Por Inés Salvatierra | Tierra Cofrade
Una mirada crítica a las mujeres que han sostenido la Semana Santa fuera del centro del encuadre: mantillas, camareras, promesas, costureras, floristas, músicas, fotógrafas, costaleras, archiveras y mujeres de barrio cuya presencia rara vez fue contada con la misma solemnidad que aquello que ayudaban a mantener vivo.
En muchas fotografías de Semana Santa, la Virgen ocupa el centro y las mujeres reales quedan alrededor. Aparecen de negro, esperando detrás del paso, acompañando a un niño, colocando flores, preparando un altar o reunidas junto a una imagen. Son visibles, pero no siempre están nombradas. Las vemos; no siempre sabemos quiénes fueron ni qué lugar tuvieron en la historia que aquella fotografía parece conservar.
Durante demasiado tiempo, una parte de la cultura visual cofrade convirtió a la mujer en gesto, luto, elegancia, cuidado o acompañamiento, mientras la palabra pública, la autoridad corporativa y el protagonismo procesional continuaron asociándose con frecuencia a los hombres.
Este ensayo no pretende enfrentar devoción y crítica. Tampoco mirar con condescendencia a las hermandades pequeñas, a las cofradías de pueblo o a las celebraciones de barrio. Pretende volver a las imágenes con una pregunta incómoda: por qué tantas mujeres que cuidaron, financiaron, cosieron, organizaron, rezaron, conservaron y transmitieron una devoción quedaron durante años tratadas como fondo de un relato que también les pertenecía.
“Durante demasiado tiempo, la Semana Santa reservó a la mujer el privilegio de ser imagen y el silencio de no poder contarla.”
No hay cofradías menores; hay memorias menos contadas
Conviene aclararlo desde el principio: este texto no habla de cofradías sin importancia. Una hermandad no vale más por el tamaño de su cortejo, por su presupuesto, por la celebridad de sus imágenes ni por la frecuencia con que aparece en fotografías de gran difusión.
Me interesan especialmente las cofradías de pueblo y barrio porque en ellas la relación entre imagen, calle y vecindario suele percibirse de una manera muy directa. Allí, muchas veces, el patrimonio ha dependido durante décadas de trabajos concretos: unas flores preparadas a tiempo, una saya guardada con cuidado, un altar montado con pocos medios, una cuota reunida entre conocidos, una fotografía conservada dentro de una caja o una procesión que vuelve a salir porque varias personas se niegan a dejarla desaparecer.
Entre esas personas ha habido siempre mujeres.
Eso no significa que el ámbito pequeño deba idealizarse. Lo cercano no es automáticamente justo. Lo familiar puede proteger, pero también hacer más difícil que alguien cuestione una costumbre. Una mujer puede ser considerada imprescindible para una cofradía y, al mismo tiempo, no haber tenido acceso a los mismos espacios de decisión, representación o reconocimiento que otros.
El interés de mirar hacia los pueblos y los barrios está precisamente ahí: en observar cómo una tradición se sostiene de verdad, quién hace posible su continuidad y de qué modo la fotografía ha sabido —o no ha sabido— dar cuenta de ello.
La Virgen en el centro, las mujeres en los márgenes
La Semana Santa ha construido una de las iconografías femeninas más intensas de nuestra cultura visual: la Virgen Dolorosa.
Reina, Madre, Esperanza, Soledad, Angustias, Amargura, Dolores, Consuelo. La figura femenina sagrada ocupa el centro del paso, recibe flores, bordados, coronas, música, plegarias y miradas. Su dolor ha sido vestido con una riqueza extraordinaria. Su rostro convoca buena parte de las emociones más profundas de la religiosidad popular.
Pero esa centralidad obliga a hacer una pregunta: ¿qué lugar ocuparon, alrededor de esas imágenes, las mujeres reales?
La paradoja es evidente. Mientras la mujer representada era exaltada con títulos reales, muchas mujeres de carne y hueso quedaban vinculadas a funciones discretas: cuidar ajuares, coser, limpiar, colocar flores, recaudar, preparar altares, acompañar por promesa, vestir de mantilla, conservar estampas, llevar a los niños o mantener una devoción doméstica.
