Tierra Cofrade

La estética contemporánea en el arte sacro: debates sin trincheras

Por Aurora de la Torre | Tierra Cofrade

RITUALES Y TRANSFORMACIONES EN EL SIGLO XXI · III DE IV

Una obra religiosa del siglo XXI no tiene por qué parecer antigua para pertenecer a una iglesia, pero tampoco merece legitimidad únicamente por ser innovadora. Entre la repetición historicista y la ruptura buscada como fin en sí misma existe un territorio mucho más interesante: el de los artistas que intentan construir un lenguaje reconocible para su tiempo sin olvidar el espacio, el rito y la comunidad a los que la obra deberá servir.

Hay una frase que aparece con extraordinaria facilidad cuando se presenta una obra nueva destinada a un templo o a una hermandad:

«Eso no parece arte sacro».

La afirmación suele llegar antes que las preguntas.

Antes de conocer el encargo.

Antes de saber qué pretendía el artista.

Antes incluso de contemplar la pieza físicamente, porque hoy muchas discusiones comienzan en una fotografía de teléfono.

También aparece la reacción contraria:

«Lo nuevo siempre fue rechazado».

Tampoco resuelve demasiado.

No toda obra contemporánea incomprendida acabará convertida en obra maestra. Ni todo lenguaje tradicional constituye una repetición sin valor. Hay magníficos artistas trabajando desde códigos figurativos heredados y obras profundamente mediocres que se presentan bajo la etiqueta de vanguardia.

El problema comienza precisamente cuando sustituimos el análisis por la trinchera.

La Iglesia nunca tuvo un único estilo

Quizá convenga empezar por una constatación histórica que con frecuencia se olvida.

El cristianismo no nació barroco.

Tampoco gótico.

Ni románico.

Ni bizantino.

Cada uno de esos lenguajes que hoy asociamos inmediatamente a lo religioso perteneció alguna vez a su presente. Hubo artistas que utilizaron las técnicas, materiales, arquitecturas y sensibilidades de su tiempo para producir imágenes destinadas al culto.

El Concilio Vaticano II lo formuló con especial claridad en Sacrosanctum Concilium. Su artículo 123 afirma que la Iglesia no ha considerado ningún estilo artístico como exclusivamente propio y que ha acogido formas correspondientes a épocas y pueblos diferentes. Añade, además, que el arte del propio tiempo debe tener también espacio dentro de la Iglesia, siempre que pueda servir dignamente a los edificios y ritos sagrados.

La misma constitución establece otro criterio que debería acompañar cualquier discusión estética: buscar una belleza noble, no simplemente la suntuosidad.

Son dos ideas de enorme alcance.

No existe un estilo católico obligatorio.

Y lo caro, espectacular o abundantemente ornamentado no es sinónimo automático de belleza.

Interior de la Basílica de la Sagrada Família de Barcelona, con sus columnas y arquitectura de lenguaje moderno.
El arte sacro nunca ha respondido a un único estilo. El interior de la Sagrada Família recuerda que también los lenguajes que hoy identificamos inmediatamente como patrimonio fueron, en su momento, propuestas nuevas. Fotografía: Mafer Arenas / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Esto no convierte cualquier propuesta artística en adecuada para un templo. El propio documento reconoce explícitamente el derecho y la responsabilidad de la Iglesia para discernir qué obras resultan apropiadas para el uso sagrado.

Es decir: libertad artística y discernimiento no son términos incompatibles.

Arte religioso y arte sacro no son exactamente lo mismo

Esta distinción ayuda bastante.

Un artista puede representar una Crucifixión, una Dolorosa o una Última Cena y producir una magnífica obra de temática religiosa destinada a un museo, una colección particular o una exposición.

Pero una obra encargada para un altar, una capilla o un espacio litúrgico recibe además una función.

No solamente debe ser contemplada.

Tiene que habitar un lugar.

