Tierra Cofrade

El fuera de campo: lo más cofrade no siempre está en el paso

Público y participantes alrededor de una procesión de Semana Santa.

Leo Navarro | Tierra Cofrade

LENGUAJE AUDIOVISUAL

SECUENCIA 02

Una procesión desborda siempre el encuadre. Mientras la cámara persigue al paso, alrededor suceden relevos, esperas, conversaciones, cansancio, música y pequeños gestos que rara vez ocupan el centro de la imagen. Aprender a mirar ese territorio puede cambiar nuestra forma de contar la Semana Santa.

Hay un momento bastante revelador al fotografiar una procesión. El paso llega, ocupa la calle y concentra casi todas las cámaras. Los teléfonos se levantan, los fotógrafos buscan un hueco y durante unos minutos el encuadre parece tener un único destino posible. Después la imagen titular dobla una esquina, se aleja o entra en un templo y ocurre algo curioso: buena parte de quienes estaban grabando bajan el dispositivo casi al mismo tiempo.

Sin embargo, la procesión no ha terminado. A pocos metros puede estar saliendo una cuadrilla después de un relevo; los músicos aprovechan una parada para beber agua; un diputado reorganiza un tramo; una madre arregla la túnica de un niño; alguien recoge una silla mientras otra persona continúa mirando hacia la esquina por la que acaba de desaparecer el paso. Todo aquello pertenecía a la misma escena, aunque durante unos minutos nuestra atención hubiese decidido que lo verdaderamente importante estaba en otro sitio.

La cámara tiene esa capacidad y también esa condena: cada vez que muestra algo, deja muchísimo más fuera.

En lenguaje cinematográfico llamamos fuera de campo al espacio que no aparece dentro del encuadre, pero continúa perteneciendo al mundo de la escena. No se trata simplemente de aquello que no hemos fotografiado. Lo importante es que ese territorio invisible puede seguir actuando sobre lo que vemos mediante sonidos, miradas, movimientos o información que el espectador reconstruye. La propia existencia del marco establece una frontera entre lo visible y lo que permanece más allá de él.

Aplicado a una procesión, el concepto resulta especialmente fértil porque pocas manifestaciones públicas desbordan tanto una cámara. Una cofradía no cabe en una fotografía y difícilmente cabe siquiera en una secuencia de vídeo. Podemos registrar el paso, pero detrás continúa la banda; podemos encuadrar la banda y perderemos al público; podemos buscar una perspectiva general y entonces desaparecerán los pequeños gestos. El problema no está en seleccionar, porque sin selección no existe imagen. Empieza cuando confundimos nuestra selección con la totalidad de lo que estaba ocurriendo.

La tentación de perseguir siempre lo mismo

La fotografía cofrade ha construido un repertorio visual extraordinariamente reconocible. Sabemos dónde colocarnos para esperar una revirá, qué esquina proporcionará profundidad al paso, cuándo puede producirse un contraluz o dónde encontraremos un fondo limpio. Ese conocimiento forma parte del oficio y ha producido imágenes magníficas. No tendría sentido despreciarlo.

El inconveniente aparece cuando la búsqueda de la fotografía esperada nos impide reconocer cualquier otra. Entonces podemos recorrer durante horas una procesión y volver con centenares de archivos que, pese a sus diferencias técnicas, cuentan prácticamente la misma historia: el paso llegando, el paso pasando y el paso marchándose.

Basta probar alguna vez lo contrario. Después de fotografiar el paso, no correr hacia la siguiente esquina. Permanecer donde estamos unos minutos y observar qué ha dejado detrás.

Probablemente aparecerá una Semana Santa menos espectacular, pero no necesariamente menos interesante. La cuadrilla que acaba de salir ya no está haciendo una chicotá y, precisamente por ello, ofrece otra clase de relato. Hay cansancio, conversaciones y una transformación corporal evidente después del esfuerzo. Los músicos dejan durante unos minutos de ser una formación perfectamente alineada. Los nazarenos esperan. Los acólitos reciben indicaciones. El público recupera espacio y la calle empieza a reorganizarse hasta que la siguiente parte del cortejo vuelve a modificarla.

No son escenas secundarias porque carezcan de valor; son secundarias porque hemos acostumbrado a la cámara a considerarlas así.

Hay además una cuestión de memoria. Dentro de treinta o cuarenta años probablemente seguiremos reconociendo la imagen titular de una hermandad en las fotografías que hacemos hoy. Quizá resulte mucho más revelador observar entonces a quienes estaban alrededor: cómo vestían, qué teléfonos sostenían, qué comercios había abiertos, cómo eran los balcones, qué edad tenían quienes ahora serán mayores o cómo ocupábamos la calle en la tercera década del siglo XXI. La fotografía documental posee esa cualidad desconcertante: a veces lo que parecía accesorio en el momento del disparo termina convirtiéndose en la información más valiosa de la imagen.

Tierra Cofrade ya ha abordado esta cuestión desde otra perspectiva al reflexionar sobre la ética de la fotografía cofrade y sobre la necesidad de que la cámara no convierta cada instante en una conquista. Esa idea sirve también aquí: mirar los márgenes no significa abalanzarse sobre ellos.