Nada de eso es menor. Cuidar una imagen, conservar un encaje, preparar una flor, enseñar a una hija una devoción o guardar durante años fotografías de una hermandad son formas reales de conocimiento y de transmisión.
El problema aparece cuando se da por natural que esas sean las únicas tareas femeninas, mientras la dirección, la voz pública, la representación institucional, la historia escrita o la presencia plena en el cortejo pertenecen casi siempre a otros.
La Virgen podía ser reina.
La mujer que cosía, cuidaba, rezaba o reunía dinero para ella quedaba demasiadas veces fuera del relato principal.
“No es contradictorio amar una dolorosa y preguntar por las mujeres reales que quedaron reducidas a adorno, servicio o silencio alrededor de su paso.”
Un álbum familiar nunca muestra solo aquello que fotografía
La fotografía antigua interesa no únicamente por lo que conserva, sino también por la jerarquía de la mirada que revela.
Abrimos un álbum cofrade de pueblo o de barrio. Encontramos el paso. Después, un estandarte. Después, un grupo de hombres en torno a una salida, una junta, una entrega o un acto solemne. Quizá aparece el hermano mayor, el capataz, el sacerdote, el pregonero o quien donó una insignia.
Las mujeres suelen aparecer de otra forma.
En grupo, vestidas de mantilla.
Al fondo, rodeando una imagen.
Con niños de la mano.
Junto a una mesa preparada para recaudar fondos.
Cerca de unas flores, un altar o una saya.
En una fotografía de convivencia.
Identificadas, en el mejor de los casos, como “las camareras”, “las mujeres de la Virgen” o “las de las flores”.
A veces ni siquiera eso. A veces nadie escribió sus nombres.
No todos los archivos son iguales. Sería injusto afirmar que nunca hubo cofradías que reconocieran a sus mujeres, que les confiaran responsabilidades o que conservaran sus nombres con respeto. Pero sí merece la pena examinar qué lugar conceden las imágenes y los pies de foto a unas personas y a otras.
¿Quién aparece nombrado?
¿Quién posa ejerciendo autoridad?
¿A quién se retrata trabajando?
¿Quién queda reducido a presencia decorativa o emotiva?
¿Quién sostuvo durante años una devoción sin aparecer nunca junto a ella con nombre propio?
Una fotografía no es culpable por pertenecer a otro tiempo. Pero hoy podemos leerla con preguntas que entonces quizá nadie formuló.
Un álbum puede ser hermoso y, al mismo tiempo, mostrar una desigualdad persistente: mujeres presentes en la escena, pero ausentes del relato.
Lo que la historia permite afirmar
Conviene no presentar esta reflexión como si las mujeres hubieran llegado tarde a un mundo que siempre fue exclusivamente masculino.
La historiadora Silvia María Pérez González estudió las relaciones entre mujeres y cofradías en la Andalucía de finales de la Edad Media a partir de protocolos notariales conservados en Sevilla y Jerez de la Frontera. Su investigación concluye que las mujeres estaban muy presentes en aquellas instituciones, mediante vínculos económicos, sociales, asistenciales y religiosos, pese a las limitaciones propias de una sociedad profundamente desigual.
La historia, por tanto, es más compleja que el tópico. Las mujeres no fueron una incorporación reciente a las cofradías. Otra cuestión distinta es qué derechos tuvieron, qué responsabilidades pudieron ejercer, cómo fueron documentadas y qué memorias terminaron imponiéndose con el tiempo.
En el ámbito contemporáneo, las desigualdades tampoco pueden tratarse como una cuestión ya cerrada. En Sevilla, el arzobispo Juan José Asenjo promulgó el 2 de febrero de 2011 un decreto que establecía la plena igualdad de derechos entre hombres y mujeres en las hermandades y cofradías de la archidiócesis, incluida la participación en la estación de penitencia como acto de culto externo. La medida afectó directamente a las corporaciones que todavía no permitían la salida de hermanas nazarenas, entre ellas El Silencio, la Quinta Angustia y el Santo Entierro.