La Instrucción General del Misal Romano recuerda que las imágenes destinadas a iglesias deben disponerse de manera que conduzcan hacia los misterios celebrados y reclama atender a su belleza y dignidad. También admite estilos y materiales correspondientes a cada región y época cuando resultan adecuados para el uso sagrado.

Ahí aparece una diferencia fundamental.

Una obra de museo puede permitirse entrar en conflicto con el espectador.

Incluso puede hacer de ese conflicto su objetivo.

Una obra sacra situada permanentemente en un templo deberá mantener además una relación con quienes celebran, rezan, atraviesan o utilizan ese espacio.

No significa que tenga que resultar fácil.

Significa que no está sola.

Tiene arquitectura alrededor.

Tiene luz.

Tiene liturgia.

Tiene memoria.

Tiene personas que regresarán ante ella cientos de veces.

El error de pedirle al presente que finja ser antiguo

En determinados ámbitos de la creación sacra se ha desarrollado una situación paradójica.

Se exige al artista contemporáneo que demuestre su capacidad precisamente evitando parecer contemporáneo.

Se encarga una imagen en 2026, pero se valora positivamente que pudiera pasar por una obra realizada dos o tres siglos antes.

Esto puede producir excelentes resultados cuando existe talento.

La utilización consciente de una tradición artística no es en sí misma un defecto. Los lenguajes históricos pueden ser reinterpretados con enorme profundidad.

El problema aparece cuando tradición pasa a significar reproducción.

La investigación académica sobre la imaginería procesional andaluza ha advertido precisamente de la evolución estética experimentada en las últimas décadas. Guillermo López Merino ha estudiado la consolidación de tendencias contemporáneas vinculadas al neobarroco y a una nueva generación de imagineros, demostrando que incluso aquello que visualmente nos parece continuador de modelos tradicionales responde a procesos creativos actuales y posee sus propias transformaciones formales y culturales.

Eso resulta especialmente interesante.

Porque una obra puede parecer barroca y ser profundamente contemporánea.

Los cuerpos cambian.

Cambian los rostros.

Cambian los modelos humanos.

Cambian los criterios de policromía.

Cambian las fotografías que sirven como referencia.

Cambia la relación del artista con la anatomía.

Y cambia, por supuesto, la mirada del público.

La contemporaneidad no siempre lleva formas abstractas.

A veces viste túnica bordada.

Miquel Barceló: cuando el siglo XXI entró en una capilla gótica

Pocas intervenciones españolas permiten estudiar este debate con tanta claridad como la realizada por Miquel Barceló en la Capilla del Santísimo de la Catedral de Mallorca.

El proyecto comenzó alrededor del año 2000 y fue inaugurado el 2 de febrero de 2007. La propia Catedral de Mallorca ha documentado posteriormente el proceso y lo considera hoy parte de la identidad del templo, de la Iglesia mallorquina y de la sociedad de la isla.

Esto último merece atención.

Hoy contemplamos la intervención sabiendo que existe.

Pero antes hubo que responder una pregunta mucho menos cómoda: ¿era legítimo introducir una actuación artística contemporánea de gran intensidad dentro de una capilla gótica histórica?

La propia Catedral dedicó en 2022 una conferencia monográfica a esa cuestión y recordó el carácter excepcional de una actuación contemporánea que no estaba motivada simplemente por una necesidad de conservación patrimonial.

Barceló no intentó hacer un retablo neogótico.

Tampoco imitó una intervención medieval para ocultar la fecha en la que trabajaba.

Utilizó cerámica, materia, relieve, color y formas orgánicas para desarrollar un programa relacionado con la Eucaristía, la multiplicación de los panes y los peces, el mundo vegetal y marino y la Resurrección. El resultado se presenta deliberadamente como intervención del siglo XXI dentro de una arquitectura con siglos de historia. La documentación oficial sitúa el proceso entre 2000 y 2007.

Se puede preferir o rechazar estéticamente.

