Por Miguel Ángel Soria | Tierra Cofrade
La Catedral de Guadix no deslumbra por una pureza de estilo, sino por algo bastante más raro: por la naturalidad con que ha aprendido a convivir con sus propias capas. En ella no hay una ruptura brusca entre la severidad del primer impulso y la exuberancia final, sino una larga educación de la piedra. Ese es, quizá, su secreto mayor: no ser una obra de un momento, sino una catedral que se fue haciendo a compás de los siglos y que todavía conserva, sin disimularlos, los rastros de ese tiempo.
En Guadix, la catedral no pasó del Renacimiento al Barroco: aprendió a hablar los dos lenguajes sin dejar de ser ella misma.
Una catedral que no nace de un proyecto cerrado, sino de una obstinación
Hay ciudades cuya historia religiosa se resume en un solo edificio; Guadix es una de ellas. La tradición diocesana accitana se piensa a sí misma como una de las más antiguas de la Península, hasta el punto de invocar a San Torcuato y a los Siete Varones Apostólicos como arranque fundacional de su memoria cristiana. La propia catedral recuerda esa antigüedad con la expresión Prima Sedes Hispaniae y la vincula también a la presencia del obispo Félix de Acci en el concilio de Elvira. Conviene leer estas afirmaciones como lo que son: parte del relato identitario de la sede, sostenido por la tradición eclesiástica local y por una conciencia muy arraigada de continuidad histórica.
Eso explica que la Catedral de la Encarnación no se entienda solo desde su fábrica actual. Antes de la gran obra moderna hubo una ciudad romana, una sede episcopal antigua, una catedral visigoda dedicada a Santa María y, después, la mezquita mayor levantada durante la etapa islámica. Tras la incorporación de Guadix a la Corona de Castilla y la restauración del obispado a fines del siglo XV, comenzó un proceso constructivo largo, difícil y discontinuo, marcado por escasez de rentas, epidemias, hambrunas y levas militares. La catedral que hoy vemos nació, por tanto, no de una tranquilidad fundacional, sino de una obstinación.
Más que un edificio lineal, una obra por etapas
MY aquí conviene corregir una simplificación frecuente. Guadix no arranca en 1529 como un proyecto cerrado de Diego de Siloé que luego fuera revestido de barroco, sino que atraviesa varias etapas bien diferenciadas. La propia institución catedralicia distingue una primera fase gótica entre finales del XV y mediados del XVI; una segunda fase renacentista, aproximadamente entre 1546 y 1600, donde se hacen visibles la cripta, la capilla redondeada, la cabecera nueva, la sacristía o el primer cuerpo de la torre; una tercera fase entre 1605 y 1736, con intervenciones de Ambrosio de Vico y la apertura de la obra nueva al culto en 1738; y una culminación barroca en el siglo XVIII, con protagonismo de Gaspar Cayón y Vicente Acero, que acaba de dar al conjunto su aire actual.ás que un edificio lineal, una obra por etapas