Más recientemente, la Sentencia 132/2024 del Tribunal Constitucional estimó el recurso de María Teresita Laborda Sanz frente a su exclusión, por ser mujer, de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna. El tribunal declaró vulnerados, en las circunstancias concretas del caso, sus derechos a la no discriminación por razón de género y de asociación.
Ninguno de estos datos permite construir una única historia para todas las cofradías españolas. Cada diócesis, cada hermandad y cada localidad ha vivido procesos propios. Pero sí permiten afirmar algo esencial: la participación femenina no es un asunto decorativo ni una cuestión impuesta desde fuera a la religiosidad popular. Forma parte de su historia y, en determinados ámbitos, continúa relacionada con derechos, memoria y representación.
La mantilla: belleza, identidad y límite de una mirada
Pocas figuras han ocupado tanto espacio en la representación fotográfica de las mujeres en Semana Santa como la mantilla.
Su potencia visual es innegable. El negro, la peineta, el encaje, la verticalidad del cuerpo y la relación con determinados días de la celebración han producido imágenes de enorme belleza. Para muchas mujeres, vestir de mantilla puede ser una decisión libre, una tradición familiar, una forma de acompañamiento, una experiencia religiosa o una afirmación cultural que merece ser respetada.
La mantilla no es el problema.
El problema aparece cuando parece convertirse en la única imagen femenina digna de portada.
Durante años, la mujer de mantilla funcionó a menudo como representación autorizada de lo femenino en la Semana Santa: visible, solemne, elegante, silenciosa y perfectamente situada dentro de un papel reconocible. Mientras tanto, otras mujeres quedaron mucho menos fotografiadas: las que organizaban, las que documentaban, las que tocaban en una banda, las que querían cargar, las que cuestionaban decisiones, las que conservaban un archivo o las que sencillamente acudían sin asumir ninguna función ceremonial.
Una fotografía de mujeres de mantilla vinculada a María Santísima de la Esperanza en Sierra de Yeguas sirve para abrir esta pregunta desde un contexto de pueblo. La imagen certifica una presencia femenina tradicional y pública. No permite saber, por sí sola, qué responsabilidades desempeñaban aquellas mujeres, qué pensaban ni qué espacios ocupaban dentro de la hermandad.
Eso habría que investigarlo, no suponerlo. Una iconografía femenina verdaderamente amplia no necesita borrar la mantilla. Necesita impedir que la mantilla tape todo lo demás.
Camareras, costureras, floristas: cuando el trabajo se disfraza de delicadeza
En muchos relatos cofrades, las tareas ejercidas por mujeres se describen con palabras hermosas: cuidado, mimo, primor, cariño, sensibilidad, entrega.
Pueden ser palabras verdaderas. Pero también pueden esconder trabajo.
Horas de costura.
Lavado y planchado.
Conservación de ajuares.
Preparación de altares.
Orden de enseres.
Recogidas de fondos.
Flores.
Cultos.
Comidas y convivencias.
Acompañamiento de personas enfermas.
Conservación informal de fotografías, papeles y recuerdos.
Cuando una tarea se ejerce desde un cargo reconocido, suele entrar con facilidad en la historia corporativa. Cuando varias mujeres la sostienen durante décadas sin ocupar un puesto visible, puede quedar reducida a una forma espontánea de afecto.
Como si cuidar no fuera trabajar.
Como si conservar no exigiera conocimiento.
Como si mantener una tradición no implicara también decidir.
La fotografía contribuyó en ocasiones a esa invisibilidad. Se retrata el altar terminado, pero no las horas de preparación. Se fotografía la salida, pero no la mañana de arreglos. Se recuerda a quien encargó una mejora, pero no siempre a quienes reunieron pequeñas cantidades, cosieron, limpiaron o mantuvieron durante años aquello que después se presenta como patrimonio.