Eso pertenece al terreno legítimo del gusto y de la crítica.

Lo que resulta difícil sostener es que una obra de este tipo deba descartarse simplemente porque se nota cuándo fue hecha.

Si utilizáramos ese criterio retrospectivamente, buena parte de la historia del arte religioso dejaría de existir.

El patrimonio no es una habitación donde nunca puede entrar nada

Los edificios religiosos históricos plantean, sin embargo, una dificultad adicional.

No son lienzos en blanco.

Una intervención permanente dentro de una catedral no equivale a colocar una obra en una sala contemporánea construida para ella.

Cada decisión entra en relación con siglos de transformaciones anteriores.

Eso obliga a ser especialmente prudentes.

Pero prudencia no significa inmovilidad.

La propia Catedral de Mallorca explicaba en 2022 que la capilla intervenida por Barceló había conocido modificaciones medievales, modernas, del siglo XX y finalmente del XXI.

Esta perspectiva modifica nuestra manera de mirar muchos monumentos.

Tendemos a percibirlos como conjuntos terminados porque los recibimos completos.

Pero una catedral histórica es frecuentemente una suma de generaciones.

Un altar sustituye a otro.

Un retablo llega después.

Una capilla se reforma.

Se incorpora una vidriera.

Se cambia un pavimento.

Una época deja su huella junto a las anteriores.

La verdadera pregunta patrimonial no es siempre:

«¿Debemos permitir que el presente intervenga?».

A veces debería formularse así:

«¿Qué calidad deberá tener aquello que permitamos al presente dejar como herencia?»

Lo contemporáneo también puede dialogar con El Greco

Existe otra forma de encuentro menos invasiva: colocar temporalmente una creación actual junto al patrimonio histórico.

En 2020 la Catedral Primada de Toledo presentó el Apostolado de José María Cano en su sacristía junto al célebre apostolado de El Greco. La propia Archidiócesis explicaba que la diferencia de estilo y de cuatro siglos entre ambos conjuntos permitía establecer conexiones iconográficas.

La experiencia resulta significativa porque no intenta demostrar que Cano sea «el nuevo Greco».

Ese tipo de comparación sería innecesario.

Lo interesante es precisamente colocar dos respuestas visuales separadas por siglos ante un mismo tema cristiano.

El apóstol continúa.

La pintura cambia.

El rostro cambia.

El artista cambia.

También cambia quien mira.

Y la serie de Cano continúa teniendo recorrido cultural: en agosto de 2026 sus doce apóstoles fueron trasladados temporalmente al monasterio de Santa Clara de Castrojeriz dentro de una exposición promovida con participación de la Archidiócesis de Burgos.

No estamos, por tanto, ante una conversación puramente teórica.

El diálogo entre patrimonio religioso histórico y lenguajes artísticos contemporáneos continúa ocurriendo.

Conjunto del Apostolado de El Greco expuesto en Toledo, con Cristo y los apóstoles.
Apostolado de El Greco, en Toledo. Cuatro siglos después, el mismo repertorio cristiano continúa ofreciendo materia para nuevos lenguajes artísticos: cambia la forma de representar, no necesariamente el tema representado. Fotografía: Fernando / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La recepción social: la obra llega acompañada de opiniones

Hay una diferencia enorme entre presentar una obra religiosa hoy y hacerlo hace cincuenta años.

La reacción pública ya no espera.

Una fotografía tomada durante la presentación puede circular en cuestión de segundos.

Antes de que una escultura haya sido contemplada desde todos sus ángulos, alguien ha ampliado un detalle del rostro.

Antes de que un cartel pueda verse a tamaño real, ya está convertido en imagen de teléfono.

Antes de que el artista explique su propuesta, pueden existir centenares de comentarios.

Tierra Cofrade ha analizado esta transformación al estudiar cómo los carteles actuales llegan al público dentro del ecosistema de las redes: la obra no aparece sola, sino acompañada de opiniones, recortes, memes, adhesiones y rechazos que pueden condicionar la primera mirada.

