Tierra Cofrade

Antonio Carlos Maldonado abrió la Semana Santa de Padul con un pregón largo, valiente y profundamente sentido

Antonio Carlos Maldonado en el atril, con la Banda San Sebastián y la decoración del escenario al fondo.

Por Francisco Molina | Tierra Cofrade

Hay noches en las que un pueblo acude a un acto. Y hay otras, menos frecuentes, en las que un pueblo acude a reconocerse. Lo que ocurrió en Padul el pasado 21 de marzo, durante el XXXVII Pregón de la Semana Santa, tuvo mucho de lo segundo. El Centro Cultural Federico García Lorca presentó el aspecto de las grandes citas: lleno hasta donde la vista alcanzaba, público expectante, atención sostenida, respeto verdadero y esa mezcla de nervio, emoción y solemnidad que solo se da cuando quien va a hablar no comparece para cumplir con un encargo, sino para dejar una parte de sí mismo sobre el atril.

Vista general del escenario del Centro Cultural Federico García Lorca durante el XXXVII Pregón de la Semana Santa de Padul, con Antonio Carlos Maldonado en el atril.
Antonio Carlos Maldonado pronuncia el pregón de la Semana Santa de Padul en una escena de gran fuerza visual, con el escenario en penumbra, la decoración litúrgica y la música como telón de fondo.
Dónde ponerla: imagen destacada. Imagen cedida.

Antonio Carlos Maldonado Medina no ofreció un pregón breve ni de trámite. Lo suyo fue otra cosa. Un texto de más de una hora, dicho como él lo había sentido y escrito, sin rebajas, sin atajos y sin buscar la comodidad de la frase fácil. La emoción le brotaba con naturalidad, la sinceridad le sostenía el pulso y el auditorio, lejos de venirse abajo por la duración, se mantuvo prendido a sus palabras, entendiendo cuándo debía guardar silencio y cuándo tocar palmas largas, de esas que no interrumpen, sino que agradecen.

Padul escuchó, en realidad, bastante más que un anuncio de su Semana Santa. Escuchó una declaración de identidad. Un pregón hecho de infancia, memoria, barrio, hermandad, costal, crítica, gratitud, fe, dudas, orgullo y verdad. Un pregón que por momentos tuvo aliento poético, por momentos se volvió confesión abierta y por momentos apretó donde duele. Y quizá por eso llegó tanto. Porque no quiso adornar las cosas en exceso. Quiso decirlas.

La pregonera de la Semana Santa de Padul 2025 interviene desde el atril durante el XXXVII Pregón de la Semana Santa de Padul.
La presentación del pregonero, a cargo de Estela Paniza, pregonera del pasado año, abrió una noche muy cuidada en su desarrollo y sostenida por un público entregado desde el primer momento. Foto cedida.

El acto estuvo conducido por Manuel Puerta, que fue hilando el desarrollo de la noche, mientras que María Estela Paniza, pregonera de la Semana Santa de Padul 2025, asumió la misión de presentar a Antonio Carlos antes de que este tomara la palabra. Fue un relevo con sentido, casi una entrega de testigo en público, de esas que ayudan a subrayar la continuidad de una tradición que en Padul no se vive como simple protocolo, sino como parte del propio tejido sentimental de la Cuaresma.

La Banda San Sebastián interpreta una de las marchas del acto ante el público del Centro Cultural Federico García Lorca.
La música volvió a ocupar un lugar central en el acto del pregón, con una interpretación que ayudó a subrayar varios de sus momentos más intensos. Foto del autor.

También la música tuvo un papel decisivo. La Banda de Padul, dirigida en esta ocasión por José Cruz, abrió con Una corona de esperanza antes de intervenir junto al coro rociero Al-Badul, en un orden finalmente distinto al previsto inicialmente. Aquella alternancia entre palabra y música no se sintió como un adorno, sino como un apoyo real al latido del acto. Las marchas fueron marcando respiraciones, dando reposo al discurso y reforzando algunos de sus pasajes de mayor carga emocional.

