Tierra Cofrade

Cuando la tradición se “actualiza”: cambios recientes que ya parecen antiguos

Grupo de nazarenos durante una procesión de Semana Santa en Málaga en 2008.

Por Aurora de la Torre | Tierra Cofrade

RITUALES Y TRANSFORMACIONES EN EL SIGLO XXI · II DE IV

Hay decisiones que provocan discusión cuando aparecen y que, apenas quince años después, una generación entera encuentra ya incorporadas al paisaje. La Semana Santa ofrece un laboratorio privilegiado para observar cómo una novedad deja de serlo, se convierte en costumbre y acaba adquiriendo una antigüedad emocional mucho mayor que la que realmente posee.

Quince años son muy poco en la historia de una hermandad.

Y muchísimo en la memoria de una persona.

Quien tenía cinco años en 2011 tiene hoy veinte. Si durante todo ese tiempo ha visto salir una cofradía de determinada manera, utilizar una aplicación para encontrarla, contemplar a hombres y mujeres dentro del mismo cortejo o asumir unas medidas organizativas concretas, es muy posible que no perciba ninguna de esas cosas como una innovación.

Para él, simplemente, siempre ha sido así.

Ahí comienza uno de los mecanismos más interesantes de la tradición.

No necesariamente en aquello que tiene siglos, sino en aquello que consigue dejar de parecernos nuevo.

“La tradición posee una extraña capacidad para envejecer deprisa: algunas novedades necesitan siglos para legitimarse; otras apenas una generación
para empezar a parecer antiguas.”

El error de imaginar la tradición como una fotografía

Cuando hablamos de tradición solemos pensar en continuidad.

Tiene sentido. La palabra remite a transmisión: algo recibido que pasa de unas manos a otras. Pero esa imagen puede engañarnos si imaginamos que cada generación entrega exactamente lo mismo que recibió.

No ocurre así.

La Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial define estas prácticas como patrimonio transmitido entre generaciones, pero añade inmediatamente una idea esencial: es recreado constantemente por las comunidades en respuesta a su entorno, su relación con la naturaleza y su propia historia.

La UNESCO ha insistido posteriormente en algo todavía más claro: salvaguardar el patrimonio inmaterial no consiste en congelarlo en una supuesta forma original o pura. Para permanecer vivo necesita seguir siendo significativo para la comunidad que lo practica y continuar transmitiéndose.

La legislación española adopta el mismo principio. La Ley 10/2015 habla expresamente del dinamismo inherente al patrimonio cultural inmaterial, que considera vivo, recreado en tiempo presente y sujeto a prácticas en continuo cambio.

Y la nueva Ley 4/2026 del Patrimonio Cultural de Andalucía vuelve a describir el patrimonio inmaterial como algo transmitido entre generaciones y «recreado constantemente» por comunidades y grupos.

Es decir, desde el punto de vista patrimonial, cambio y tradición no son necesariamente enemigos.

La pregunta adecuada es bastante más difícil:

¿qué cambios permiten continuar a una tradición y cuáles terminan alterando aquello que le daba sentido?

Nada parece tradicional el primer día

Toda costumbre tuvo alguna vez estreno.

La primera vez que se utilizó una determinada marcha, un nuevo tipo de iluminación, una disposición distinta del cortejo, un recorrido modificado, una nueva pieza patrimonial o una manera diferente de portar un paso, alguien pudo pensar que aquello resultaba extraño.

Después se repitió.

Y volvió a repetirse.

Al tercer año ya había quien lo esperaba.

Al décimo, quizá alguien lo defendía diciendo que «siempre se ha hecho así».

No hace falta interpretar esta frase como ignorancia. Muchas veces expresa algo mucho más interesante: la antigüedad emocional no coincide necesariamente con la antigüedad documental.

Una persona no mide la tradición con archivos.

La mide con su vida.

Si algo ha ocurrido durante todos los años que alcanza a recordar, pertenece a su mundo estable. Puede tener doce años de historia y, sin embargo, ocupar en su memoria el mismo lugar que una práctica centenaria.

Por eso las transformaciones culturales adquieren velocidad cuando entra una nueva generación.

Lo que los mayores recuerdan como discusión, los jóvenes pueden recibirlo ya como herencia.

“Una innovación comienza a convertirse en tradición cuando llega alguien demasiado joven para recordar el tiempo anterior.”

Tres momentos que se repiten

Sin pretender formular una ley universal, puede observarse un proceso bastante frecuente en la vida de muchas tradiciones.

Primero aparece la ruptura.