El arte sacro no escapa a ese mecanismo.

Y presenta una dificultad añadida: muchas personas no contemplan simplemente «una obra».

Contemplan su Virgen, su Cristo, su hermandad, su iglesia.

La relación afectiva cambia el juicio.

Es comprensible.

Un encargo devocional no entra en un territorio emocional vacío.

Precisamente por eso conviene separar varias preguntas que habitualmente se mezclan:

¿Me gusta?

¿Está bien ejecutada?

¿Cumple el encargo?

¿Funciona en su espacio?

¿Es coherente iconográficamente?

¿Posee calidad artística?

¿Puede generar devoción?

Son preguntas relacionadas.

Pero no son la misma.

«No me gusta» es una opinión legítima

Hay una extraña presión cultural para convertir los gustos personales en argumentos universales.

Ante una obra contemporánea se escucha:

«Eso es horrible».

Ante una obra tradicional:

«Eso está pasado de moda».

Ninguna de las dos afirmaciones constituye todavía una crítica artística.

El gusto importa. No hay que fingir lo contrario.

Pero una obra puede disgustarnos y estar perfectamente construida.

Otra puede emocionarnos enormemente y poseer escaso interés artístico.

La madurez crítica comienza cuando ambas posibilidades dejan de parecernos contradictorias.

Podemos preguntar por proporción, composición, técnica, materiales, integración espacial, iconografía, originalidad, oficio, función y recepción.

Y después decir:

«Aun así, no me gusta».

No ocurre nada.

El problema de las trincheras aparece cuando se hace el recorrido inverso:

«No me gusta; por tanto, es mala».

Tampoco lo contemporáneo merece un cheque en blanco

Defender la posibilidad de un arte sacro contemporáneo no significa aplaudir cualquier experimento.

Sacrosanctum Concilium no lo hace.

Mientras reconoce libertad a los lenguajes artísticos de cada época, exige simultáneamente calidad, adecuación y dignidad. Incluso advierte contra la mediocridad artística.

Esta precisión es especialmente saludable.

Porque la palabra contemporáneo puede convertirse también en coartada.

Una obra confusa no se vuelve profunda porque alguien necesite cinco páginas para justificarla.

Una mala ejecución no se transforma automáticamente en ruptura consciente.

Y una provocación previsible no es innovadora únicamente porque moleste.

El arte actual necesita crítica precisamente porque merece ser tomado en serio.

La otra contemporaneidad: el neobarroco

Cuando pensamos en innovación imaginamos con frecuencia abstracción, geometría o ruptura formal.

Sin embargo, buena parte de la creación cofrade contemporánea toma otro camino.

El barroco continúa funcionando como gran depósito visual.

Pliegues.

Policromías.

Lágrimas.

Cabellos.

Heridas.

Miradas bajas.

Naturalismo.

Teatralidad.

La investigación de López Merino resulta especialmente útil porque documenta cómo la imaginería actual ha producido tendencias propias dentro de ese universo formal, hasta el punto de hablar de una nueva escuela y de estudiar sus vínculos con transformaciones antropológicas y estéticas recientes.

Aquí aparece algo que frecuentemente pasa inadvertido.

Repetir un vocabulario antiguo también es una decisión contemporánea.

Un escultor del siglo XXI conoce la fotografía digital.

Ha visto cine.

Ha estudiado cuerpos contemporáneos.

Dispone de herramientas actuales.

Trabaja para públicos acostumbrados al primer plano.

Sus imágenes terminarán fotografiadas miles de veces y ampliadas hasta dimensiones que ningún escultor barroco pudo imaginar.

Incluso cuando talla dentro de una tradición heredada, trabaja en otro régimen visual.

El barroco contemporáneo no puede ser idéntico al barroco histórico porque nosotros tampoco somos espectadores del siglo XVII.

