguez, en nombre de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Victoria y Nuestra Señora del Valle, hizo entrega a Antonio Cristóbal de un cuadro de recuerdo y agradecimiento por la exaltación recién pronunciada.

Víctor Manuel Domínguez Cárdenas entrega a Antonio Cristóbal Juárez Soto un cuadro de recuerdo en nombre de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Victoria y Nuestra Señora del Valle.
Víctor Manuel Domínguez Cárdenas, en representación de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Victoria y Nuestra Señora del Valle, entregó a Antonio Cristóbal Juárez Soto un cuadro de recuerdo y agradecimiento
por su exaltación. Foto del autor.

A continuación, Rafael Paniza Haro y José Moya Muñoz, en nombre de la Hermandad de la Oración del Huerto, le entregaron un cuadro con el cartel anunciador de la Semana Santa de Padul, cuyo motivo central estaba dedicado precisamente a esa hermandad.

Rafael Paniza Haro y José Moya Muñoz entregan a Antonio Cristóbal Juárez Soto un cuadro con el cartel de la Semana Santa de Padul en nombre de la Hermandad de la Oración del Huerto.
Rafael Paniza Haro y José Moya Muñoz, en nombre de la Hermandad de la Oración del Huerto, entregaron a Antonio Cristóbal Juárez Soto un cuadro con el cartel anunciador de la Semana Santa de Padul. Foto del autor.

El cierre musical y una sala puesta en pie

Ese cierre lo firmó la Banda de CC y TT de Ntro. Padre Jesús Despojado de Granada, que puso el último acento de una cita que había sabido alternar bien palabra y música. No fue un añadido decorativo. Fue el remate lógico de una mañana planteada como acto completo, con respiración propia y con un desarrollo muy bien medido desde la organización.

La Agrupación Musical Nuestro Padre Jesús del Rescate de Granada interviene sobre el escenario durante la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Un momento de la actuación de la Banda de CC y TT de Ntro. Padre Jesús Despojado
de Granada durante la celebración de la VII Exaltación al Costalero. Foto del autor.

Al término de la actuación, el numeroso público asistente, puesto en pie, aplaudió largamente la interpretación del himno de España, en uno de los momentos más solemnes y compartidos de la mañana.

La despedida de Lucía Medina cerró el círculo con agradecimientos al Ayuntamiento, al exaltador, a los músicos y al público, además de dejar anunciado el siguiente gran hito del calendario: la lectura del pregón oficial de la Semana Santa de Padul, fijada para el sábado 21 de marzo en el mismo espacio y a cargo de Antonio Carlos Maldonado. Pero más allá de esa cita próxima, la sensación de cierre fue otra: la de haber asistido a un acto que cumplió lo que prometía. Una exaltación no vive solo del nombre del exaltador ni del brillo de las bandas. Vive de que haya verdad en el escenario y reconocimiento en la sala. Y esta mañana hubo ambas cosas.

Un acto que Padul hizo suyo

La VII Exaltación al Costalero de Padul dejó, en definitiva, una imagen muy concreta de sí misma: la de un pueblo que sabe rendir homenaje a quienes ponen el cuerpo, pero también a todo lo que hay alrededor del cuerpo cuando llega la Semana Santa. El trabajo de cuadrilla, la lealtad a la hermandad, el peso de la casa, la memoria de los que faltan, la emoción del barrio, la música que acompaña y el relevo constante de quienes llegan detrás. No fue una mañana de frases huecas ni de solemnidad de escaparate. Fue una mañana de reconocerse. Y eso, en actos de este tipo, vale mucho más que cualquier exceso de pompa.

Figura con dos costaleros, uno ayudando al otro a colocarse el costal, entregada a Antonio Cristóbal Juárez Soto como recuerdo de la VII Exaltación al Costalero de Padul.
Detalle del recuerdo entregado a Antonio Cristóbal Juárez Soto con motivo de la VII Exaltación al Costalero de Padul, una pieza que representa el gesto de colocarse el costal antes de la trabajadera. Foto del autor.

Vídeo grabado por el autor.

Texto completo de la VII Exaltación al Costalero de Padul
Entrevista a Antonio Cristóbal Juárez Soto

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De este autor...

La VII Exaltación al Costalero de Padul reunió este 8 de marzo a autoridades, hermandades, costaleros y público en el Centro Cultural Federico García Lorca. Antonio Cristóbal Juárez Soto firmó una intervención muy personal, sostenida por la memoria, la familia, el oficio y el pulso cofrade de todo un pueblo.

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