El coro rociero Al-Badul actúa junto a la Banda San Sebastián de Padul durante el acto del pregón.
La Banda San Sebastián y el coro rociero Al-Badul aportaron cuerpo musical a una noche concebida también
desde lo escénico. Foto del autor.

No fue, desde luego, un pregón de postal. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa. Antonio Carlos lo dejó claro muy pronto cuando vino a sostener que “un pregón no es una exaltación”. En esa frase, dicha casi como declaración de principios, quedó condensada buena parte de su propuesta. No estaba allí para dorar la píldora, ni para encadenar elogios cómodos, ni para decir únicamente lo que el público esperaba escuchar. Estaba para hablar de cofradías y de hermandades desde dentro, con amor, sí, pero también con lucidez. Para contar lo bueno, pero sin esconder lo demás. Para hablar de lo que se vive y de lo que se calla. Para exponer su manera de sentir la Semana Santa de Padul sin miedo a que esa sinceridad incomodara a alguien.

El pregón arrancó, además, con uno de sus hallazgos más certeros: una escena de niñez que funciona casi como una fundación íntima del propio pregonero. Un palé, dos tablas, unos clavos, un terreno de olivos, unos niños jugando al paso. Aquel arranque no era un simple recurso literario: era el principio de una manera de pertenecer. Allí apareció la imagen de “mi primer paso de Semana Santa”, una evocación que, por sencilla, acertó de lleno. Porque en esa cruz improvisada, en aquel juego de críos, ya estaba latiendo todo lo que vendría después: el costalero, el hermano, el hombre de cofradía, el pregonero.

Antonio Carlos Maldonado lee el pregón desde el atril durante la Semana Santa de Padul 2026.
Antonio Carlos Maldonado defendió un pregón largo, personal y sin concesiones, marcado por la emoción
y la sinceridad. Foto del autor.

Desde ese origen humilde fue creciendo un texto atravesado por Padul de punta a punta. Por sus calles, sus costumbres, sus barrios, sus conversaciones, sus contradicciones y su manera tan particular de hacer que la Semana Santa no sea una cita aislada del calendario, sino una forma de estar en el mundo. Uno de los momentos más logrados llegó cuando Antonio Carlos se preguntó cómo explicarle a un forastero qué es realmente este pueblo. Y ahí apareció una de las frases más felices del pregón, esa que dice que aquí “cada esquina es una revirá”. No es solo una imagen brillante. Es también una definición muy precisa de una identidad local donde el callejero, la memoria y la devoción se mezclan de un modo que fuera cuesta mucho entender.

En ese bloque dedicado a Padul estuvo una de las claves más hondas del texto. Antonio Carlos no habló del pueblo como quien enumera estampas bonitas, sino como quien intenta explicar una forma de pertenencia. La silla a la fresca, la barra, el andamio, la lotería, los talleres, las cuotas cobradas puerta por puerta, las casas de hermandad, los ensayos, las flores, la música, la calle y el esfuerzo continuo. Todo eso apareció con fuerza. Y apareció bien. Porque lo hizo sin victimismo, pero también sin disfrazar la realidad. Cuando vino a recordar que aquí la Semana Santa no se reduce al incienso de unos días, sino que se trabaja y se sostiene durante todo el año, puso voz a una evidencia que muchos disfrutan desde fuera sin llegar a comprenderla del todo.

Hubo, en ese sentido, un tramo especialmente valioso en el que el pregonero se apartó del adorno para entrar en algo más incómodo y más verdadero: el coste humano, económico y emocional de levantar una Semana Santa viva. Antonio Carlos habló de la barra y del andamio, de lo que se paga, de lo que se calla, de lo que se saca adelante con mucha menos épica de la que luego parece. Y al hacerlo logró una de las cosas más difíciles en este tipo de textos: dignificar el trabajo callado sin convertirlo en consigna.