En las cofradías con menos recursos, esta realidad puede ser todavía más significativa. Una saya permanece porque alguien sabe guardarla. Un ajuar llega hasta hoy porque alguien entendió su fragilidad. Una procesión vuelve a salir porque unas personas resuelven, sin ruido, lo que desde fuera parece suceder solo.
Tampoco conviene convertir a las mujeres en heroínas destinadas a sacrificarse por la tradición. Esa romantización encerraría de nuevo su papel en la entrega silenciosa.
Reconocer el trabajo femenino no consiste únicamente en agradecerlo.
Consiste en nombrarlo, documentarlo y preguntarse por qué durante tanto tiempo no compartió el mismo prestigio que otros trabajos.
“Llamar ‘cariño’ al trabajo de las mujeres puede ser justo; llamarlo solo
cariño puede servir para que nunca llegue a reconocerse como
conocimiento, responsabilidad y poder.”
La promesa y los cuerpos detrás del trono
Hay fotografías en las que las mujeres aparecen caminando detrás de una imagen. Vestidas de oscuro, con velas, rezos o zapatos cansados. Durante mucho tiempo, esa ha sido otra de las posiciones más reconocibles de lo femenino en numerosas procesiones: la promesa.
También aquí es necesario evitar la superioridad de quien observa desde fuera.
Una mujer que acompaña una imagen por promesa puede estar ejerciendo una decisión religiosa profundamente personal, recordando una curación, una pérdida, una gratitud o una petición que nadie tiene derecho a trivializar.
Pero cuando caminar detrás era uno de los pocos lugares públicos concedidos a las mujeres, mientras otros espacios del cortejo o de la organización permanecían cerrados para ellas, la vivencia espiritual convivía con una limitación que no puede ignorarse.
Es difícil separar una cosa de la otra sin escuchar a quienes estuvieron allí.
Por eso no bastan las fotografías ni sirven las citas inventadas. Hacen falta testimonios reales, autorizados y respetados incluso cuando no confirmen aquello que esperábamos encontrar.
Habrá mujeres que recuerden aquellas funciones con orgullo. Otras quizá digan que nunca pensaron en otra posibilidad. Otras reconocerán que les habría gustado participar de otro modo. Algunas defenderán prácticas que otras generaciones discuten. Ninguna debería ser utilizada como personaje decorativo para reforzar una conclusión previamente decidida.
La fotografía muestra un cuerpo acompañando una imagen. La memoria oral puede devolverle nombre, elección, contradicción e historia.
Pueblo y barrio: una estética que no necesita pedir permiso
Existe una manera de mirar las cofradías pequeñas desde una superioridad apenas disimulada. Se celebra su autenticidad, se sonríe ante una floristería abundante, ante un altar doméstico o un ajuar que no responde al gusto dominante, y después se vuelve a colocar el canon en otro lugar: en las grandes semanas santas, en los talleres consagrados y en las imágenes mejor difundidas.
Esa mirada afecta también a las mujeres.
En muchas celebraciones de pueblo o barrio, ellas aparecen dentro de una estética que no siempre ha sido reconocida como prestigiosa por los circuitos cofrades de mayor visibilidad: mantillas heredadas, medallas antiguas, flores preparadas con recursos modestos, altares levantados entre vecinas, fotografías de color intenso y fondos domésticos.
No todo lo popular es valioso por el simple hecho de ser popular. Una cofradía pequeña también puede reproducir desigualdades, ocultar conflictos o resistirse a cambios necesarios.
Pero los pueblos y barrios son lugares privilegiados para observar cómo una tradición depende de cuerpos concretos. Una mujer que posa junto a la imagen cuyo ajuar ha cuidado quizá no esté participando de una estética menor. Tal vez se encuentre en el centro de un sistema de memoria que nunca fue reconocido como archivo.
Una procesión modesta no necesita parecerse a otra para merecer estudio y respeto.
Necesita ser contada sin condescendencia y sin borrar a quienes la hicieron posible.

La incorporación no borra la memoria de la exclusión
Hoy muchas mujeres ocupan lugares que durante años les estuvieron vetados o resultaron difíciles de alcanzar: forman parte de juntas de gobierno, salen de nazarenas, investigan, fotografían, interpretan música, dirigen corporaciones, participan en cuadrillas o ejercen responsabilidades patrimoniales.