Cuando el encargo empieza antes del taller

Quizá buena parte de los conflictos que atribuimos al artista comiencen mucho antes.

En el encargo.

¿Qué quiere realmente una hermandad cuando pide una obra nueva?

¿Una pieza capaz de aportar algo nuevo?

¿Una reproducción del aspecto de otra imagen admirada?

¿Un objeto que parezca antiguo?

¿Una obra personal del artista elegido?

¿Un consenso estético imposible entre cientos o miles de hermanos?

Son preguntas decisivas.

Elegir a un creador significa aceptar en alguna medida su lenguaje.

Pedirle después que deje de parecerse a sí mismo puede conducir a una obra extrañamente híbrida: técnicamente competente, pero sin identidad.

La responsabilidad no pertenece únicamente al taller.

Quien encarga debe saber por qué ha elegido a ese artista.

Y el artista debe comprender dónde llegará su obra.

Una imagen procesional no será contemplada únicamente sobre una peana limpia y bajo iluminación de estudio.

Tendrá flores.

Vestirá quizá tejidos diferentes.

Recibirá luz natural y artificial.

Saldrá a una calle.

Será vista desde abajo.

Puede convivir con arquitectura barroca, neoclásica o contemporánea.

Formará parte de un rito.

Todo eso debería existir mentalmente antes de la primera gubia o de la primera pincelada.

El público no es un jurado de concurso

El carácter comunitario del patrimonio religioso introduce además una tensión inevitable.

Una obra puede estar artísticamente muy bien planteada y producir rechazo inicial.

¿Qué hacemos entonces?

No existe una fórmula universal.

Sería peligroso sostener que el artista debe obedecer siempre al gusto mayoritario: muchas obras relevantes jamás habrían sido posibles.

Pero también sería arrogante considerar irrelevante la recepción de una comunidad cuando la pieza ha sido creada precisamente para formar parte estable de su espacio religioso.

El encargo sacro obliga a negociar dos libertades.

La del creador.

Y la de la comunidad para reconocerse —o no— en aquello que recibe.

La solución probablemente no consiste en plebiscitar cada decisión estética, sino en mejorar los procesos anteriores: explicar el proyecto, seleccionar con criterio, estudiar el contexto, documentar las razones y evitar que la primera noticia sobre una obra llegue cuando ya está terminada.

La mediación cultural no elimina el rechazo.

Pero permite que el desacuerdo sea al menos un desacuerdo informado.

El tiempo también juzga

La recepción inmediata posee otro defecto.

Carece de perspectiva.

Algunas obras se integran rápidamente.

Otras necesitan años.

Algunas que inicialmente entusiasman envejecen mal.

Y otras continúan generando discusión décadas después.

En 2007 la intervención de Barceló en Mallorca fue presentada como una actuación extraordinariamente contemporánea dentro de una catedral histórica. Quince años después, la propia institución podía hablar de ella como parte de la identidad de la Catedral y de la sociedad de la isla.

No significa que la discusión estética haya desaparecido.

Significa algo más interesante.

La obra ya tiene historia.

Una persona nacida el año de su inauguración tiene hoy diecinueve años.

Para ella, la Catedral de Mallorca siempre ha tenido un Barceló.

Este fenómeno enlaza directamente con la entrega anterior de nuestra serie.

También las obras de arte envejecen culturalmente.

Primero son intervención.

Después pueden convertirse en paisaje.

Más tarde, si sobreviven, serán patrimonio.

No necesitamos elegir un bando

Quizá el debate sobre arte sacro contemporáneo se empobreció cuando comenzó a formularse en términos militares.

Tradicionalistas contra modernos.

Figuración contra abstracción.

Barroco contra vanguardia.

Devoción contra arte.

Nada obliga a ordenar la cuestión de esa manera.

Podemos admirar una talla barroca y una cerámica de Barceló sin necesitar demostrar que una invalida a la otra.