A partir de ahí, el pregón fue desplegándose como un mapa muy personal de la Semana Santa de Padul. No se limitó a recorrer hermandades ni a encadenar descripciones de imágenes. Lo que hizo fue detenerse en ellas buscando un sentido, una enseñanza, una herida o una pregunta. No fue una sucesión de estampas bonitas. Fue, más bien, una lectura íntima y a ratos exigente de lo que cada corporación, cada paso y cada escena representan para quien las vive desde dentro.

Muy conseguido estuvo también todo el tramo de la hermandad propia, donde Antonio Carlos dejó algunas de las páginas más personales de la noche. Ahí el pregón se hizo especialmente cercano. La Casa Hermandad apareció no como un lugar abstracto, sino como un espacio de espera, de trabajo, de convivencia, de rezo y de vida compartida. Se notó en esas líneas que ahí había experiencia verdadera y no simple literatura cofrade. El pregonero no describía una idea de hermandad: estaba hablando de la suya, de la que ha vivido, de la que le ha formado y de la que le ha dado lenguaje para entender muchas cosas de la vida.

Otro de los aciertos del texto fue su forma de alternar registros. Hubo poesía, sí. Hubo memoria. Hubo crítica. Hubo humor. Hubo guiños de casa hermandad. Hubo llamadas al pueblo. Hubo incluso pequeños latigazos verbales lanzados a ciertas inercias del mundo cofrade. Esa mezcla, que en otras manos habría podido romper el tono, aquí funcionó como una marca de autenticidad. Antonio Carlos no intentó hablar desde un pedestal, sino desde su propia voz. Y eso hizo que el público lo sintiera cerca incluso cuando el texto se volvía más severo.

La música, por su parte, no fue un simple acompañamiento ornamental. Tuvo presencia real en el desarrollo del acto y ayudó a reforzar la arquitectura emocional de la velada. La Banda de Padul y el coro rociero Al-Badul fueron mucho más que una transición entre parlamentos: pusieron respiración, marco y cadencia a una noche que por momentos adquirió una dimensión casi escénica. Todo estaba dispuesto para que la palabra no quedara sola, sino arropada por una sonoridad que iba sosteniendo sus cambios de temperatura.

Hubo además un fondo crítico que merece subrayarse. No por afán de polémica, sino porque habla de la madurez del pregonero y del propio texto. Antonio Carlos habló del relevo generacional, del papel de los mayores, de la obligación de los jóvenes, de la tentación del lucimiento, de ciertos vicios del mundo costalero, de la necesidad de comprometerse de verdad y de la obligación de no dejar caer lo recibido. Ahí volvió a aparecer otra de las ideas-fuerza de la noche, expresada con rotundidad cuando reclamó la necesidad de “seguir nuestro legado”. No era una frase hueca. Era una advertencia. Y también una llamada.

Ese tramo del pregón tuvo mucha sustancia porque huyó del tópico fácil sobre jóvenes y mayores. Antonio Carlos no cayó en el lamento cómodo ni en el enfrentamiento simplón. Lo que vino a decir, con bastante claridad, es que unos y otros se necesitan. Que los mayores deben explicar, acompañar y seguir estando. Y que los jóvenes tienen la obligación de ponerse a trabajar, de comprometerse y de no creer que todo empieza con ellos. En tiempos de tanto gesto vacío, escuchar algo así desde un atril tuvo peso.

Hubo también páginas que tocaron lo íntimo con una verdad difícil de impostar. Eso se notó especialmente en determinados pasajes sobre la familia, la casa hermandad, la fragilidad, el miedo y la esperanza. Antonio Carlos consiguió que esas zonas del texto no sonaran a exhibición sentimental, sino a humanidad sin máscara. Ahí el pregón respiró de verdad. Y ahí fue seguramente donde más conectó con quienes no estaban escuchando solo a un cofrade, sino a un hombre contándose a sí mismo delante de su pueblo.