Ese avance es real. Pero no debe utilizarse para borrar lo ocurrido antes ni para afirmar que todas las prácticas han cambiado al mismo ritmo.
Que una mujer pueda ocupar hoy un cargo no vuelve irrelevante a la generación que no pudo hacerlo.
Que existan cuadrillas femeninas no elimina las resistencias que otras encontraron.
Que una corporación publique imágenes de mujeres no garantiza que haya dejado de representarlas únicamente como mantilla, cuidado o emoción.
La igualdad formal no siempre transforma de inmediato la imagen pública. Una hermandad puede admitir plenamente a sus hermanas y continuar retratándolas casi siempre desde los papeles que resultaban cómodos para una mirada antigua.
Por eso la iconografía importa.
Lo que una comunidad fotografía repetidamente acaba enseñándole qué papeles considera normales. Si las mujeres solo aparecen adornando, cuidando o emocionándose, el archivo visual termina confirmando que esos son sus lugares naturales. Si aparecen también documentando, dirigiendo, organizando, cantando, cargando, componiendo, restaurando, fotografiando y hablando, la memoria empieza a parecerse más a la realidad.
La igualdad también necesita imágenes.

Cuando el cuerpo deja de ser solo acompañamiento
Durante mucho tiempo, la fuerza procesional se representó sobre todo como masculina: hombres bajo un paso, hombres al mando, hombres ocupando el lugar visible del esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad pública. Mientras tanto, la presencia femenina quedaba asociada con mayor frecuencia al luto, al cuidado, a la promesa, a la mantilla o a la emoción.
Cuando una mujer ocupa un lugar visible dentro del cortejo, porta un símbolo penitencial, participa activamente en una procesión o asume funciones que durante años parecieron reservadas a los hombres, no está entrando en un mundo ajeno. Está haciendo visible una parte de la historia cofrade que la fotografía mostró pocas veces o mostró demasiado tarde.
Pero tampoco sería justo medir el reconocimiento femenino únicamente por su acceso a papeles tradicionalmente masculinos. Una camarera, una vestidora, una archivera, una música, una fotógrafa, una investigadora o una mujer que ha conservado durante décadas los recuerdos de su hermandad no necesita parecerse a aquello que antes protagonizaban los hombres para que su labor sea considerada central.
La igualdad no consiste en declarar importantes solo las funciones que fueron masculinas.
Consiste en que ninguna tarea, autoridad o representación quede limitada por el hecho de ser mujer. Y también en que los trabajos históricamente feminizados dejen de ser tratados como secundarios precisamente porque fueron ellas quienes los realizaron.
La imagen cofrade debe aprender a contar ambas cosas: a la mujer que conquista un espacio del que estuvo apartada y a la mujer cuyo trabajo siempre estuvo allí, aunque nadie se hubiera detenido todavía a darle nombre y lugar en el relato.
Las mujeres mayores no son material de ambientación
Este artículo conduce necesariamente hacia las mujeres mayores. Muchas conservan nombres, prácticas, recuerdos, fotografías, objetos, detalles de un ajuar y formas de hacer que quizá no quedaron escritas en ningún acta.
Precisamente por eso hay que protegerlas de un uso superficial.
Resultaría fácil buscar una frase emotiva: una mujer recordando cómo vestía una Virgen, cómo preparaba flores o cómo acompañaba una procesión cuando no podía hacerlo de otra manera. Una cita así podría dar calor al artículo. También podría convertir una vida entera en una estampa útil para nuestra propia nostalgia.
Las mujeres mayores no son únicamente depositarias de una tradición tierna y desaparecida.
Algunas abrieron caminos.
Algunas ejercieron autoridad sin cargo.
Algunas aceptaron unas estructuras que hoy otras discuten.
Algunas encontraron sentido y orgullo en tareas que no desean que nadie desprecie.
Algunas padecieron límites.
Algunas quizá nunca fueron preguntadas.