La armonía de Guadix no nace de la pureza, sino de la concordia
Lo admirable es que ese proceso no dejó un edificio roto, sino un edificio complejo. La página oficial de arquitectura lo resume con una idea muy justa: en Guadix, gótico, Renacimiento y barroco llegan casi a fundirse en una conjunción armónica. El visitante percibe todavía los arcos ojivales y la traza de la primitiva fábrica gótica en los primeros tramos; conforme avanza, los arcos de medio punto, las pilastras, los pilares cruciformes y el peso creciente de la decoración lo introducen en otro lenguaje. La girola, de una sorprendente elegancia clasicista, termina por revelar que esta catedral no quiso ser solo un gran contenedor litúrgico, sino también un itinerario visual.
Hay además un matiz muy revelador en esa girola. La propia catedral la interpreta como una reminiscencia de las grandes iglesias medievales de peregrinación, pero adaptada aquí a una teología distinta: ya no se trataría tanto de organizar el flujo de fieles en torno a reliquias cuanto de conducir la atención al tabernáculo y a la adoración del Santísimo Sacramento. El cambio no es menor. Guadix conserva una forma medieval, pero la pone al servicio de una sensibilidad plenamente postridentina. Entre las muchas cosas que esta catedral enseña está esa: la arquitectura también puede ser una traducción doctrinal.
El presbiterio: donde la lentitud del edificio desemboca en plenitud barroca
Si el edificio tiene un núcleo donde esa traducción se vuelve especialmente visible, es el presbiterio. El altar mayor y la cúpula central, tal como hoy se contemplan, pertenecen ya al gran momento tardobarroco. El presbiterio adopta un pentágono abierto a la nave central y a la girola por una secuencia de arcos; el programa pictórico se articula mediante cinco grandes lienzos de Fernando Marín Chaves dedicados a episodios de la vida de la Virgen, con la Encarnación ocupando el eje principal. En el centro se levanta el templete de mármol para la exposición del Sacramento, mientras dos ángeles lampadarios de Torcuato Ruiz del Peral flanquean el acceso con un movimiento casi escénico. No es exagerado hablar aquí, como hace la propia institución, de uno de los grandes finales del barroco español.
A ambos lados del presbiterio se sitúan, además, los púlpitos juveniles de Ruiz del Peral, tallados en mármoles y piedras semipreciosas. Su iconografía reúne profetas y reyes del Antiguo Testamento, aunque casi todas las cabezas fueron destruidas en la Guerra Civil y solo sobrevivió íntegro el profeta Jeremías del lado del Evangelio. Encima, la cúpula central descansa sobre pechinas de piedra ricamente decoradas y se abre por ventanales polilobulados y una linterna que derrama una luz distinta a la del resto del templo: menos lineal, más concentrada, más teatral. Guadix no trabaja aquí con la claridad racional de Granada ni con la severidad unitaria de Jaén; trabaja con una luz que dramatiza.

San Torcuato: la excepción que revela todo el edificio
Miguel Ángel Soria encontraría probablemente en la Capilla de San Torcuato uno de los espacios más reveladores del conjunto. La catedral la presenta como una pieza singularísima: circular en planta, poligonal en alzado y accesible a través de un extraordinario arco de esviaje doble, el popular “arco de cuerno de toro”. La referencia al Panteón de Roma no es caprichosa; tampoco lo es la mención a la capilla Caracciolo de San Giovanni a Carbonara, en Nápoles, como antecedente más cercano. En una catedral donde tantas cosas son fruto de sedimentación, San Torcuato aparece casi como una afirmación de audacia tipológica. Hoy funciona además como capilla sacramental, de modo que el espacio une de forma muy elocuente primacía histórica, invención formal y centralidad litúrgica.

La sacristía, el tiempo y la conciencia de finitud
No menos significativa es la sacristía. La propia web del templo la considera el ejemplo más claro de arte renacentista dentro del conjunto, y basta ver su portada para entender por qué. En ella aparecen los escudos de Martín Pérez de Ayala y Melchor Álvarez de Vozmediano, dos obispos del siglo XVI muy vinculados a la aplicación local del espíritu tridentino.
Frasquito: una pequeña lección moral dentro de la grandeza catedralicia
Pero la sacristía guarda, además, una pequeña lección moral que conviene no pasar por alto: la figura del esqueleto llamado Frasquito, colocada frente a la cripta y junto al reloj de campanas como alegoría del paso del tiempo y de la muerte. No es un detalle menor ni una rareza pintoresca; es una manera de recordar que incluso la grandeza catedralicia está hecha, también, de conciencia de finitud.

