Por Francisco Molina | Tierra Cofrade
Hay trabajos que apenas se ven, aunque estén delante de todos. La palma blanca es uno de ellos. Cada Domingo de Ramos la gente la sostiene, la lleva, la coloca en un balcón o la guarda como un signo que vuelve cada año. Pero detrás de ese gesto hay tiempo, aprendizaje, paciencia y unas manos que han ido afinando un oficio casi en silencio.
Lázaro Martín Romera lleva décadas entregado a ese arte minucioso que mezcla tradición, creatividad y memoria. En esta conversación repasa sus comienzos, la evolución de su trabajo, el sentido de las llamadas palmitas y la importancia de seguir enseñando una labor que, si no se cuida, corre el riesgo de ir perdiéndose.
Francisco Molina.
Muchas tradiciones no empiezan con una decisión, sino con un recuerdo. En tu caso, todo parece arrancar en la infancia, entre la parroquia, los amigos, la ilusión del Domingo de Ramos y esa fascinación por unas palmas que, de pronto, aparecían rizadas en los balcones. ¿Cómo nace tu relación con la palma blanca? ¿Recuerdas el primer momento en el que empezaste a trabajarla?
Lázaro Martín.
Mi relación con el mundo de la palma blanca nace en mi infancia, cuando era un niño, con unos 10/12 años, estaba como acólito en la parroquia de Padul, junto a algunos amigos de mi edad; Pepe Javier, Manuel Carlos, Ana Mari… Al estar en el mundo de la Iglesia, vivíamos muy de lleno los días de la Semana Santa, las tradiciones que aquí en el pueblo se hacían. Los Domingos de Ramos, especialmente, eran días felices. Había mucha algarabía de niños, recuerdo cuando daba inicio la procesión, en la ermita, ese momento previo a la procesión en el que se repartían las palmas a la gente del pueblo, aquello me llamaba mucho la atención. El conseguir una de esas palmas (Porque no eran muchas las que se repartían, eran aproximadamente 50 o 100 unidades) tener una en las manos era algo especial, un motivo de alegría. ver las palmas al aire, rubias, esa gran cantidad de gente, el alboroto, los canticos… Todo aquello impresionaba. Los chiquillos se desvivían por coger hojas de las palmas para poder hacer »lagartos», »piñitas», lo que nos enseñaba la gente mayor.
Una de las cosas que más me llamaba la atención era ver días después, esas preciosas palmas rizadas, colocadas en los balcones, adornando y engalanando… ¿Cómo se hacía aquello tan bonito? ¿Cómo era que las palmas adoptaban esas formas? Me picaba la curiosidad…
Allá por el año 1980, junto a los amigos que antes te mencionaba, sabíamos de una mujer aquí en el pueblo que rizaba esas preciosas palmas. Se llamaba Antonia del Floro. Y ella fue la persona que nos invitó a su casa y nos enseñó el trenzado de las palmas. Nos motivó mucho a los cuatro niños… Nos llevamos nuestra palma y ella nos iba indicando cómo se hacían las trenzas, nos dio nociones básicas, pero de una forma muy, muy escueta, rústica, sin más, sin más historia ni explicaciones. No salió perfecta, las palmas tampoco no se prestaban a ello, pues no eran las mejores, pero ya nos picó el gusanillo y nos gustó cómo quedaron, incluso las colgamos ese año en nuestro balcón con orgullo. La idea era repetir aquello en los próximos años y mejorarlo cada vez más. No podíamos perder aquella tradición tan bonita. En aquellos tiempos era algo bastante común, tener aquellas palmas rizadas en los balcones durante todo el año. En la actualidad no se ven tanto, por desgracia es un arte que se está perdiendo, al menos aquí en Andalucía. Y personalmente, me encantaría poder mantener este trocito de arte »semanasantero».
FM.
Antes incluso de centrarte en la palma blanca, ya había en ti una inclinación muy clara hacia el trabajo manual, hacia crear con distintos materiales y sacar algo bello de lo cotidiano. ¿En qué te han ayudado esas manos ya hechas a otros oficios a la hora de trabajar este arte?
LM.
