Tierra Cofrade

Suciedad vs. pátina: cuándo limpiar mejora y cuándo borra historia

Restauradora trabajando sobre una pintura histórica de Frans Hals.

Por Clara Sanjuan | Tierra Cofrade

EL ALMA DE LA MATERIA · CAPÍTULO 5

Hay pocas operaciones capaces de ofrecer un resultado tan convincente como una limpieza. Basta descubrir una pequeña zona bajo una capa oscurecida para que aparezca la sensación inmediata de haber encontrado algo verdadero: el color se vuelve más intenso, el oro refleja mejor la luz, los detalles recuperan profundidad y la obra parece rejuvenecer.

Precisamente ahí comienza el problema.

Porque no todo lo que se encuentra sobre una superficie histórica es suciedad, y no todo aquello que oscurece, apaga o modifica su aspecto debe desaparecer. En una escultura, un paso, un retablo, una pieza de orfebrería o un tejido pueden coexistir polvo reciente, grasa, hollín, depósitos ambientales, barnices envejecidos, restos de cera, productos de corrosión, antiguas capas protectoras y transformaciones naturales producidas durante décadas o siglos. Algunas son ajenas a la obra y pueden perjudicarla; otras forman ya parte de su historia material.

Distinguir unas de otras es uno de los problemas clásicos de la conservación.

Paul Philippot lo planteó hace décadas en un texto que sigue resultando extraordinariamente actual. Para él, la pátina no debía entenderse simplemente como suciedad acumulada, sino como el conjunto de modificaciones normales que el paso del tiempo produce sobre los materiales originales. La limpieza, por tanto, no podía convertirse en una operación «higiénica» destinada a eliminar todo aquello que separase la obra de una apariencia supuestamente nueva, porque semejante criterio podía terminar falsificando el objeto que pretendía recuperar. Su reflexión, publicada originalmente en 1966 y traducida posteriormente por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, continúa siendo una referencia para comprender el problema.

La pregunta ya no es solamente qué podemos quitar.

Es mucho más difícil:

¿qué debemos conservar?

La suciedad tiene una historia; la pátina también

En el lenguaje corriente, pátina suele significar simplemente «aspecto antiguo». La palabra se utiliza para describir el tono adquirido por un mueble, el oscurecimiento de un metal o incluso ese aspecto ligeramente gastado que asociamos intuitivamente con el paso del tiempo.

En conservación necesita más precisión.

No existe una única pátina común a todos los materiales. En un metal puede tratarse de una capa formada por procesos de corrosión natural o creada deliberadamente durante la fabricación; en la madera puede reunir transformaciones cromáticas causadas por la luz, acabados históricos y residuos asociados al uso; en una pintura o policromía el concepto se vuelve todavía más complejo porque intervienen cambios ópticos de pigmentos, aglutinantes, barnices y capas superficiales.

El Canadian Conservation Institute recuerda, por ejemplo, que determinados objetos metálicos fueron patinados intencionadamente desde su origen y que otros desarrollan posteriormente capas estables de corrosión que pueden tener valor estético e histórico. Esas superficies pueden ser extremadamente finas y dañarse incluso mediante una limpieza o pulido moderado.

Examen microscópico de un dorado histórico y de los materiales situados bajo su superficie.
El oro visible es solamente la parte exterior de una construcción material más compleja.
El examen microscópico permite reconocer el dorado, sus límites, los aglutinantes, las inserciones y el soporte. Foto: Yulia Konkova / Wikimedia Commons, CC BY 4.0.

En madera sin terminar el problema se formula de otra manera. El mismo instituto advierte de que una superficie antigua puede conservar productos naturales de envejecimiento y restos relacionados con el uso —lo que agrupa bajo el término pátina— y señala expresamente que deben conservarse cuando tengan valor histórico, aunque distinguirlos de la suciedad pueda resultar difícil.

Aquí aparece la primera enseñanza importante: pátina y suciedad pueden parecerse visualmente sin ser equivalentes.

Una capa oscura puede ser un depósito reciente que conviene retirar. Otra aparentemente parecida puede contener información histórica que desaparecerá en cuanto intentemos «dejarla limpia».

La dificultad de una buena limpieza no consiste en saber retirar materia. Consiste en saber reconocer qué materia no tenemos derecho a retirar.