El coro y el trascoro: donde Guadix deja ver su fragilidad
El coro merece una atención aparte. La documentación oficial permite corregir otra simplificación extendida. Hubo una primera sillería quinientista realizada en 1531 por Martín Bello, colaborador de Vigarny y de Jacobo Florentino; en el siglo XVIII, el Cabildo decidió sustituirla y llamó a Torcuato Ruiz del Peral, que talló en nogal una nueva sillería de gran calidad. Sin embargo, la Guerra Civil destruyó buena parte de la imaginería, y la visión actual del coro es el resultado de una restauración y recreación contemporánea ejecutada por el escultor accitano Ángel Torcuato Asenjo Fenoy entre 1998 y 2018, siguiendo los cánones del barroco granadino.
Aun así, del conjunto original de Ruiz del Peral permanecen la imagen de San Torcuato y el relieve de la Coronación de la Virgen sobre la silla episcopal. Esa mezcla de pérdida y restitución hace del coro un espacio especialmente elocuente sobre la fragilidad del patrimonio.

El trascoro: el último compás sin olvidar el origen
Enfrente, el trascoro —ya neoclásico— introduce el último compás del edificio. Diseñado por Domingo Lois en el último cuarto del siglo XVIII, utiliza mármoles blancos jaspeados y rojos en una estructura tripartita presidida por la imagen sedente de Nuestra Señora de la Humildad, obra maestra de Torcuato Ruiz del Peral. Las siete columnas agrupadas representan, según explica la propia catedral, a los Siete Varones Apostólicos, es decir, a los pilares de la Iglesia local. El detalle no es banal: incluso en su fase final, la catedral no deja de mirar a su origen legendario. Como si el barroco, al alcanzar plenitud, sintiera la necesidad de recordar de dónde viene.
La torre y la fachada: cuando la catedral también quiso representarse
Tampoco la torre puede leerse solo como remate funcional. Su construcción fue, según el sitio oficial, una verdadera obsesión de obispos y cabildo, pese a incendios, terremotos y penurias. Hoy se compone de planta cuadrangular, tres cuerpos y remate poligonal, coronado desde 1945 por una imagen giratoria del Sagrado Corazón de Jesús que da una vuelta cada doce horas y muestra iluminado el pecho por la noche. Antes, la torre culminaba en una esbelta veleta herreriana. La anécdota del mecanismo no es trivial: habla de cómo la catedral siguió incorporando signos nuevos a su silueta sin perder del todo la memoria de sus formas anteriores.

La fachada principal ofrece otra lección complementaria. En Granada, el Renacimiento aspira a ordenar el espacio de una manera casi programática; en Guadix, en cambio, el edificio parece preferir la persuasión lenta. Su fachada principal —la portada de la Encarnación— no se impone como un manifiesto de claridad clásica, sino como un gran retablo pétreo de tres cuerpos donde los contrafuertes, las columnas adosadas, los claroscuros y el relieve central del misterio de la Encarnación alcanzan, según la propia descripción oficial, el cénit del ideal barroco. A ello se añaden las iniciales de Felipe V e Isabel de Farnesio sobre los ojos de buey y el gran escudo de Carlos III, signos todos ellos de una catedral que también quiso exhibir la continuidad entre patronato regio y vida diocesana. Guadix, en ese punto, deja de ser solo una obra de arte para convertirse en una pieza de representación histórica.
La Catedral de Guadix no es una suma de estilos,
sino una paciencia de siglos convertida en forma.
La belleza lenta de Guadix
Por eso quizá resulte insuficiente definirla simplemente como puente entre Renacimiento y Barroco. Lo es, desde luego, pero es algo más: una catedral que ha sabido metabolizar tiempos distintos sin caer en la discordancia. En ella la diócesis antigua, la ciudad moderna, la memoria de San Torcuato, el impulso de Siloé, la plenitud de Ruiz del Peral y la teatralidad final del XVIII no compiten entre sí; se corrigen, se complementan y se sostienen.
La Encarnación accitana no triunfa por uniformidad, sino por concordia. Y en un paisaje andaluz lleno de grandes catedrales más célebres, esa forma de belleza lenta la vuelve especialmente singular.