Algunas prefieren que su memoria no se acomode a la interpretación de quien llega después.
Si se incorporan testimonios a una futura investigación, tendrán que ser reales, fechados y autorizados. Habrá que preguntar sin dirigir la respuesta, conservar su manera de hablar y contrastar los hechos concretos cuando sea necesario.
No hay todavía entrevistas aportadas para este artículo. Por eso no aparecerá aquí ninguna voz fabricada para hacerlo más emotivo.
Lo que sí puede afirmarse es la necesidad de escuchar.
Después de tantos años mirando a las mujeres, llega el momento de preguntarles cómo quieren ser recordadas.
“Una mujer mayor no es una estampa antigua para ilustrar nuestra nostalgia.
Es una fuente de memoria, criterio y experiencia que debe ser
escuchada con nombre propio.”
Fotografiar sin repetir el mismo reparto
Quien hoy se acerque con una cámara a una cofradía debería hacerse algunas preguntas antes de disparar.
¿Estoy fotografiando a las mujeres solo cuando visten ceremonialmente?
¿Solo me interesa su emoción?
¿Solo las busco cerca de una Virgen?
¿Las retrato como personas concretas o como elementos estéticos de una escena?
¿He fotografiado quién monta, quién decide, quién abre un archivo, quién ensaya una marcha, quién toma la palabra, quién carga, quién conserva o quién explica la historia de un patrimonio?
Fotografiar de otro modo no significa expulsar la belleza. Una mantilla puede seguir ofreciendo una imagen poderosa. Una mujer que espera una procesión puede ser retratada con respeto. Una mano arreglando una toca puede contener una historia valiosa de cuidado y conocimiento.
Lo que debe cambiar es la repetición del mismo reparto.
La fotografía cofrade necesita mostrar mujeres sin obligación de llorar.
Mujeres en acción, no solo en presencia.
Mujeres hablando, no únicamente escuchando.
Mujeres ante un documento, una cámara, una partitura, una mesa de gobierno o una trabajadera.
Mujeres jóvenes sin convertirse en adorno.
Mujeres mayores sin convertirse en nostalgia.
Mujeres que creen y mujeres que dudan.
Mujeres que aman la tradición y mujeres que la discuten porque también les pertenece.
La cámara no repara por sí sola una desigualdad.
Pero puede dejar de colaborar con ella.
El archivo que falta
Toda hermandad conserva, de algún modo, una memoria. En unas ocasiones se ordena en actas, inventarios, boletines y fotografías catalogadas. En otras permanece dispersa en cajas familiares, sobres de revelado, cintas de vídeo, papeles dentro de un cajón, ajuares custodiados durante décadas y nombres que solo recuerdan unas pocas personas.
En ese archivo, la presencia femenina puede ser enorme y casi invisible al mismo tiempo.
Puede que un acta no nombre a quienes prepararon un altar durante treinta años.
Puede que una fotografía muestre un grupo de mujeres sin identificar.
Puede que un encaje conserve las puntadas de alguien cuyo nombre nunca se anotó.
Puede que una cofradía recuerde bien a sus hermanos mayores y apenas pueda reconstruir la relación de sus camareras, costureras, benefactoras, músicas, fotógrafas o archiveras.
Puede que una mujer haya custodiado en su propia casa la memoria que la institución nunca llegó a ordenar.
Ahí existe un trabajo necesario para las hermandades y también para un medio cultural como Tierra Cofrade: localizar, identificar y documentar las memorias femeninas sin arrancarlas de su contexto.
No para fabricar una historia ejemplar en la que todas sean heroínas.
No para convertir cada recuerdo en denuncia.
No para juzgar sin escuchar.
Sí para impedir que la historia vuelva a parecer masculina solo porque nadie preguntó por ellas.
La memoria no se corrige colocando a una mujer en un cartel.
Se corrige cuando ya no es posible contar la historia de una cofradía sin pronunciar también sus nombres.
No necesitamos otra corona simbólica
Existe una manera amable de desactivar la memoria y las reivindicaciones de las mujeres: concederles homenajes sin entregarles voz, documentación ni autoridad.