El polvo no es siempre inocente

Respetar la pátina no significa convertir cualquier depósito en algo valioso por el mero hecho de llevar tiempo sobre una obra.

El polvo puede ser perjudicial. En textiles, por ejemplo, las partículas depositadas pueden actuar mecánicamente sobre las fibras y transportar sustancias capaces de favorecer reacciones químicas cuando existe humedad. El CCI recomienda por eso retirar depósitos superficiales cuando el material y su estado permiten hacerlo con seguridad.

Sobre otras superficies ocurre algo parecido. Hollín, partículas grasas, residuos procedentes de la combustión, excrementos de insectos o contaminantes pueden dificultar la lectura de la obra y contribuir a procesos de deterioro. En pintura, el CCI identifica precisamente la acumulación de polvo, grasa, humo y otros depósitos, junto al amarilleamiento de barnices, entre las principales causas por las que una imagen puede volverse difícil de percibir.

Por tanto, «no limpiar» tampoco constituye una posición conservadora por sí misma.

Hay suciedades que conviene eliminar.

Hay depósitos que deben controlarse.

Hay contaminantes que pueden provocar daño.

El problema consiste en establecer dónde termina uno de esos depósitos y comienza una superficie histórica cuya transformación no deberíamos borrar.

Limpiar es una intervención irreversible, aunque utilicemos métodos reversibles

En restauración se habla con frecuencia de reversibilidad. Un adhesivo, una reintegración o un material añadido deberían, siempre que sea posible, poder eliminarse en el futuro sin dañar el original.

La limpieza introduce una paradoja: aquello que retiramos no puede volver a colocarse exactamente donde estaba.

Podemos conservar una muestra. Podemos fotografiarla. Podemos estudiar el material retirado. Pero la superficie modificada ya no regresará espontáneamente al estado anterior.

Por eso la limpieza es una operación mucho más decisiva de lo que su aspecto cotidiano podría sugerir.

Getty propone, en uno de sus estudios sobre tratamientos de pintura, una serie de preguntas antes de comenzar: qué material es ajeno, si realmente se trata de suciedad, si está causando daño, hasta dónde debería limpiarse, cuál será el aspecto resultante y, sobre todo, en qué momento debemos detenernos.

Esa última pregunta merece atención.

Porque existe un punto en el que seguir limpiando puede mejorar técnicamente la eliminación de un depósito y, al mismo tiempo, empeorar la conservación histórica de la obra.

Infografía comparativa sobre suciedad, pátina y deterioro en obras patrimoniales, con criterios para valorar su limpieza.

El peligro de que «más limpio» parezca automáticamente «mejor»

El ojo humano responde muy bien a los contrastes.

Una mitad oscurecida junto a otra recién limpiada produce fotografías espectaculares. El resultado suele parecer indiscutible: la zona limpia recupera color, relieve y luminosidad, mientras la otra parece triste y apagada.

Pero el contraste visual no nos informa de todo lo que ha ocurrido.

Puede haberse retirado suciedad.

También un barniz envejecido.

Quizá una veladura.

Tal vez una pátina artificial añadida deliberadamente para modular un dorado.

O una combinación de varias cosas.

Existe un caso documentado por Getty especialmente interesante. Durante la limpieza de un marco dorado del cuadro Jacob Blessing the Sons of Joseph, los conservadores encontraron una pátina marrón muy alterada y marcada por huellas y manchas. Tras estudiar la superficie decidieron retirarla, pero la consecuencia fue reveladora: el oro limpio resultaba tan brillante que podía competir visualmente con la pintura. El tratamiento contempló entonces aplicar posteriormente una nueva pátina o barniz teñido para recuperar un equilibrio visual apropiado.

El ejemplo desmonta una idea sencilla: si «limpiar hasta el oro» fuera siempre el objetivo correcto, no habría sido necesario volver a modular después su apariencia.

La superficie histórica no se entiende únicamente por la cantidad de suciedad que contiene. También por la manera en que sus diferentes capas construyen una lectura visual.

La pátina no es una coartada para conservar abandono

Hay que introducir ahora la precaución contraria.

En ocasiones la palabra pátina se emplea de una manera casi romántica para justificar cualquier oscurecimiento, acumulación o deterioro.

No es correcto.