Algo cambia y la modificación se hace visible precisamente porque contradice una expectativa. Surgen preguntas: ¿por qué hacerlo?, ¿era necesario?, ¿esto pertenece realmente a nosotros?, ¿qué se perderá?

Después llega la costumbre.

La novedad deja de ocupar el centro de la conversación. Se comprueban sus efectos. Algunas modificaciones desaparecen porque no funcionan. Otras se corrigen. Algunas permanecen.

Finalmente puede llegar la naturalización.

Ya casi nadie explica por qué aquello empezó. Forma parte del paisaje. Incluso quienes inicialmente lo rechazaron pueden llegar a defenderlo si una nueva propuesta amenaza con modificarlo.

Es uno de los fenómenos más irónicos de cualquier cultura viva: el cambio de ayer puede convertirse en la tradición que mañana alguien intente proteger frente a otro cambio.

2011: algo que hoy parece mucho más lejano

Un ejemplo especialmente revelador está en la incorporación plena de las mujeres a las estaciones de penitencia de todas las hermandades de la Archidiócesis de Sevilla.

El proceso había comenzado mucho antes. En 2001, por ejemplo, la Macarena permitió por primera vez que mujeres participaran como nazarenas en su estación de penitencia; aquel año fueron 115 dentro de un cortejo de unos 2.300 nazarenos, después de una votación extraordinaria que mostró que la cuestión continuaba siendo discutida.

Todavía diez años después quedaban hermandades sevillanas que no permitían esa participación. El 2 de febrero de 2011, el arzobispo Juan José Asenjo promulgó un decreto que estableció la plena igualdad de derechos entre los miembros de las hermandades y prohibió la discriminación por razón de sexo, incluida expresamente la participación en la estación de penitencia. La norma entró en vigor el 2 de marzo de aquel año.

Han pasado quince años.

No siglos.

Quince.

Para una persona joven que hoy participa en aquellas hermandades, la imagen de una hermana nazarena puede pertenecer a la totalidad de su memoria cofrade.

Y, sin embargo, existe documentación periodística suficientemente próxima como para recordar que aquello fue discutido, votado y, en algunos casos, resistido.

Este ejemplo requiere además una precisión: la situación sevillana no puede extrapolarse automáticamente a todas las celebraciones de Semana Santa españolas. Hay contextos locales diferentes y el debate sobre la participación femenina no ha seguido el mismo calendario en todos los lugares.

Pero precisamente por eso resulta tan útil.

Demuestra que algo que en términos históricos sucedió prácticamente ayer puede instalarse en la percepción colectiva con una velocidad extraordinaria.

Cuando el móvil entró en la procesión

Existe otra transformación mucho menos profunda desde el punto de vista de los derechos, pero extraordinariamente visible en la experiencia cotidiana: la digitalización de la Semana Santa.

Durante generaciones, seguir una procesión significaba aprender horarios, preguntar, utilizar programas impresos, escuchar la radio y calcular.

El Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla conserva precisamente una colección histórica de programas de mano y recuerda que estas publicaciones comenzaron a proliferar en la ciudad a finales del siglo XIX. La misma institución constataba en 2020 el cambio experimentado: aplicaciones móviles permitían ya consultar itinerarios e incluso conocer en directo la ubicación de las cofradías, aunque el programa impreso siguiera resistiéndose a desaparecer.

Aquí tampoco hubo una sustitución repentina.

Primero convivieron papel y teléfono.

Después comenzó a resultar extraño no disponer de información inmediata.

En la Semana Santa de Sevilla de 2018, el Ayuntamiento estrenó un sistema de geolocalización de hermandades mediante dispositivos GPS coordinados desde el CECOP. El balance municipal registró 768.329 accesos al servicio de geolocalización durante aquella Semana Santa.

Ocho años después, en 2026, la aplicación municipal incorporó nuevamente la posición de las hermandades en tiempo real junto a sistemas destinados a informar sobre la ocupación de determinadas calles. La consulta digital había dejado de presentarse como una rareza tecnológica y se integraba ya en la gestión ordinaria de la movilidad durante la celebración.

Entre ambas fechas han pasado solo ocho años.

Sin embargo, para muchos usuarios la pregunta actual ya no es:

«¿Podemos saber desde el teléfono dónde está la cofradía?».

Es otra:

«¿Por qué no aparece correctamente en el teléfono?».

Ese cambio de expectativa es culturalmente enorme.

La tecnología se ha hecho invisible porque ha empezado a considerarse normal.

La paradoja del programa de mano

Lo interesante es que la innovación no siempre mata lo anterior.

El programa de mano constituye un buen ejemplo.

