Por Aurora de la Torre | Tierra Cofrade
La Catedral de Granada no fue pensada solo como un gran templo. Fue concebida también como una declaración de orden, de fe y de poder en la ciudad que acababa de salir del mundo nazarí para entrar en la órbita simbólica de la monarquía hispánica. Su singularidad no reside únicamente en la calidad de Diego de Siloé o en la poderosa fachada de Alonso Cano, sino en haber sabido convertir un programa político y litúrgico en una arquitectura donde la luz tiene categoría de argumento.
En Granada, la catedral no se levantó solo para ocupar un solar: se levantó para ordenar un relato.
Una catedral pensada para reorganizar la ciudad
Hay edificios que resumen una época; la Catedral de Granada aspira a algo más ambicioso: quiere reorganizar una ciudad. Su historia arranca en el contexto abierto por 1492, cuando la nueva sede cristiana empezó a pensarse sobre el solar de la mezquita mayor y dentro de un proyecto urbano ligado a la nueva Granada castellana. La guía monumental del Ayuntamiento lo formula con claridad al insertar la catedral en el proyecto de ciudad imperial de Carlos I y al recordar que fue mandada construir sobre la mezquita mayor por los Reyes Católicos. La página histórica del propio templo, por su parte, precisa que Enrique Egas presentó en 1506 una primera traza tardogótica de cinco naves, mientras que la colocación de la primera piedra se documenta el 25 de marzo de 1523.
Ese primer diseño de Egas respondía todavía a una lógica castellana, heredera de Toledo y Sevilla. Pero Granada no iba a conformarse con una repetición solemne. El giro decisivo llegó en 1528, cuando Diego de Siloé reformuló el proyecto a lo romano con la colaboración del arzobispo Pedro Ramiro de Alba. La web oficial de la catedral vincula expresamente ese nuevo proyecto a la situación religiosa y política del momento y a la voluntad de Carlos I de convertir la sede granadina en mausoleo dinástico de la nueva monarquía de los Austrias. Esa intención no llegó a consumarse del modo imaginado, pero sirve para entender el rango simbólico que se quiso dar al edificio. No se trataba solo de dotar a Granada de una catedral; se trataba de levantar una catedral imperial.

Siloé entendió que la luz también podía construir doctrina
El gran hallazgo de Siloé fue comprender que el corazón del templo no debía resolverse como un fondo más o menos profundo al final de una nave, sino como una rotonda luminosa capaz de concentrar teología, liturgia y representación. La cabecera granadina se organiza, según la descripción oficial del monumento, en una formación tripartita: alta rotonda para la capilla mayor, anillo deambulatorio y corona de capillas radiales. No es una solución decorativa, sino una decisión conceptual. La capilla mayor no queda al fondo: queda expuesta, visible, centralizada. En ella la Encarnación deja de ser un título y se vuelve programa espacial.
Siloé llevó esa idea hasta consecuencias poco comunes en la España del momento. El altar mayor, según explica la propia catedral, fue concebido como bloque aislado, sin retablo, sin rejas y sin los añadidos que habían cargado el altar medieval. A su alrededor se dispuso circularmente la congregación, alterando la experiencia longitudinal típica de los templos hispánicos. La fuente insiste en que esa proximidad física de los fieles a la mesa eucarística respondía al deseo de recuperar antiguos usos apostólicos vinculados a fray Hernando de Talavera y a sus sucesores inmediatos. En otras palabras: la gran novedad granadina no fue solo formal, sino litúrgica. La arquitectura quiso cambiar también la manera de estar dentro del culto.
“Poblada de estrellas.”
Así describió Bermúdez de Pedraza en 1638 la gran bóveda de la capilla mayor,
según recuerda la propia catedral.
La bóveda azul: cuando la claridad deja de ser efecto y se vuelve mensaje
Pocas imágenes resumen mejor el espíritu del edificio que esa cúpula azul estrellada. La página oficial dedicada a las bóvedas explica que se trata de una cúpula baída armada con diez nervaduras mayores y diez menores, abierta por ventanas de medio punto y rematada por un óculo central. Añade algo muy importante: este tipo de cúpula semiesférica sobre base cilíndrica carecía de precedentes en España y fue una de las grandes creaciones de Siloé. La restauración reciente recuperó además la decoración de estrellas doradas sobre fondo azul, devolviendo a la bóveda una intensidad visual que ayuda a entender por qué la luz ocupa en Granada un lugar casi doctrinal. La catedral no se limita a recibir claridad: la organiza.