Philippot hablaba de modificaciones normales de los materiales provocadas por el tiempo, no de aceptar indiscriminadamente toda materia que haya acabado adherida a una obra. La pátina no convierte automáticamente el hollín, la grasa reciente, una mancha accidental o un excremento de ave en parte intocable del patrimonio.

Tampoco toda corrosión metálica merece conservarse. El CCI distingue claramente entre superficies estables y procesos de corrosión activa. Una pátina coherente, adherida y estable puede formar parte del objeto; determinados productos pulverulentos, localizados o progresivos pueden indicar un fenómeno diferente que requiere atención.

Esto nos devuelve al criterio que ha atravesado toda la serie El alma de la materia: la apariencia por sí sola no basta.

Una superficie oscura no es automáticamente mala.

Una superficie brillante no es automáticamente sana.

Una grieta grande no es necesariamente activa.

Una capa antigua no tiene obligatoriamente que quedar visible.

La conservación empieza cuando dejamos de resolver esos problemas mediante adjetivos y comenzamos a observar procesos.

Las manos convierten el polvo en otra cosa

Existe un ejemplo especialmente cercano a la vida cotidiana de una hermandad.

Una pieza con algo de polvo puede limpiarse en determinadas circunstancias mediante procedimientos controlados. Pero si esa misma superficie se manipula repetidamente con las manos, los aceites y sales de la piel pueden favorecer que parte de la suciedad quede más adherida. El CCI advierte de que presionar superficies sucias puede introducir los depósitos en materiales porosos o rugosos, y que la grasa y el sudor de las manos contribuyen a fijarlos.

Eso significa que el problema no empieza necesariamente cuando alguien decide limpiar.

Puede empezar mucho antes, en la manera de manipular.

Una moldura que siempre se coge por el mismo punto, una vara, un respiradero, una pieza de orfebrería, la trasera de una insignia o un elemento de un paso pueden ir acumulando no solo señales de uso, sino depósitos que cada nueva manipulación compacta.

La distinción entre suciedad y pátina puede terminar escribiéndose literalmente con los dedos.

Desde el punto de vista histórico, las huellas de utilización pueden resultar interesantes. Desde el punto de vista conservativo, no tiene mucho sentido seguir produciéndolas para que algún investigador futuro pueda estudiarlas.

La memoria del uso debe documentarse, no necesariamente perpetuarse mediante nuevo desgaste.

Una superficie puede contar cómo fue usada

Hay, sin embargo, depósitos que adquieren valor precisamente porque revelan la vida de un objeto.

El CCI recomienda evitar la eliminación de manchas y restos que puedan poseer significado histórico o etnográfico, por ejemplo, en objetos de cuero. La misma lógica puede trasladarse, con la necesaria cautela, a otros bienes culturales.

Pensemos en un objeto litúrgico que conserve señales inequívocas de su uso, en una pieza procesional modificada por años de manipulación o en una superficie donde ciertos desgastes permiten reconocer qué elementos fueron tocados, cubiertos, ensamblados o protegidos.

No todo debe mantenerse.

Pero antes de eliminarlo conviene preguntarse si aquello que parece simplemente una mancha es también un documento.

Esto enlaza con una cuestión que ya vimos en el primer capítulo de la serie. Un objeto puede perder información sin perder una gran cantidad de materia. Basta con borrar las evidencias que permitían interpretar su uso.

La superficie es también archivo.

El gran debate de las limpiezas

La discusión no es nueva.

Durante buena parte del siglo XX, la limpieza de pinturas protagonizó intensos debates entre conservadores, historiadores y críticos. El problema giraba precisamente alrededor de cuánto debía eliminarse, qué papel correspondía a los barnices envejecidos y qué significado debía atribuirse a la pátina.

La reflexión de Philippot nació dentro de ese contexto, y Cesare Brandi defendió también la necesidad de respetar las alteraciones derivadas del tiempo cuando constituían testimonio histórico de la obra. Documentación publicada por ICCROM recuerda cómo la llamada cleaning controversy enfrentó distintas concepciones sobre restauración y autenticidad, y cómo la pátina terminó convirtiéndose en una cuestión teórica, no simplemente estética.

Aquella discusión sigue viva porque no existe una frontera universal que pueda trazarse con una fórmula.

Un depósito puede perjudicar una obra y resultar legítimo retirarlo.

Una capa envejecida puede dificultar su lectura y, sin embargo, requerir conservación parcial.