Objetivamente, un folleto impreso posee muchas desventajas frente a una aplicación: no sabe si una cofradía lleva retraso, no modifica un itinerario después de imprimirse y no localiza al usuario.

Y continúa existiendo.

¿Por qué?

Porque ya no cumple únicamente una función informativa.

También es objeto.

Recuerdo.

Costumbre.

Algo que se dobla, se lleva en el bolsillo, termina anotado y puede aparecer veinte años después dentro de un cajón.

Aquí vemos cómo funciona realmente la tradición: no como una sucesión en la que lo nuevo destruye automáticamente lo antiguo, sino como una acumulación.

El teléfono resuelve mejor una necesidad práctica.

El programa conserva otra clase de vínculo.

Y ambos pueden convivir porque la cultura raramente funciona con la limpieza de una actualización informática.

No desinstala por completo la versión anterior.

Cuando olvidamos por qué se cambió

Una de las señales más claras de que una modificación ha sido asimilada aparece cuando desaparece el recuerdo de su causa.

Una hermandad cambia un recorrido porque una calle queda inutilizable.

Diez años después, nadie recuerda ya aquella obra.

Se modifica un horario para resolver un conflicto concreto.

Veinte años más tarde, aquel horario empieza a ser defendido como propio.

Se recupera una insignia desaparecida.

La generación siguiente puede llegar a pensar que nunca faltó.

Se introduce una forma diferente de portar un paso.

Los niños que crecen viéndola terminan asociándola a la identidad misma de la cofradía.

Este mecanismo no debe interpretarse necesariamente como falsificación de la historia.

Solo se convierte en problema cuando se afirma una antigüedad inexistente o se construye una justificación histórica que la documentación no sostiene.

Una cosa es decir:

«Esto forma parte hoy de nuestra tradición».

Y otra muy distinta:

«Esto se ha hecho siempre».

La primera afirmación puede ser perfectamente verdadera aunque la práctica tenga quince años.

La segunda necesita documentos.

“El rigor histórico no obliga a despreciar las tradiciones recientes; obliga simplemente a no regalarles siglos que no tienen.”

El archivo tiene una función incómoda

Aquí el archivo desempeña un papel fundamental.

No está para desmentir el cariño.

Está para poner fechas.

Una fotografía, un acta de cabildo, un programa de mano, una noticia o una regla antigua pueden demostrar que aquello que considerábamos inmemorial comenzó en 1998, desapareció durante veinte años o fue recuperado en 2012.

Ese descubrimiento no disminuye necesariamente su importancia.

A veces ocurre lo contrario.

Saber que una costumbre es reciente permite conocer quién la impulsó, qué problema pretendía solucionar y cómo fue recibida.

Hace visible la tradición mientras estaba naciendo.

Esto posee un enorme valor patrimonial porque nuestra tendencia natural es documentar mucho mejor lo excepcional que lo cotidiano.

Fotografiamos el estreno.

Publicamos la noticia del cambio.

Debatimos durante semanas.

Después, cuando aquello se normaliza, dejamos de explicarlo.

Y precisamente entonces empieza a convertirse en tradición.

Procesión de la Esperanza de Triana entre el público en el Altozano de Sevilla en 1915.
La Esperanza de Triana en el Altozano en 1915. Fotografías como esta permiten comprobar que aquello que la memoria percibe como permanente también tuvo formas, espacios y contextos distintos. Autor desconocido / Wikimedia Commons, dominio público.

Lo reciente también necesita memoria

Hay una obsesión patrimonial comprensible por documentar lo antiguo.

Archivos históricos.

Fotografías del siglo XIX.

Libros de reglas.

Enseres desaparecidos.

Testimonios de los mayores.

Todo ello resulta imprescindible.

Pero quizá deberíamos comenzar también a preguntar por la memoria de 2006, 2011 o 2018.

Parece demasiado reciente.

Ese es precisamente el peligro.

La fotografía digital transmite una falsa sensación de seguridad. Creemos que, como existen miles de imágenes, el futuro dispondrá de documentación abundante sobre nuestro presente.

No necesariamente.

Una imagen sin fecha, autor, contexto o identificación puede convertirse muy pronto en un documento mudo.

Multitud congregada en el puente de Triana durante el paso de las Tres Caídas en la Semana Santa de Sevilla de 2019.
Semana Santa de Sevilla, 2019. Lo que hoy documentamos de forma casi ilimitada será mañana archivo; la cantidad de imágenes no sustituye, sin embargo, a su correcta fecha, autoría e identificación. Fotografía: Anual / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Tierra Cofrade ha abordado recientemente esa cuestión al estudiar los archivos fotográficos familiares: conservar imágenes no equivale todavía a construir un archivo; es necesario identificar, contextualizar y distinguir lo conocido de aquello que continúa siendo una hipótesis.