Pues sí, se podría decir que tengo esa virtud, siempre me ha encantado hacer manualidades, crear, hacer cosas con las manos con todo tipo de materiales; Madera, cartón, papel… Siempre me ha gustado crear. Es algo que me gusta desde pequeño, es algo que va con mi personalidad y el tener ese anhelo de crear cosas con mis propias manos, me hace sentir realizado. Esas partes me han ayudado mucho en el mundo de la palma, para poder realizar estas creaciones que se hacen a partir de una planta. Las ganas de conocer, ser creativo, original… Siempre han estado ahí.
FM.
Quien ve una palma terminada quizá piensa que todo depende de la habilidad, pero detrás hay años de prueba, de paciencia y también de errores. En un trabajo así, el aprendizaje no parece inmediato ni sencillo. ¿Cuánto hay de equivocarse hasta que algo sale bien?

LM.
Aprender el rizado/trenzado de palma no es una cosa que surja al momento o que en un año se aprenda… Yo empecé en los 80 con mis primeros amagos de rizado y a día de hoy, son ya más de cuarenta años en este mundillo, no me he quedado estancado en lo sencillo, sino que sigo aprendiendo poco a poco. A pesar de que no hay mucha información pública sobre este arte, es más bien algo que se ha ido heredando de padres a hijos, lo poco que he llegado a encontrar; documentación, videos, negocios, datos curiosos… Temas como la conservación de la palma, herramientas para trabajarla o incluso como es el trenzado en diferentes países… Es importante ir estudiando e investigando todo esto para progresar, innovar y afianzar las ideas que ya tenía acerca de lo que es este arte de la palma.
Equivocarse a la hora de trenzar las palmas es muy fácil, pero esos mismos errores son los que le enseñan a uno. Ahí es donde realmente se aprende, repitiendo una y otra vez hasta la saciedad, porque el mundo del trenzado requiere de mucha paciencia y mucha imaginación. Con estas dos cosas, todo se puede lograr. Y una vez lo consigues te alegras. A veces incluso te sorprendes, viendo las creaciones tan bonitas que puedes llegar a realizar con tus propias manos… Igual que en la mayoría de ámbitos todo aprendizaje tiene un camino de fallos y errores, pero cuando alcanzas la meta te alegras por ello y eso te crea una satisfacción, esa misma que te hace querer seguir adelante, aprendiendo, descubriendo y mejorando.
FM.
A medida que uno te escucha, entiende que no hablas de una sola pieza ni de una sola manera de trabajarla. Dentro de este mundo hay tamaños, formas y usos distintos, y ahí aparece esa diferencia entre palmas y palmitas que no todo el mundo conoce. ¿Qué tipos haces y para qué sirve cada una?

LM.
La diferencia principal entre “palma” y “palmita” está en el tamaño y el uso. Partiendo de una palma natural, que suele medir entre tres y tres metros y medio, se pueden obtener diferentes formatos. A partir de una hoja de una palma es posible elaborar piezas más pequeñas, que es lo que yo denomino “palmitas”.
Las palmitas pueden variar desde piezas muy pequeñas, de unos cinco centímetros, hasta otras algo mayores. En mi caso, trabajo especialmente las llamadas »palmitas de solapa», que suelen medir entre diez y doce centímetros y se utilizan como complemento en chaquetas o vestidos. Estas pueden tener formas muy variadas: motivos florales, cruces u otros diseños, ya que la creatividad en este tipo de piezas es prácticamente ilimitada.
Por otro lado, las palmas grandes, de hasta tres metros, son más laboriosas y también más complejas. Son las típicas que la gente coloca en sus balcones. Uno de los mayores problemas que me he encontrado trabajando con ellas, a parte de la gran inversión de tiempo que requieren, es a la hora de transportarlas o enviarlas a otras ciudades, a parte de la colocación y la conservación… Por eso, aunque también las trabajo, me he especializado en las »Palmitas» pues al ser piezas más pequeñas, se puede desarrollar mucho mejor la parte creativa y pueden lucirlas muchas más personas.
En definitiva, la palma blanca del Domingo de Ramos tiene múltiples formas y usos, pero todos comparten una misma finalidad: celebrar, acompañar y expresar devoción, manteniendo viva una tradición con un profundo significado histórico y cultural.
FM.
Desde fuera, mucha gente relaciona la palma blanca solo con el día en que se ve en la calle. Sin embargo, detrás hay meses de preparación, encargos, catálogo, organización y mucho trabajo previo. ¿Cuándo empieza realmente tu trabajo cada año?
LM.