Una pátina artificial puede ser histórica.

Un barniz puede haber alterado gravemente el color.

Incluso dos profesionales competentes pueden discutir legítimamente sobre el grado adecuado de limpieza.

Precisamente por eso la conservación necesita método, documentación y deliberación.

Una limpieza no descubre simplemente lo que había debajo. También decide qué parte de la historia seguirá visible después.

La limpieza perfecta puede ser demasiado perfecta

Existe una estética de lo recién restaurado que merece cierta desconfianza.

Cuando todos los recovecos muestran el mismo grado de limpieza, cada superficie recupera una luminosidad uniforme y desaparecen las pequeñas diferencias producidas por el tiempo, el resultado puede ser técnicamente pulcro y, sin embargo, visualmente extraño.

El patrimonio antiguo no tiene por qué parecer recién fabricado.

ICCROM ha documentado cómo las actitudes históricas hacia la limpieza cambiaron profundamente y cómo determinadas campañas antiguas llegaron incluso a retirar productos superficiales hasta alterar la forma y la lectura de algunos objetos.

El problema no es simplemente sentimental.

Una superficie excesivamente homogeneizada puede hacer desaparecer información sobre técnicas, usos, reparaciones y envejecimientos diferenciales.

En el caso de los dorados, Getty señala que todavía existen debates sobre los objetivos éticos de la limpieza y sobre la necesidad de reconocer el valor de las superficies doradas originales y envejecidas. Estas piezas son particularmente sensibles a la abrasión y a determinados sistemas de limpieza, por lo que un tratamiento mal planteado puede eliminar directamente material original.

Limpio no es sinónimo de nuevo.

Y conservado tampoco.

¿Hasta dónde limpiar?

Quizá sea la pregunta más difícil de este capítulo.

No hay un punto universal.

Una limpieza puede detenerse cuando se alcanza la superficie original.

Pero, como vimos en el capítulo anterior, ni siquiera «superficie original» es siempre una categoría sencilla. Puede existir un barniz antiguo, una veladura, una repolicromía histórica o un acabado deliberadamente coloreado.

La respuesta suele construirse mediante pruebas controladas, observación con aumento, análisis de materiales, documentación histórica y evaluación estética. También puede ser necesario ensayar diferentes niveles de limpieza para comprender qué aspecto produce cada uno y qué material se está retirando.

El objetivo no debería ser obtener la máxima capacidad limpiadora.

Debería ser conseguir el resultado necesario utilizando el tratamiento menos agresivo compatible con el objetivo de conservación.

Getty ha investigado precisamente sistemas de limpieza destinados a controlar mejor la interacción con las superficies y reducir riesgos, incluidos geles y métodos específicos para materiales especialmente sensibles.

La pregunta profesional no es, por tanto, «¿cómo quitamos esto?».

Es: ¿qué queremos conseguir, cuánto necesitamos retirar y cuál es el coste material de hacerlo?

Una tabla para no confundir apariencia y diagnóstico

La siguiente tabla no sirve para decidir una limpieza. Pretende únicamente ordenar algunas situaciones frecuentes y recordar por qué una observación inicial necesita más información.

Lo que observamos Qué podría ser Qué conviene averiguar antes de actuar
Capa gris de polvo superficial Depósito reciente o acumulado Si la superficie subyacente es estable y permite una limpieza segura
Oscurecimiento uniforme Suciedad, humo, barniz envejecido, acabado histórico o combinación de factores Qué estratos existen y cuál está produciendo el cambio visual
Zona brillante por roce Desgaste, manipulación repetida o eliminación localizada de una pátina Si documenta el uso histórico y si el proceso continúa activo
Capa oscura sobre metal Pátina intencional, corrosión estable, suciedad o proceso activo Material, técnica original y estabilidad de la superficie
Restos en huecos y recovecos Suciedad, productos antiguos de acabado, cera, pigmentos o residuos de intervenciones anteriores Composición, distribución y relación con la historia de la pieza
Superficie irregular después de una limpieza parcial Diferencia entre áreas tratadas y no tratadas o distinta resistencia de los materiales Si continuar homogeneizaría la lectura a costa de eliminar material histórico

La utilidad de esta tabla está precisamente en que ninguna fila termina con la instrucción «limpiar». Antes siempre existe una pregunta.

