Por Aurora de la Torre | Tierra Cofrade
RITUALES Y TRANSFORMACIONES EN EL SIGLO XXI · I DE IV
Una procesión puede seguir siendo el mismo rito y, sin embargo, desarrollarse en una ciudad completamente distinta. Cuando aumenta la asistencia aparecen dispositivos de seguridad, horarios más precisos, tecnologías para gestionar multitudes, promoción turística y nuevas formas de mirar. La cuestión no es si la tradición se ha convertido en espectáculo, sino cuánto cambia un ritual cuando tiene que aprender a convivir con la lógica del gran acontecimiento.
Hay un momento en que una calle deja de ser solamente una calle.
Se corta el tráfico. Llegan las vallas. Cambia el recorrido de los autobuses. Aparecen policías, sanitarios, señales, zonas reservadas, cámaras y operarios de limpieza. Los vecinos aprenden a regresar a casa por otro camino y quienes llegan desde fuera consultan un mapa que les dice dónde se encuentra la procesión y dónde hay demasiada gente.
En medio de todo eso continúa avanzando una cruz de guía.
La escena resume una de las transformaciones más interesantes de la religiosidad popular contemporánea. El rito permanece, pero alrededor de él ha crecido una infraestructura que pertenece a otro lenguaje: el del evento urbano.
“Una tradición no deja de ser rito porque la contemplen miles de personas;
empiezaa cambiar cuando la organización de esos miles de miradas
condiciona la forma en que el rito puede celebrarse.”
Rito y evento no son necesariamente contrarios
Conviene empezar desmontando una oposición demasiado cómoda.
Rito y evento no son categorías incompatibles. Un rito puede reunir a una multitud y conservar íntegramente su significado religioso. Una celebración puede atraer visitantes, generar actividad económica, ocupar informativos y requerir una compleja organización municipal sin dejar por ello de ser vivida como acto de fe por quienes participan en ella.
La propia Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial incluye entre sus ámbitos las prácticas sociales, los rituales y los acontecimientos festivos, y subraya que ese patrimonio no permanece congelado: es transmitido de generación en generación y recreado continuamente por las propias comunidades en respuesta a su entorno y a su historia.
La legislación española sigue una idea semejante. La Ley 10/2015 considera patrimonio cultural inmaterial los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades reconocen como parte de su patrimonio. La palabra importante aquí es comunidades: no estamos hablando únicamente de objetos que deban conservarse, sino de prácticas que existen porque alguien continúa realizándolas.
Por eso resulta demasiado simple afirmar que una procesión multitudinaria ha dejado de ser rito para convertirse en espectáculo. Puede haberse convertido también en acontecimiento cultural, turístico y mediático. La dificultad empieza cuando alguna de esas dimensiones termina imponiendo sus necesidades sobre las demás.
Ahí está la verdadera frontera.
Cuando el público deja de ser solamente público
El espectador de una procesión nunca ha sido completamente pasivo.
Espera, guarda silencio o conversa, ocupa un lugar, responde a una marcha, canta una saeta, reza, fotografía, se emociona, explica a un niño lo que está viendo o simplemente observa. Incluso quien no comparte el significado religioso modifica con su presencia el espacio ritual.
Pero existe una diferencia de escala.
Decenas de personas pueden reunirse alrededor de una práctica sin alterar profundamente su funcionamiento. Miles de personas obligan a pensar en evacuaciones, movilidad, emergencias, limpieza, accesibilidad y control de densidades. Entonces el público deja de ser únicamente uno de los elementos humanos del rito y pasa a convertirse en una variable de planificación.
Ese cambio tiene consecuencias materiales.
Una calle puede ser adecuada para el discurrir tradicional de una cofradía y, sin embargo, resultar problemática cuando la concentración de espectadores alcanza determinados niveles. Un horario concebido inicialmente desde la lógica interna de una hermandad puede terminar condicionado por cruces de recorridos, disponibilidad policial o flujos peatonales. Un rincón apreciado precisamente por su estrechez puede convertirse en un punto crítico.

No se trata necesariamente de una pérdida patrimonial. Gestionar una concentración de personas es una obligación elemental de seguridad.
Pero sí modifica el ecosistema del rito.
“La multitud no contempla simplemente la procesión: llegado cierto tamaño, empieza también a diseñar indirectamente su recorrido, su horario y las
condiciones en que puede ser contemplada.”
La ciudad ya no es un decorado
Hay algo especialmente importante en las procesiones: ocurren caminando.
No existe un edificio que las contenga. La arquitectura es la propia ciudad.