Podemos considerar excelente una nueva imagen concebida desde un naturalismo heredado y rechazar otra realizada exactamente en el mismo lenguaje por falta de calidad.

Podemos valorar una propuesta contemporánea y, simultáneamente, concluir que no funciona en el lugar para el que fue concebida.

Eso no es contradicción.

Es crítica.

Y probablemente la crítica sea una de las mejores formas de respeto que podemos ofrecerle al arte.

Lo que nuestro tiempo deje

Hay algo que debería producir cierto vértigo.

Los siglos anteriores dejaron arte sacro porque encargaron obras a artistas vivos.

Nosotros conservamos aquellas piezas, las restauramos, las protegemos y hablamos de ellas como patrimonio.

Pero una cultura que solamente conserva y nunca crea corre el riesgo de convertir sus templos en lugares donde el tiempo se detuvo.

El desafío no consiste en llenar iglesias históricas de intervenciones contemporáneas.

Sería absurdo.

Consiste en no renunciar de antemano a la posibilidad de que nuestro tiempo sea también capaz de producir algo digno de llegar al siguiente.

No sabemos qué obras de 2026 seguirán contemplándose dentro de doscientos años.

Nadie puede saberlo.

Sí podemos decidir con cuánto rigor las encargamos.

Cuánta libertad concedemos al creador.

Cuánto conocimiento exigimos.

Cuánto cuidamos los materiales.

Cuánto escuchamos al lugar.

Y cuánto resistimos la tentación de decidir en diez segundos desde una pantalla si aquello merece existir.

Porque algún día —si tiene suerte— dejará de llamarse arte contemporáneo.

Lo llamarán simplemente patrimonio.

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Otras lecturas sobre estética, imagen y transformación del lenguaje cofrade:

Fuentes y referencias

  • Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, especialmente arts. 122-125. Fuente primaria para los criterios sobre estilos artísticos, arte de nuestro tiempo, noble belleza, adecuación al culto e imágenes sagradas.
    Consultar en la Santa Sede
  • Instrucción General del Misal Romano. Fuente primaria para la disposición de imágenes, dignidad y belleza, adaptación de materiales y estilos y relación de los elementos artísticos con la celebración.
    Consultar en la Santa Sede
  • Catedral de Mallorca. “La capella del Santíssim, una obra contemporánea en una capilla gótica”. Fuente institucional para el proceso de intervención de Miquel Barceló, desarrollado entre 2000 y 2007, y para su posterior valoración dentro de la historia e identidad de la Catedral.
    Catedral de Mallorca
  • Casa de S. M. el Rey. 2 de febrero de 2007. Documenta la celebración eucarística y bendición de la intervención de Miquel Barceló en la Capilla del Santísimo de la Catedral de Mallorca.
  • López Merino, Guillermo. “Reflexiones acerca de la imaginería contemporánea: el origen de una nueva escuela”. Imafronte, n.º 28, 2021. Universidad de Murcia. Estudio académico sobre la evolución estética reciente de la imaginería procesional, el neobarroco y la conformación de nuevas tendencias escultóricas.
    Artículo en Imafronte — Universidad de Murcia
  • Archidiócesis de Toledo. Apostolado de José María Cano junto al Apostolado de El Greco en la Catedral Primada. Fuente institucional sobre el diálogo expositivo entre la creación contemporánea y la obra histórica.
  • Exposición del Apostolado de José María Cano en Castrojeriz, agosto de 2026. Referencia contemporánea utilizada únicamente para documentar la continuidad expositiva de esta serie y su presentación en espacios religiosos históricos.

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De este autor...

El arte sacro del siglo XXI vive entre dos tentaciones: repetir el pasado hasta confundirse con él o considerar que toda ruptura es automáticamente valiosa. Aurora de la Torre propone mirar más despacio: función, calidad, lenguaje, espacio, comunidad y tiempo como criterios para juzgar una creación religiosa contemporánea.

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