En una hermandad, limpiar puede parecer mantenimiento rutinario

El patrimonio cofrade tiene aquí una vulnerabilidad especial.

Determinadas limpiezas pueden formar parte de las tareas que tradicionalmente se realizan antes de cultos, salidas o montajes. No siempre se perciben como intervenciones sobre patrimonio, sino como mantenimiento ordinario: quitar polvo, pasar un paño, devolver brillo, eliminar cera o «darle una vuelta» a un elemento que lleva meses guardado.

En muchas ocasiones esas labores habrán contribuido eficazmente a conservar las piezas.

En otras, una práctica repetida durante años puede haber provocado desgaste acumulativo sin que ningún episodio aislado pareciera grave.

Éste es el mecanismo más difícil de detectar.

Un frotado suave quizá no produzca nada perceptible hoy.

Repetido dos veces al año durante cuarenta años son ochenta intervenciones sobre la misma superficie.

La conservación preventiva vuelve a ser útil porque desplaza la atención desde el gesto individual hacia la acumulación.

No pregunta solo si este paño puede dañar hoy una moldura.

Pregunta qué superficie tendremos dentro de treinta años si continuamos haciéndolo exactamente igual.

La frontera entre cuidado y embellecimiento

Existe además una diferencia que pocas veces se formula de manera explícita.

Una cosa es limpiar para conservar.

Otra es limpiar para embellecer.

Ambos objetivos pueden coincidir, pero no siempre.

Si eliminamos un depósito perjudicial y recuperamos al mismo tiempo la lectura de la pieza, conservación y apariencia avanzan juntas.

Si continuamos interviniendo únicamente porque queremos más brillo, mayor uniformidad o una sensación de estreno, hemos cambiado de objetivo.

Ese desplazamiento merece reconocerse.

Porque a partir de ahí ya no estamos resolviendo necesariamente una necesidad conservativa. Estamos tomando una decisión estética sobre cómo creemos que debería parecer la obra.

No es ilegítimo plantear cuestiones estéticas. La restauración también trabaja con ellas.

Pero deben identificarse como tales.

El patrimonio no debería perder materia histórica porque confundimos nuestro deseo de verlo más limpio con una necesidad objetiva de conservación.

Lo que dejamos también necesita explicación

Hay otra cuestión importante: una restauración no debería documentar únicamente lo que elimina.

También debería explicar por qué decidió conservar determinadas capas.

Si queda un tono oscuro, una abrasión, una mancha antigua o una pátina histórica, el observador futuro podría interpretarlo como una intervención incompleta.

La documentación permite evitarlo.

Las decisiones de conservación también forman parte de la historia del objeto. Anotar por qué se mantuvo una superficie, qué pruebas se realizaron, dónde se detuvo una limpieza o qué material fue identificado permite que una intervención futura no tenga que empezar de cero.

Esto tiene un valor extraordinario en hermandades, donde restauradores y responsables de patrimonio cambian con el paso de las generaciones.

La memoria institucional vuelve a convertirse en conservación preventiva.

La pátina no debe gustarnos para merecer respeto

Quizá éste sea el último prejuicio que conviene desmontar.

Tendemos a proteger mejor aquello que nos parece bonito.

Una pátina verde sobre bronce puede resultar atractiva. Un tono cálido en una madera vieja parece noble. Una ligera abrasión sobre oro puede transmitir antigüedad.

Pero una superficie histórica no obtiene su valor porque encaje en nuestra estética.

La propia historia de la conservación demuestra que el gusto cambia. Hubo épocas que prefirieron esculturas sin policromía y retiraron el color. Otras quisieron dorados brillantes y uniformes. Otras valoraron el oscurecimiento porque parecía signo de antigüedad.

Si hacemos depender la conservación exclusivamente de nuestro gusto, cada generación corre el riesgo de volver a fabricar el pasado a su medida.

El criterio debe ser más exigente: materiales, significado, antigüedad, estabilidad, intención original, transformaciones históricas, documentación y función presente.

La belleza importa.

Pero no puede ser la única prueba.

Lo que una superficie sabe

Al terminar estos cinco capítulos podríamos volver a mirar una talla y verla de otra manera.

La madera que parecía inmóvil responde al ambiente. El oro brillante depende de capas invisibles. La policromía puede conservar varios momentos históricos y un barniz puede modificar nuestra percepción del color. Incluso aquello que llamábamos simplemente suciedad puede obligarnos a preguntar si estamos delante de un depósito dañino o de una huella que pertenece a la biografía del objeto.