Lo mismo debería hacerse con las transformaciones actuales.

¿Quién propuso determinado cambio?

¿Cuándo se aprobó?

¿Por qué?

¿Qué alternativas existían?

¿Cómo reaccionó la hermandad?

¿Se concibió como solución provisional o definitiva?

Dentro de treinta años esas preguntas serán historia.

Ahora todavía podemos responderlas.

Lo que hoy provoca discusión puede ser mañana identidad

Tierra Cofrade dispone de un ejemplo especialmente cercano.

En 2026, Juan Francisco Ruiz Romero explicó el cambio al costal del Santo Sepulcro de Padul como una decisión importante y no unánime, vinculada a las dificultades para reunir portadores y a la búsqueda de continuidad para la salida procesional. El propio artículo deja constancia del cambio mientras está ocurriendo, incluyendo sus motivaciones y las dudas que lo acompañan.

No sabemos qué ocurrirá dentro de veinte años.

Y sería poco riguroso asegurarlo.

Puede consolidarse.

Puede modificarse.

Puede abandonarse.

Puede dar lugar a otra forma diferente.

Pero imaginemos únicamente como ejercicio cultural que se mantuviera.

Un niño de cinco años que contemple ese paso en 2026 tendrá veinticinco en 2046.

Para él no habrá habido un «antes del costal» vivido personalmente.

Habrá fotografías.

Testimonios.

Artículos.

Memoria heredada.

Su experiencia le dirá que el Santo Sepulcro «siempre» salió así.

El archivo podrá explicarle que no.

Y ambas cosas, curiosamente, serán verdaderas en niveles diferentes.

No siempre salió así históricamente.

Pero siempre salió así en su vida.

Ahí se fabrica buena parte de la tradición.

Tampoco todo cambio merece sobrevivir

Aceptar el carácter dinámico de las tradiciones no significa sostener que cualquier modificación sea acertada.

Las comunidades también se equivocan.

Existen decisiones que duran poco porque no funcionan. Modificaciones estéticas que envejecen mal. Soluciones organizativas que crean problemas mayores que los que pretendían resolver. Experimentos que se abandonan. Recuperaciones supuestamente históricas cuya base documental se demuestra insuficiente.

El patrimonio vivo necesita capacidad para cambiar.

También necesita capacidad para rectificar.

La permanencia no es por sí sola una prueba de valor, del mismo modo que la novedad no constituye por sí misma una amenaza.

La Ley estatal de Patrimonio Cultural Inmaterial introduce un criterio especialmente útil al reclamar que se eviten alteraciones cuantitativas o cualitativas ajenas a las propias comunidades portadoras.

La pregunta regresa siempre al mismo lugar:

¿quién decide el cambio y qué relación mantiene ese cambio con la comunidad que da vida a la práctica?

La velocidad contemporánea

Hay, sin embargo, algo específico de nuestro tiempo.

Nunca habíamos podido observar las transformaciones con semejante cantidad de documentos.

Una modificación contemporánea deja actas, fotografías digitales, vídeos, retransmisiones, comentarios públicos, publicaciones en redes sociales y noticias que permiten reconstruir casi minuto a minuto su recepción.

Esto posee una ventaja histórica enorme.

Pero también produce otro efecto: acelera la percepción del cambio.

Una novedad puede ser vista miles de veces durante su primera tarde.

Puede circular antes de que la procesión haya terminado.

Puede generar opiniones de personas que ni siquiera se encuentran en la ciudad.

Puede ser comparada inmediatamente con decenas de ejemplos procedentes de otros lugares.

La tradición ya no cambia únicamente delante de quienes participan en ella.

Cambia también ante una audiencia conectada.

El artículo de Tierra Cofrade Antes de la HD recordaba precisamente que la memoria visual de los años ochenta y noventa estaba condicionada por la escasez de imágenes y por la demora material del revelado o del vídeo doméstico. La comparación con el presente permite comprender hasta qué punto la circulación inmediata de imágenes ha modificado la velocidad con la que vemos, discutimos y archivamos una transformación.

Una novedad de 1985 podía tardar años en ser conocida fuera de su contexto.

Una de 2026 puede convertirse en referencia nacional antes de medianoche.

Tradición no significa antigüedad

Quizá aquí se encuentre la distinción fundamental.

Antigüedad y tradición no son exactamente lo mismo.

Un objeto puede ser muy antiguo y haber perdido toda función dentro de una comunidad.

Una práctica relativamente reciente puede haber adquirido una enorme capacidad de transmisión, identificación y pertenencia.