Nombrarlas reinas de la devoción.
Decir que son el alma de la hermandad.
Agradecer su entrega.
Entregarles una placa.
Fotografiarlas en grupo.
Declararlas imprescindibles.
Todo ello puede ser sincero. Puede incluso ser hermoso.
Pero se vuelve insuficiente cuando no va acompañado de igualdad, reconocimiento concreto, memoria conservada y presencia real en los lugares donde se decide y se escribe la historia.
Las mujeres no necesitan otro altar metafórico desde el que ser admiradas en silencio.
Necesitan que sus nombres aparezcan donde corresponde.
Que sus testimonios se conserven.
Que sus fotografías no las reduzcan siempre al mismo papel.
Que sus tareas sean tratadas como conocimiento.
Que puedan decidir.
Que puedan participar.
Que puedan discrepar sin ser acusadas de destruir una tradición que también construyeron ellas.
Hay una forma de corona que pesa demasiado: la que embellece a una mujer para impedirle moverse de su sitio.
Este artículo no quiere coronarlas.
Quiere escucharlas.
“Las mujeres no necesitan otro altar metafórico desde el que ser admiradas
en silencio. Necesitan memoria, voz y derecho a ocupar el lugar
que también construyeron.”
Cierre
En una fotografía antigua, una Virgen avanza elevada sobre su paso. A su alrededor hay flores, cirios, personas que ordenan la marcha y mujeres que miran, caminan o esperan. Quizá alguna de ellas cosió la ropa que vemos. Quizá pagó una cuota durante años. Quizá enseñó a sus hijos a estar allí. Quizá rezó. Quizá discutió. Quizá deseó participar de otro modo. Quizá fue feliz exactamente donde estaba.
No podemos inventar su historia.
Pero tampoco deberíamos seguir mirándola como si no tuviera ninguna.
La Semana Santa de los pueblos y los barrios está llena de mujeres que no ocuparon altar y, sin embargo, sostuvieron parte de lo que hoy llamamos patrimonio, devoción, memoria y belleza. Algunas fueron visibles. Otras quedaron fuera de la fotografía. Otras aparecen todavía sin nombre, absorbidas en un grupo, con una mantilla, una vela, una flor o unas manos cansadas.
No basta con decir que siempre estuvieron.
Hay que volver a los álbumes.
Preguntar sus nombres.
Escuchar sin corregirles la memoria antes de tiempo.
Contrastar los hechos.
Guardar los testimonios.
Fotografiarlas de otro modo.
Permitir que la imagen cofrade deje de repetir una historia en la que la mujer solo es reina cuando permanece inmóvil.
Porque hubo mujeres sin corona, sin cargo y sin voz pública que hicieron posible la salida de muchas imágenes coronadas.
Y esas mujeres no son el fondo de la Semana Santa.
Son parte de su historia.
Fuentes y referencias
- Pérez González, Silvia María. “Mujeres y cofradías en la Andalucía de finales de la Edad Media”. Historia. Instituciones. Documentos, n.º 39, 2012, pp. 185-211.
https://revistascientificas.us.es/index.php/HID/article/download/4091/3539 - RTVE. “Las mujeres podrán procesionar en todas las hermandades de la Semana Santa de Sevilla”. 2 de febrero de 2011.
https://www.rtve.es/noticias/20110202/mujeres-podran-procesionar-todas-hermandades-semana-santa-sevilla/400471.shtml - Tribunal Constitucional. Sentencia 132/2024, de 4 de noviembre de 2024. Recurso de amparo 1128-2022, promovido por doña María Teresita Laborda Sanz. Publicada en el Boletín Oficial del Estado.
https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2024-25515 - Cátedra de Estudios Cofrades de la Universidad de Málaga. Análisis estadístico de la situación actual de la mujer y los jóvenes en las cofradías malagueñas.
https://www.catedraestudioscofrades.uma.es/wp-content/uploads/2018/12/Mujeres-y-jovenes-cofradias.pdf