La puerta de una iglesia, una plaza, una cuesta, un puente o una calle estrecha no funcionan como fondos intercambiables. El itinerario construye significado. Llevar una imagen hasta determinado barrio, cruzar una antigua puerta urbana, regresar de madrugada o atravesar el centro histórico crea relaciones entre memoria, territorio y comunidad.
La antropóloga María Cátedra estudió la Semana Santa de Ávila comparando la situación de finales de los años ochenta con la de 2017. Su trabajo detectó cambios en la consideración del ritual y una presencia turística mucho más marcada. También observó cómo las murallas de la ciudad fueron adquiriendo un papel creciente en la presentación de las procesiones. Su conclusión resulta especialmente sugerente: las procesiones reproducen simbólicamente la ciudad y permiten comprender cómo esta quiere representarse.
Eso significa que modificar un itinerario nunca es completamente neutro.
A veces el cambio responde a una necesidad indiscutible. Otras veces permite recuperar un barrio, mejorar la seguridad o devolver una procesión a calles históricamente vinculadas con ella. Pero también puede aparecer una tentación más contemporánea: buscar el recorrido que produce la imagen más eficaz.
La mejor fotografía.
El monumento al fondo.
La calle más reconocible.
El minuto adecuado para la retransmisión.
No hay nada ilegítimo en cuidar la belleza de una procesión. La estética pertenece desde hace siglos al lenguaje de la fiesta religiosa. Otra cosa es que la ciudad empiece a elegirse únicamente por su capacidad de producir imágenes.
Entonces el espacio deja lentamente de ser memoria para empezar a comportarse como escenario.

calles en lenguaje simbólico. Wikimedia.
El tiempo también se transforma
Los rituales poseen tiempo propio.
Una procesión no solamente dura: tiene ritmo.
Hay salidas lentas, esperas inevitables, silencios, relevos, encuentros, entradas que parecen detener el reloj. Buena parte de la experiencia procede precisamente de que el tiempo ordinario queda suspendido.
El gran evento, en cambio, necesita previsión.
Hora de salida. Hora de paso. Tiempo de ocupación. Cruce despejado. Franja de transporte. Ventana de carga y descarga. Previsión de público. Apertura y cierre de accesos.
Cuanto mayor es una celebración, más difícil resulta escapar de esa precisión.
Y aquí aparece una paradoja interesante: para proteger el desarrollo tradicional de un rito puede ser necesario someterlo a una organización temporal mucho más estricta de la que tuvo en otras épocas.
No es necesariamente una contradicción. Es una adaptación.
Pero puede producir otra transformación, más sutil: que el espectador termine esperando que la tradición funcione con la puntualidad de una programación cultural.
A determinada hora, determinada imagen.
En determinado lugar, determinada escena.
Y, si es posible, perfectamente visible.
El rito tradicional nunca garantizó semejante cosa. La lluvia, una avería, una calle colapsada, un retraso, una saeta inesperada o simplemente el propio ritmo de quienes caminaban podían alterar la jornada.
La lógica contemporánea del evento tolera peor la incertidumbre.
Sevilla como laboratorio urbano
No hace falta convertir Sevilla en modelo universal para observar con claridad esta evolución. Basta utilizarla como caso especialmente visible por la dimensión de su Semana Santa.
La planificación municipal de 2026 muestra hasta qué punto una celebración religiosa puede convertirse simultáneamente en una operación urbana de gran escala. El Ayuntamiento preparó planes específicos de movilidad, transporte, seguridad, limpieza, asistencia sanitaria y accesibilidad. Tussam incrementó un 20 % su oferta respecto a una semana ordinaria equivalente; se instalaron entre 30 y 40 sensores para conocer en tiempo real la concentración de personas; la aplicación municipal incorporó geolocalización de hermandades y un “semáforo” de densidad de público; y el dispositivo especial de limpieza movilizó 811 trabajadores y 299 vehículos.
El balance posterior confirmó además el uso real de esas herramientas: el sistema de densidad recibió más de 200.000 consultas durante la Semana Santa de 2026 y los datos de los sensores se utilizaron como apoyo a la toma de decisiones frente a posibles aglomeraciones.
Nada de eso dice cuánto rezó una ciudad.
Ni cuánto creyó.
Ni siquiera cuánto se emocionó.
Dice otra cosa: la escala alcanzada exige hoy una estructura tecnológica y administrativa propia de los grandes acontecimientos urbanos.