Una gran fábrica que no rompió del todo con el pasado
Esa centralidad radiante de la cabecera no impide que el cuerpo basilical conserve una gran fuerza propia. El templo se articula en cinco naves y un sistema muy estudiado de bóvedas góticas y renacentistas. La web del monumento habla de 32 bóvedas en el cuerpo basilical y en la girola, trazadas conforme a ocho modelos distintos. Es una cifra reveladora: Granada no es un edificio de una sola solución repetida, sino una obra de enorme complejidad estructural. La vieja gravitación gótica sigue visible en los tramos del cuerpo de iglesia, pero queda absorbida por una sintaxis nueva, más clásica, más verticalizada y más consciente del orden. La catedral no rompe con el pasado: lo domestica.
A partir de 1560 y 1561, cuando se inauguran oficialmente la capilla mayor y la girola y el cabildo celebra la primera misa en la rotonda, el edificio entra ya en una fase de consolidación y prolongación más lenta. Siloé deja definidas las líneas maestras antes de su muerte en 1563: la capilla mayor, la organización general del templo, la distribución de los pilares, buena parte del programa decorativo exterior y el arranque de la torre. Después vendrán Juan de Maeda, Ambrosio de Vico, Miguel Guerrero, Alonso Cano, José Granados, Melchor de Aguirre y otros maestros que no alterarán la idea principal, pero sí la irán llevando a otro tiempo. La historia de Granada no es la de una obra improvisada: es la de una obra larguísima que, aun así, nunca perdió del todo su pulso inicial.
Alonso Cano no disfrazó la catedral: la hizo hablar hacia la plaza
La fachada principal resume bien esa prolongación histórica. Cuando Alonso Cano se incorpora como maestro mayor en 1666, no diseña una portada-retablo al uso, sino una composición que, según la explicación oficial, refleja exteriormente la disposición interior de las cinco naves. Los tres gigantescos arcos triunfales, la organización en dos cuerpos, el juego de retranqueos y la simplificación ornamental convierten la fachada en una pieza de enorme inteligencia escenográfica. Cano no disfraza el edificio: lo traduce. Lo hace visible hacia la plaza como preludio del espacio interior.
Después, ya en el siglo XVIII, la decoración se completará con intervenciones de José Risueño, Pedro Duque Cornejo y los Verdiguier. El resultado no es un barroco exuberante, sino un barroco controlado, de grandes masas, donde la teología de la Encarnación y la afirmación histórica de la diócesis se organizan con una precisión casi teatral.

La torre y la expresividad de lo inacabado
También la torre habla de proyecto y de límite. Según la descripción oficial, Siloé había previsto dos torres de 81 metros, una a cada lado de la fachada. Ninguna llegó a completarse como estaba ideada. La del lado derecho nunca se construyó y fue sustituida por el actual torreón del estribo; la única torre levantada, al lado izquierdo, quedó sin coronar en sus actuales 57 metros. En ella trabajaron Siloé, Juan de Maeda y Ambrosio de Vico, y su historia incluye incluso problemas de estabilidad que obligaron a desmontar parte del cuerpo ochavado casi terminado. Esa inacabación, lejos de restarle interés, la vuelve más expresiva. Granada conserva en su única torre algo muy propio de las grandes fábricas españolas: la belleza de lo no concluido.
La catedral no está sola: vive pegada al relato de los vencedores
La vecindad con la Capilla Real impide leer la catedral como un simple recinto litúrgico. Allí, a pocos pasos, la monarquía dejó su huella más visible. La Capilla Real fue construida en gótico entre 1505 y 1517 y conserva los restos de Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón, además de los mausoleos de Juana I y Felipe I. El propio sitio oficial de la Capilla Real recuerda la cláusula fundacional en la que los Reyes Católicos mandaban que “en la Iglesia Catedral de la ciudad de Granada se haga una honrada capilla”. Esa frase basta para entender que el conjunto catedralicio granadino fue, desde el primer momento, inseparable de una estrategia funeraria y de legitimación dinástica. La catedral no está sola: vive pegada al relato de los vencedores.

Pero Granada no es solo propaganda: también es densidad artística
Y, sin embargo, reducir Granada a cristiandad triunfante sería quedarse a mitad de camino. El edificio es también un lugar de extraordinaria densidad artística. En la capilla mayor, Alonso Cano dejó entre 1652 y 1664 sus siete grandes lienzos sobre la vida de María; además diseñó lámparas, facistol y otros elementos del recinto. La web oficial insiste en el papel de esa serie mariana dentro del programa iconográfico del templo. A la vez, el coro conserva una interesante dualidad entre sillería gótica y renacentista, y el museo catedralicio atesora pintura, escultura y orfebrería que permiten leer la historia del cabildo más allá de la pura arquitectura. Granada no es solo estructura; es también acumulación de artes al servicio de una idea total de la catedral.
En Granada, hasta los umbrales argumentan
La Puerta del Perdón, por su parte, ayuda a medir la ambición iconográfica del conjunto. La página oficial la considera una página importantísima de la transición entre el goticismo tardío y los comienzos del Renacimiento español, y subraya su armonía entre escultura y arquitectura. Allí Siloé aparece no solo como arquitecto, sino también como escultor. Es significativo que una de las puertas mayores de la catedral granadina no se limite a resolver un acceso, sino que construya un discurso visual sobre el perdón, la Encarnación, la memoria de los Reyes Católicos y la nueva dignidad de la sede. En Granada, hasta los umbrales quieren argumentar.

Una catedral que sigue ordenando el presente
Hay, por último, una cuestión que conviene no perder de vista: la catedral sigue viva. No es un decorado monumental desligado del presente. La web oficial mantiene horarios diarios de misa y confesión, y los domingos y festivos litúrgicos incluye una misa presidida por el arzobispo. Eso no convierte al edificio en una pieza inmóvil de devoción repetida, sino en una sede que continúa articulando culto, visita cultural y memoria urbana. La Granada de hoy la contempla como monumento, sí, pero también la sigue usando como catedral. Y quizá esa sea la prueba más exigente de su continuidad.
La Encarnación como forma de ordenar el tiempo
Aurora de la Torre encontraría aquí algo más que una obra maestra del Renacimiento español. Encontraría una forma de pedagogía histórica. La Catedral de Granada enseña cómo una ciudad quiso pensarse después de 1492, cómo la monarquía utilizó la arquitectura para narrarse, cómo Siloé convirtió la liturgia en espacio y cómo Cano supo dar a la piedra una elocuencia pública sin romper la lógica interior del templo.
Pero también enseña otra cosa, menos ruidosa y quizá más duradera: que la gran arquitectura no solo vence o representa; también ordena el tiempo, lo vuelve visible y lo obliga a convivir dentro de un mismo recinto. En Granada, esa convivencia se llama Encarnación.