Nada de esto significa que debamos tener miedo de restaurar.

Significa algo mucho más interesante: una buena restauración empieza sabiendo por qué no debe hacerse todo lo que técnicamente sería posible hacer.

Conservar exige actuar.

Y también detenerse.

La materia no llega hasta nosotros muda. Conserva grietas, desgastes, capas, brillos, oscurecimientos, repintes, reparaciones y huellas de utilización. Algunas son daños. Otras son documentos. Muchas son ambas cosas a la vez y solo el estudio permite distinguirlas.

Quizá por eso la expresión que da título a esta serie —El alma de la materia— tenga finalmente sentido. No porque la madera, el oro o la pintura posean alma, sino porque su superficie contiene algo que no puede medirse únicamente en gramos de materia original.

Contiene tiempo.

Limpiar bien no significa hacer desaparecer el tiempo. Significa retirar aquello que impide conservar y comprender la obra sin borrar las huellas que permiten saber que ha vivido.

FUENTES Y REFERENCIAS

  • Paul Philippot — “El concepto de pátina y la limpieza de pintura”, PH. Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, nº 15, 1996. Versión española del texto publicado originalmente en 1966. Es la referencia conceptual principal de este capítulo para comprender la pátina como transformación normal de los materiales y los límites de la limpieza.
    Consultar el artículo en Revista PH
  • Canadian Conservation Institute — Care and Cleaning of Unfinished Wood. Explica expresamente la dificultad de diferenciar suciedad de residuos históricos y pátina sobre madera, y recomienda preservar los depósitos con significado cuando existan dudas.
    Consultar CCI: limpieza de madera sin acabar
  • Canadian Conservation Institute — Caring for metal objects. Fundamental para distinguir pátinas naturales y artificiales estables de procesos de corrosión activa y comprender la importancia de conservar acabados originales.Consultar CCI: conservación de metales
  • Canadian Conservation Institute — Cleaning Paintings: Precautions. Expone los riesgos asociados a la eliminación de suciedad y barnices por personas no especializadas.
    Consultar Cleaning Paintings: Precautions
  • Canadian Conservation Institute — Caring for handling heritage objects. Utilizado para explicar cómo aceites y sales de las manos pueden marcar superficies o fijar depósitos durante la manipulación.
    Consultar CCI: manipulación del patrimonio
  • Getty Conservation Institute — Cleaning of Wooden Gilded Surfaces. Proyecto dedicado a los problemas técnicos y éticos de la limpieza de superficies doradas frágiles y envejecidas.
    Consultar el proyecto Getty
  • Getty Conservation Institute — Parameters for Gel Formulation y Gels Cleaning Research. Investigaciones dirigidas al desarrollo de sistemas de limpieza capaces de retirar materiales no deseados reduciendo la interacción y el riesgo para la superficie original.
    Consultar Gels Cleaning Research
  • Getty — “A Clean Frame for Jacob Blessing the Sons of Joseph”. Caso práctico especialmente ilustrativo sobre suciedad, pátina, limpieza y la necesidad posterior de modular la apariencia de un oro excesivamente brillante.
    Consultar el caso Getty
  • ICCROM — documentación sobre pátina y teoría de la restauración. Permite contextualizar históricamente el debate sobre limpieza, paso del tiempo y las posiciones vinculadas a Cesare Brandi.

TAMBIÉN EN TIERRA COFRADE

  • Restaurar vs. rehacer: dónde está el límite ético, de Clara Sanjuan, es el complemento directo a este capítulo: una limpieza aparentemente sencilla puede convertirse en transformación cuando pierde de vista la historia material que debe conservar.
    Leer “Restaurar vs. rehacer”
  • Oro, cuando el brillo aprende a hablar permite completar la cuestión desde otra perspectiva: qué significa estética y simbólicamente el brillo que una limpieza puede modificar.
    Leer “Oro, cuando el brillo aprende a hablar”

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De este autor...

Polvo, hollín, barnices, corrosión, grasas y pátinas pueden compartir una misma superficie histórica. En el último capítulo de «El alma de la materia», Clara Sanjuan explica por qué limpiar patrimonio exige primero averiguar qué estamos retirando y qué información puede desaparecer con ello.

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