Un estudio publicado en 2025 por investigadores de las universidades de Sevilla y Valladolid analizó precisamente este fenómeno mediante encuestas, cartografía de recorridos y servicios, desplazamientos de asistentes y documentación de políticas públicas. Entre sus conclusiones aparece la importancia que adquieren la movilidad y la calidad de los servicios urbanos cuando la Semana Santa es observada también desde la perspectiva de un gran evento ciudadano.
La transformación, por tanto, puede documentarse.
Lo difícil es interpretarla.

Del devoto al visitante, pasando por todos los matices
Durante mucho tiempo se ha utilizado una separación excesivamente limpia entre dos figuras: quien participa por fe y quien observa por turismo.
La realidad suele ser bastante menos ordenada.
Puede haber turistas creyentes y vecinos no creyentes. Cofrades profundamente vinculados al patrimonio artístico y visitantes que terminan interesados por el sentido religioso de aquello que inicialmente acudieron a fotografiar. Hay personas que vuelven cada año sin pertenecer a ninguna hermandad y otras que forman parte de una cofradía, pero viven determinados momentos desde una emoción familiar o estética más que explícitamente religiosa.
La investigación sobre turismo religioso lleva años señalando precisamente estas superposiciones. Gemma Cànoves y Asunción Blanco estudiaron en España la relación entre patrimonio, creencias, identidad y consumo turístico utilizando, entre otros casos, la Semana Santa de Granada. Su planteamiento advertía de la tensión existente cuando una manifestación religiosa es al mismo tiempo expresión cultural y producto susceptible de consumo turístico.
Aquí aparece una de las transformaciones centrales del siglo XXI.
La procesión ya no tiene una única audiencia.
Tiene muchas.
Quien participa dentro.
Quien espera fuera.
Quien conoce cada insignia.
Quien pregunta qué está viendo.
Quien sigue una retransmisión desde otro continente.
Quien únicamente quiere hacer una fotografía.
Y quien permanece en silencio porque, aunque no sepa exactamente por qué, comprende que aquello significa algo para los demás.
La convivencia entre todas esas miradas no debilita necesariamente el rito. Puede ampliar su capacidad cultural.
Lo que exige es aprender a distinguir entre hacer accesible un significado y simplificarlo para hacerlo consumible.
“El patrimonio gana cuando puede ser comprendido por quien llega de fuera; pierde cuando para ser comprendido necesita dejar de ser aquello que la comunidad hacía antes de que llegara el visitante.”
Lo sagrado convertido en cultura
La expresión puede resultar incómoda: “lo sagrado como cultura”.
Parece sugerir que algo religioso deja de ser religioso cuando comienza a ser estudiado, protegido o visitado como patrimonio.
No tiene por qué ser así.
Una imagen puede ser simultáneamente obra artística y objeto devocional. Una iglesia puede ser monumento histórico y templo activo. Una procesión puede ser rito penitencial, tradición familiar, expresión musical, patrimonio artesanal, ocupación simbólica del territorio y atractivo turístico.
El problema aparece cuando una de esas lecturas pretende borrar las demás.
Considerar culturalmente una práctica religiosa no obliga a secularizarla en el sentido de vaciarla de significado. Al contrario: una lectura patrimonial rigurosa debería explicar por qué ese objeto, esa música, esa vestimenta o ese recorrido existen.
Y con frecuencia la respuesta será religiosa.
La UNESCO insiste además en un principio particularmente relevante: las comunidades que crean, mantienen y transmiten el patrimonio cultural inmaterial deben desempeñar un papel principal en su salvaguardia. Sus principios éticos advierten también contra riesgos como la descontextualización, la mercantilización o la tergiversación.
Esta precisión cambia bastante el debate.
No se trata de impedir que llegue público.
Se trata de evitar que la presencia del público termine convirtiéndose en el criterio principal para decidir qué debe ser la tradición.
¿Más público significa menos autenticidad?
No.
Al menos, no automáticamente.
Una tradición multitudinaria puede ser extraordinariamente viva. Y una tradición minoritaria puede haberse convertido en una repetición sin verdadera transmisión comunitaria.
La cifra de asistentes no mide autenticidad.
Tampoco la ausencia de turistas la garantiza.
Incluso la palabra autenticidad necesita cautela cuando hablamos de patrimonio vivo. Las comunidades nunca han dejado de cambiar. Han incorporado materiales nuevos, instrumentos, recorridos, formas de vestir, medios de transporte, amplificación sonora, electricidad, fotografía, televisión y redes sociales.
Muchas cosas que hoy consideramos tradicionales tuvieron alguna vez un primer año.
El problema, por tanto, no consiste en modificar.
Consiste en quién modifica, por qué modifica y qué termina desapareciendo como consecuencia del cambio.