El trabajo de la palma blanca empieza en diciembre. Es cuando las empresas más importantes hacen reparto del material, principalmente en Elche (Alicante), Allí es donde está el palmeral más importante de España, en la costa levantina. También hay palmerales en Barcelona, pero sin duda el palmeral de Elche es uno de los más conocidos, habiendo sido proclamado Patrimonio material de la Humanidad.
Ellos empiezan a ponerse en contacto con todos los artesanos para ofrecerles sus productos en el mes de diciembre. A partir de ahí se hacen los encargos de Palma. En mi caso, es en enero, más concretamente, para el día de San Sebastián, patrón de Padul. Ahí es cuando recibo la cantidad de palmas que he solicitado anteriormente y empiezo a idear/elaborar el trabajo para los siguientes meses.
En mi trabajo la organización es muy importante desde el minuto uno. Todo comienza preparando un catálogo, con la ayuda de mi hijo, diseñamos una serie de páginas en las que muestro a la gente todos los artículos que fabrico en palma y después vendo. Ahí muestro la variedad de mis productos, todas las novedades del año y los precios…
A partir del inicio de la Cuaresma, lo lanzamos en internet a través de redes sociales para que todo el mundo pueda verlo y hacer sus encargos. Y cuando llega el miércoles de ceniza ya se empiezan a hacer envíos de las Palmas a diferentes hermandades, cofradías y particulares de toda España e Islas Canarias y Baleares. También se ha llegado a dar el caso de recibir encargos de fuera de España, pero no suelo aceptar ese tipo de pedidos debido a problemas con los cambios de divisa, aduanas y encarecimiento de gastos de envío. Al final, soy un particular, un artesano pequeño y a esa escala de momento no es posible llegar.
Los días más intensos de trabajo, son las semanas anteriores al domingo de Ramos. Los pedidos aquí son una locura… Suerte que cuento con la ayuda de María José, mi mujer, que poco a poco ha ido aprendiendo el arte del trenzado. Desde luego, a veces hay que tener predisposición para hacer este tipo de palmas, tener un juego de manos, de ideas y de paciencia infinita para poder hacer esto. Y poco a poco van surgiendo estas pequeñas obras de arte.
Son prácticamente tres intensos meses lo que dura toda esta aventura.
FM.
En un oficio así, la materia prima lo es casi todo. No basta con saber trabajar la palma: hay que conocerla, distinguirla y elegirla bien desde el origen. ¿De dónde viene y qué tienes en cuenta al seleccionarla?
LM.
Como comentaba antes, las palmas vienen de Elche en Alicante, la cuna de la palma blanca. ¿Cómo se consigue que una palmera que es verde, tenga este color blanco/rubio? Pues se consigue simplemente cogiendo las palmas macho, esas que no producen dátiles. Se sube a lo alto de la palmera, que es bastante alta, allí cogen las ramas centrales, las juntan, las atan y las forran con otras hojas secas alrededor, haciendo una especie de cono de caperuza y las envuelven en plástico. Así están envueltas durante un año entero, completamente tapadas, evitando que realicen la función clorofílica. No se ponen verdes, al estar a oscuras, se mantendrán blancas porque no han recibido la luz del sol. La planta sigue viviendo, pues les dejan unas ramas por fuera. Cuando ha llegado el momento, hay que cosecharlas. Suben de nuevo a la palmera, quitan la caperuza y cortan las palmas. De ahí se llevan al almacén y en el almacén seleccionan las ramas según dimensiones, pues las hay de varias medidas y de varias calidades según las hojas que tienen, si son más largas, anchas, cortas… Todo se tiene en cuenta. La mejor palma, es aquella que contiene mucha hoja, es larga y ancha, por lo que es fácil de trabajar a la hora de rizarla, esas suelen ser las más caras, las mejores, conocidas como »Palma Augusta de Primera». Y luego están otras con las hojas más cortas, menor grosor, mas disparejas, e incluso con las puntas verdes o quemadas… son las llamadas »Facho».
Para mis trabajos, suelo emplear siempre las de primera calidad, Estas suelen ser más caras, pero te dan mucha facilidad a la hora de trabajarlas, aparte de obtener muy buenos resultados.
Por ejemplo, las palmas que suelen entregar los ayuntamientos para las procesiones, suelen ser palmas de segunda, que, aunque son mas económicas, están bien y se pueden trabajar correctamente, pueden tener pequeños fallos e imperfecciones, aunque bastante buenas para la función que han de desempeñar.