Uno de los elementos que más ayudaron a sostener la atención del público fue, precisamente, esa capacidad del pregonero para pasar de lo general a lo concreto. De una reflexión sobre la Semana Santa a una escena mínima. De una crítica al costalerismo de escaparate a una imagen doméstica. De una observación sobre el silencio a una vivencia propia. De una hermandad al pulso entero del pueblo. Eso evitó que la longitud del pregón se convirtiera en peso muerto. Había duración, sí. Pero había también recorrido, cambios de ritmo y verdad emocional.

Y luego estuvo la respuesta de la sala. El público acompañó. Entendió cuándo había que escuchar. Entendió cuándo llegaba el aplauso. Y entendió también que estaba asistiendo a algo distinto de un pregón convencional. Las ovaciones fueron prolongadas, el respeto fue continuo y la sensación general, ya avanzada la noche, era la de estar compartiendo un momento que iba dejando poso.

Antonio Carlos Maldonado sostiene el texto del pregón tras su intervención.
Con el pregón ya pronunciado, Antonio Carlos sostuvo en sus
manos el texto de una noche que ya forma parte de la
memoria reciente de Padul. Foto del autor.

Tras el pregón llegaron los gestos finales, también cargados de significado. Antonio Carlos hizo entrega del texto a Antonio «Reque», en nombre de la Hermandad de la Flagelación, prolongando así una tradición especialmente simbólica para su corporación. Después llegaron los recuerdos de su hermandad y de la Federación, en ese orden, antes del cierre del acto por parte de Sergio Palomares. Lejos de parecer un añadido protocolario, todo eso ayudó a rematar una noche que tuvo siempre muy presente la idea de pertenencia, de memoria compartida y de continuidad.

Antonio Carlos Maldonado entrega el texto del pregón a un representante de su hermandad tras finalizar el acto.
Tras su intervención, el pregonero hizo entrega del texto a su hermandad, prolongando en público una tradición
de especial carga simbólica. Foto del autor.

No conviene olvidar tampoco el valor de la puesta en escena. El escenario, la ornamentación, la presencia de la cruz, la iluminación, los tonos rojos, la disposición musical, el acompañamiento coral y la seriedad del conjunto contribuyeron a dar a la noche un empaque visual que acompañó bien al contenido. Nada parecía colocado al azar. Y eso también sumó.

Decoración del escenario del pregón con crucificado, candelabros y centro floral en tonos rojos.
La cuidada escenografía del acto reforzó el tono solemne de una noche concebida para anunciar la inminencia
de la Semana Santa. Foto del autor.

Padul ya tiene pregón para su Semana Santa de 2026. Pero decir solo eso sería quedarse corto. Lo que Padul tiene, en realidad, es una de esas noches que pasan a engrosar su memoria reciente. Una noche que dejará frases, imágenes y emociones dando vueltas durante tiempo. Una noche en la que un pregonero no subió a gustar, sino a decir. Y a decirse.

Antonio Carlos Maldonado no buscó el refugio de la solemnidad hueca ni el aplauso barato. Subió al atril con un texto largo, sí, pero también valiente; personal, pero sin encierro narcisista; crítico, pero sin amargura; emocional, pero sin blandura. Lo hizo como lo había escrito, y eso se notó. Lo dijo como lo siente, y eso llegó.

Por eso el XXXVII Pregón de la Semana Santa de Padul no quedará solo como un acto más del calendario. Quedará como una noche en la que un pueblo se escuchó a sí mismo a través de uno de los suyos. Y eso, cuando ocurre de verdad, no se mide en minutos, sino en huella

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Antonio Carlos Maldonado abrió la Semana Santa de Padul 2026 con un pregón largo, sincero y muy de dentro, pronunciado en el Centro Cultural Federico García Lorca ante un auditorio entregado y acompañado por la música de la Banda San Sebastián y el coro rociero Al-Badul.

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