Eso no convierte mágicamente veinte años en doscientos.

Pero tampoco permite despreciar esos veinte años como si carecieran de valor cultural.

Procesión de Semana Santa con público a ambos lados de la calle en Lebrija.
Nuestra Señora de Consolación durante la Semana Santa de Lebrija en 2015. Una escena reciente puede utilizar códigos visuales que el espectador identifica inmediatamente como tradicionales. Fotografía: Sema MzB / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La UNESCO considera el patrimonio inmaterial simultáneamente tradicional, contemporáneo y vivo. No solo comprende prácticas heredadas del pasado remoto; también aquellas que las comunidades actuales reconocen, transmiten y transforman.

Esta formulación resulta especialmente fértil para el mundo cofrade.

Permite abandonar dos extremos.

El primero sostiene que cualquier cambio destruye necesariamente la tradición.

El segundo afirma que, como todo cambia, nada merece conservarse.

Ambos simplifican demasiado.

Una cultura viva necesita memoria suficiente para saber de dónde viene y libertad suficiente para no convertirse en representación arqueológica de sí misma.

La pregunta que deberíamos hacer dentro de veinte años

Quizá este artículo debería leerse otra vez en 2046.

Entonces podremos comprobar cuáles de nuestras novedades sobrevivieron.

Tal vez parezcan ingenuas algunas discusiones actuales.

Quizá otras resulten proféticas.

Habrá formas de comunicación que hoy consideramos modernas y entonces parecerán antiguas. Algunas decisiones estéticas habrán desaparecido. Otras se defenderán como parte inseparable de determinadas identidades cofrades.

Y alguien de veinte años contemplará una fotografía de 2026 con la misma extrañeza con la que hoy observamos imágenes de finales del siglo XX.

Preguntará:

«¿De verdad antes no se hacía así?».

Será una buena pregunta.

Porque detrás de ella estará funcionando exactamente el mecanismo que ha permitido sobrevivir a las tradiciones durante siglos: recibir, repetir, modificar, olvidar parcialmente el origen y volver a transmitir.

Conviene, eso sí, dejarle documentos.

Para que pueda distinguir la memoria de la cronología.

Para que sepa que algo puede ser querido sin necesitar una antigüedad inventada.

Y para que comprenda que aquello que él llamará tradición fue, en algún momento muy concreto, una decisión tomada por personas que todavía no sabían si estaban acertando.

“Las tradiciones no llegan terminadas desde el pasado. Cada generación recibe
una parte, cambia otra y entrega al futuro algo que ya no es exactamente igual,
pero todavía necesita reconocerse como propio.”

También en Tierra Cofrade

Otras miradas sobre cambio, memoria y transmisión dentro de la cultura cofrade:

Fuentes y referencias

  • UNESCO. Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, 2003. Especialmente su definición del patrimonio como una realidad transmitida y recreada constantemente por las comunidades.
  • UNESCO. “Safeguarding without freezing”. Explica que salvaguardar el patrimonio vivo no equivale a fijarlo en una supuesta forma originaria e inmutable.
  • UNESCO. “What is Intangible Cultural Heritage?”. Sobre el carácter simultáneamente tradicional, contemporáneo, vivo y comunitario del patrimonio inmaterial.
  • Ley 10/2015, de 26 de mayo, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. BOE. Particularmente relevante por el reconocimiento del dinamismo inherente al patrimonio vivo y del protagonismo de sus comunidades portadoras.
  • Ley 4/2026, de 24 de marzo, del Patrimonio Cultural de Andalucía. Artículo 110, sobre patrimonio cultural inmaterial y recreación constante.
  • Decreto del Arzobispo de Sevilla sobre plena igualdad de derechos en hermandades y cofradías, 2 de febrero de 2011. Contextualizado en informaciones contemporáneas de RTVE y prensa.
  • Ayuntamiento de Sevilla. Semana Santa 2018. Documentación oficial sobre el estreno de la geolocalización mediante GPS y su utilización durante la celebración.
  • Ayuntamiento de Sevilla. Semana Santa 2026. Integración de geolocalización y sistemas de información de ocupación dentro de la aplicación municipal.
  • Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla. Colección de programas de mano de Semana Santa. Útil para observar la convivencia entre los tradicionales programas impresos y las aplicaciones digitales.

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De este autor...

Quince o veinte años pueden ser apenas un instante para una hermandad y toda una vida para quien ha crecido dentro de ella. Aurora de la Torre analiza cómo las novedades se convierten en costumbre, cómo la memoria acelera su antigüedad y por qué tradición y cambio no son necesariamente términos opuestos.

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