FM.
Con los años, una afición o una inquietud inicial puede quedarse en algo pequeño o crecer hasta convertirse en una auténtica campaña de trabajo. En tu caso, esa evolución ha sido evidente. ¿Cuántas puedes llegar a hacer en una campaña?
LM.
Bueno, el volumen de trabajo es exponencial. Yo empecé con poca cosa, muy poquita, como digo no había mucha información, no había mucho movimiento en el tema de las palmas más allá del propio domingo de ramos unas horas antes de la procesión. Y llevo unos años en los que pueden pasar por mis manos 50 palmas, lo que se podría traducir en aproximadamente 500 palmitas de solapa y cada año se van incrementando las cantidades, además con las novedades, como las palmitas para los niños de 40 cm, o las palmas Pepa (El nombre de estas, en honor a mi madre)
A pesar de esto cada año intento lanzar nuevos modelos de solapas, y busco ofrecer a la gente mucho más… Es una locura. A veces incluso, cuando tenemos los catálogos ya cerrados, salen cinco o seis modelos de palmitas nuevas que se quedan fuera esperando al siguiente año… La creatividad nunca para ese trabajo.
Lo malo que tiene esto, es que el domingo de Ramos es solo un día, si durara todo el año, me dedicaría de lleno a este mundillo, porque me encanta, es mi pasión, pero por desgracia es solo un día…
FM.
Lo que en un principio parecía destinado a quedarse en el ámbito del pueblo ha terminado viajando mucho más lejos. La difusión y los encargos han ampliado el alcance de tu trabajo de una forma que quizá ni tú mismo imaginabas al empezar. ¿Hasta dónde han llegado tus palmas?
LM.
Siempre pensé en mi pueblo cuando comencé todo esto, en que lo que yo rizara se quedaría aquí, nunca imaginé que acabaría llegando tan lejos, ni siquiera se me pasó por la cabeza. Cuando alguien me pedía rizarle una palma lo hacía encantado, eran conocidos, el boca a boca entre los vecinos. Desde la llegada de internet y las redes sociales, compartiendo algunos de mis trabajos sin esperar gran cosa, comencé a ver que había un gran negocio detrás, pues a la gente le encantaban mis trabajos y querían comprarlos… Me di a conocer y ahora tengo clientes por toda España, incluso fuera del país, he llegado a recibir pedidos de Italia, México, Portugal, Venezuela… Aunque como comenté antes, por desgracia no he podido aceptar muchos de esos encargos debido a los altos costes de envió… Por suerte cuento con clientes fieles en toda la península e Islas, de esos que vuelven cada año y realizan sus pedidos de palmitas.
Algo curioso e insólito, es recibir encargos desde la misma cuna del palmeral, es algo que para mí es un orgullo, al igual que lo es poner el nombre de Padul en todos esos puntos de España.
Una anécdota que me impactó mucho fue un domingo de Ramos que estaba lloviendo lo más grande, caía tanta agua que se suspendió la procesión y no tuvieron otra cosa bien que hacer que llevarme todas las palmas que se iban a repartir, a mi casa para que yo les diera uso… Me hizo ilusión que se acordaran de mi para aquello, pero yo las ofrecí gratuitamente a todos los que no tuvieran palma y quisieran tener una. Otra anécdota curiosa, fue aquel encargo que recibí desde México, en el que me pidieron que dijera que era algo artificial porque allí estaba prohibido cortar ramas de palma, están protegidas por la ley, pero querían tener los tipos de modelos de palma que yo realizo, incluso querían que les mandara un libro de cómo se hacen… En fin, son anécdotas que quedan en el recuerdo, curiosas y ese interés que surge en la gente al ver estos motivos florales y todas las variantes que se pueden hacer con hojas de palma.
FM.
Mantener viva una tradición no consiste solo en seguir practicándola, sino también en transmitirla. En un momento en que tantas cosas corren el riesgo de perderse, enseñar tiene un valor especial. Además de hacerlas, también estás compartiendo lo que sabes. ¿Cómo está siendo esa experiencia?
LM.
Es algo muy gratificante poder enseñar a otros en este mundillo del rizado. Siempre he disfrutado un montón viendo como otros aprenden a trabajar la palma.