Si una decisión nace de la propia comunidad y permite que la práctica continúe teniendo significado, estamos ante la evolución normal de un patrimonio vivo.
Si se toma únicamente porque produce una fotografía mejor, atrae más visitantes o facilita comercialmente el acontecimiento, merece al menos una reflexión.
La palabra que lo cambia todo: gestión
Quizá el gran salto contemporáneo no sea del rito al espectáculo.
Sea del rito a la gestión del rito.
Una celebración multitudinaria necesita especialistas, protocolos, tecnología, coordinación institucional y presupuestos. Sería irresponsable defender una supuesta espontaneidad histórica cuando están en juego la seguridad, la accesibilidad o la convivencia urbana.
Pero gestionar no equivale a dirigir culturalmente.
Una administración puede gestionar flujos de personas sin decidir el sentido de una procesión. Una organización cofrade puede modificar horarios por seguridad sin convertir la celebración en un producto. El turismo puede convivir con la religiosidad mientras comprenda que está entrando en una práctica anterior a su presencia.
El equilibrio probablemente se encuentre ahí: en saber qué debe organizarse y qué no conviene domesticar demasiado.
Porque los ritos necesitan también cierta resistencia a la eficacia.
Necesitan tiempos muertos.
Calles imperfectas.
Esperas.
Momentos que no existen para una cámara.
Gente que participa sin estar produciendo contenido.
Silencios que no pueden programarse.
Una tradición que soporta la mirada
Quizá el siglo XXI no haya convertido el rito en evento. Quizá haya hecho visible algo que siempre estuvo allí: la extraordinaria capacidad de algunas celebraciones religiosas para reunir significados diferentes en un mismo espacio.
Lo nuevo es la escala.
Y con ella llegan la logística, el turismo, las pantallas, los sensores, los dispositivos de seguridad y una ciudad que necesita anticipar movimientos que antes podía asumir de manera mucho más informal.
Nada obliga a elegir entre pureza ritual y modernidad.
La tradición viva nunca fue pura.
Fue acumulativa.
La cuestión importante es otra: si después de instalar las vallas, modificar los autobuses, consultar el móvil, ordenar los horarios, gestionar a la multitud y fotografiar la escena todavía queda algo que no ha sido organizado para nosotros.
Algo que continúa perteneciendo a quienes lo heredaron y decidieron seguir haciéndolo.
Entonces la cruz de guía pasa.
Puede haber diez personas mirándola o diez mil.
Y el verdadero desafío patrimonial consiste en que siga abriendo camino, no simplemente inaugurando un evento.
También en Tierra Cofrade
Otras lecturas sobre ciudad, memoria y transformación de la cultura cofrade:
- Granada, ciudad de contrastes: barroco y calle en la misma esquina
- Antes de la HD: cómo se construía el recuerdo en los 80 y 90
- La Buena Muerte de Barcelona: una historia que volvió a ponerse en camino
Fuentes y referencias
- UNESCO. Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (2003). Definición de patrimonio vivo, transmisión comunitaria y recreación constante de las prácticas culturales.
- UNESCO. Social practices, rituals and festive events. Especialmente útil para entender la relación entre participación comunitaria, grandes celebraciones y presencia turística.
- UNESCO. Principios éticos para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial. Papel central de las comunidades y prevención de la descontextualización y mercantilización.
- España. Ley 10/2015, de 26 de mayo, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. BOE núm. 126, de 27 de mayo de 2015.
- Cátedra, María (2018). “Semana Santa de Ávila: patrimonio y turismo”. Trabalhos de Antropologia e Etnologia, vol. 58. Comparación de la evolución del ritual y de su contextualización urbana y turística entre finales de los años ochenta y 2017.
- Cànoves Valiente, Gemma y Blanco Romero, Asunción (2011). “Religious Tourism in Spain: The Goose that Laid the Golden Egg? An Old Tradition versus an Emerging Form of Tourism”. Cuadernos de Turismo, 27. Estudia, entre otros ejemplos, Semana Santa, patrimonio y turismo religioso en Granada.
- Barrera-Fernández, Daniel; Hernández-Escampa, Marco; Balbuena-Vázquez, Antonia; Lluelma-Izquierdo, Antonio (2025). “Urban transformations and tourist impact of events. The Holy Week in Seville”. European Public & Social Innovation Review, 10. Investigación sobre servicios urbanos, movilidad, recorridos y experiencia del público.
- Ayuntamiento de Sevilla. Semana Santa 2026. Planes oficiales de movilidad, transporte, seguridad y limpieza y balance posterior.