Puede parecer más rápido que le hagas tú el trenzado directamente antes que enseñar a hacerlo, pero eso sería el camino fácil y no me gusta nada. Yo quiero que la gente aprenda, aunque sea lo básico, que lo practiquen y lo pillen, para que lo puedan poner en práctica y que este arte nunca se pierda.
Este 2026 se ha organizado un curso por parte del Ayuntamiento de Padul en el que se enseñaba gratuitamente a rizar las palmas de Domingo de Ramos y en el he conocido a un grupo de gente muy apañada, de todas las edades desde gente mayor hasta jóvenes… Y eso es muy bonito y reconfortante, porque ves que el interés de las personas en este ámbito sigue creciendo.
Curiosamente, en este curso nos hemos vuelto a juntar aquellos amigos que empezamos todo esto juntos de la mano de aquella señora, Antonia del Floro, a la que tengo que agradecer que metiera en mi este espíritu creativo y ahora yo poder enseñar a otros, lo mismo que ella hizo conmigo en su momento.
Este último cursillo duraba solo 4 días. En él hemos empezado por la base, las formas más básicas de hacer trenzado en una palma. Esto tiene muchas etapas, aunque algunos asistentes ya tenían conocimientos previos, otros venían a aprender desde cero. Entonces había que empezar por abajo. Me gustaría dar cursos más avanzados, enseñar todo lo que sé, pero es complicado… En tan pocos días es prácticamente imposible aprender todo lo que yo he ido cultivando a lo largo de estos años.
Aun así, no me considero maestro ni experto, sigo siendo un aprendiz. Por ejemplo, aquellos míticos »lagartos» que hacía la gente mayor antiguamente, me encantaría aprender a hacerlos, pues yo siempre me he centrado más en los motivos florales y a ese tipo de trenzados nunca les presté la suficiente atención, así que, si alguien se ofrece, estoy abierto a recibir esa información.
En la gente que empieza a rizar palmas, al principio veo curiosidad, incertidumbre, incluso un poco de vértigo, pensando que no van a poder hacerlo, pero es muy normal. Como digo, es cuestión de paciencia y creatividad. En el momento que consigues crear algo bonito, le encuentras el puntito a la palma, te produce una sensación de alegría y orgullo, ganas de mostrar a todos tu creación. A quien prueba y le gusta esto, repite.
FM.
Quien compra una palma o una palmita quizá ve solo el resultado final: una pieza delicada, bonita, ligada a un día concreto. Pero detrás hay horas, intención, oficio y una forma muy personal de entender lo que haces. Para quien la recibe, puede parecer algo sencillo. ¿Qué le dirías para que entienda lo que hay detrás?
LM.
Para aquellos que tienen por primera vez una palma en sus manos o ya la han tenido, yo les diría que detrás de ese trenzado, que puede parecer simple o efímero, Hay mucho esfuerzo, tiempo y trabajo. Hay detalle, pensando en que quede bonita, que luzca bien. Hay mucho sentimiento, siempre busco introducir que mis palmitas sean reflejo del verdadero cariño, el mismo que le tenemos a nuestra Semana Santa, esa que intento inculcar en cada una de las creaciones que hago.
Cada palmita es única, aunque haya cientos. Hechas a mano con esmero, pensadas para la persona que la porte y por eso debe llevar todo el cariño y sentimiento que yo pongo en cada una con mis manos. Aunque se vea algo sencillo, algo pasajero, hay mucho amor detrás, mucha entrega y dedicación, Ya sea en las pequeñas de cinco centímetros como en las de tres metros.
Para mí las palmas, palmitas, grandes, chicas… Son una oración, una de esas que lleva uno en el pecho, en la mano, puesta en el balcón de casa, pidiendo a Jesús, dándole ese hosanna y reconociendo a Cristo como jefe y centro de nuestra vida. Así que las considero amor, oración y una belleza. Una que Dios me ha permitido con el don de poder realizarlas y que todo el mundo que las quiera tener, pues puede conseguirlas.
Desde Tierra Cofrade y también en mi propio nombre, quiero agradecer a Lázaro Martín Romera su tiempo, su generosidad y la cercanía con la que ha compartido su experiencia. Detrás de su testimonio no hay solo una historia personal, sino también una forma de cuidar una tradición que sigue viva gracias a quienes la trabajan con paciencia, constancia y verdad.