Músicos participantes en una procesión de Semana Santa en Ferrol.
Los tiempos de espera, los relevos y los pequeños gestos permiten contar una Semana Santa que normalmente queda fuera del centro de la imagen. Wikimedia Commons.

Antes de que aparezca la cofradía

El fuera de campo no pertenece únicamente a la imagen. El sonido puede hacer presente aquello que todavía no vemos y ampliar considerablemente el espacio que imaginamos alrededor del encuadre. Los estudios sobre sonido cinematográfico han analizado precisamente esa capacidad: una fuente sonora situada fuera de pantalla puede hacer que el espectador construya mentalmente un espacio que la cámara no está mostrando.

En Semana Santa lo experimentamos constantemente, aunque rara vez lo llamemos de ese modo.

Estamos esperando en una calle y todavía no vemos la cofradía. Al fondo comienza a escucharse una marcha. Algunas conversaciones bajan de intensidad, varias personas miran en la misma dirección y alguien se levanta de la silla. Después aparece quizá la cruz de guía, o tal vez todavía falten unos minutos. Visualmente no ha llegado nada y, sin embargo, para quienes están allí la procesión ya ha empezado a ocupar el espacio.

Una cámara puede aprovecharlo sin necesidad de precipitarse hacia aquello que produce el sonido. Imaginemos un plano fijo sobre el público mientras una banda se aproxima sin entrar nunca en imagen. Los rostros, los movimientos y el crecimiento progresivo de la música bastarían para explicar lo que sucede. El espectador comprendería que algo está llegando porque el encuadre contiene las consecuencias de una presencia situada fuera de él.

Ese recurso exige cierta confianza. Estamos acostumbrándonos a un audiovisual que teme que el espectador se marche si no recibe inmediatamente aquello que espera. Por eso se adelanta el momento culminante, se repite, se ralentiza, se acompaña con texto y, en ocasiones, se vuelve a enseñar desde otro ángulo. Frente a esa tendencia, mantener durante unos segundos una cámara sobre quienes esperan puede parecer poca cosa. Narrativamente, sin embargo, estamos haciendo algo importante: permitimos que el espectador participe en la construcción de la escena en lugar de entregársela completamente resuelta.

Eso también cambia nuestra relación con el sonido cofrade. Una marcha deja de funcionar como acompañamiento de una imagen y pasa a ser capaz de crear por sí misma un espacio. Lo mismo ocurre con una campana, una saeta que llega desde un balcón que no vemos, el golpe del llamador o incluso el murmullo que se apaga antes de una maniobra. La procesión puede entrar en el plano mucho antes de que aparezca físicamente dentro de él.

Mirar alrededor no significa invadir

Existe, no obstante, una diferencia importante entre apartar la cámara del paso y considerar que todo lo que encontremos alrededor está disponible para nosotros.

Los márgenes de una procesión contienen algunos de sus momentos más humanos y precisamente por eso requieren más cuidado. Allí puede haber alguien rezando, una persona emocionada, un costalero exhausto, un menor, una conversación familiar o alguien atravesando una situación que no esperaba convertir en imagen pública. El interés documental de una escena no elimina automáticamente la necesidad de preguntarnos qué hacemos con ella.

No hace falta resolver este asunto mediante un código imposible de aplicar. Puede bastar con recuperar una pregunta sencilla antes de disparar o, sobre todo, antes de publicar: ¿qué aporta esta persona a la historia que estoy intentando contar?

Si la respuesta consiste únicamente en que su emoción hará la fotografía más impactante, quizá convenga pensarlo un poco más. Si el gesto ayuda a explicar el acontecimiento, el trabajo, la espera, la devoción o la dimensión colectiva de aquello que estamos documentando, el contexto cambia. No todo momento íntimo es una intromisión, del mismo modo que encontrarnos en una calle pública no convierte cualquier situación en material narrativo obligatorio.

Esta cuestión resulta especialmente importante cuando hablamos de vídeo. Una fotografía congela una fracción de segundo, mientras que una grabación puede incorporar conversaciones, movimientos y reacciones que la persona retratada ni siquiera sabe que estamos recogiendo. El fuera de campo nos invita a ampliar la mirada, pero ampliar la mirada no debería significar ampliar indiscriminadamente nuestra apropiación de lo que sucede.

Hay una paradoja interesante aquí. Cuanto menos espectacular es la escena, más cerca podemos estar de la vida real de quienes participan en ella. Por eso la discreción deja de ser únicamente una virtud estética y se convierte también en una forma de trabajar.

Una procesión más grande que el encuadre

Quizá la utilidad del fuera de campo para el audiovisual cofrade no consista en enseñarnos una técnica nueva, sino en recordarnos algo que la propia cámara puede hacernos olvidar: la Semana Santa siempre es mayor que aquello que hemos decidido encuadrar.

Una procesión está en el paso, naturalmente, pero también en la cuadrilla que espera su relevo, en el músico que cuenta compases mientras avanza, en quien contempla desde una ventana, en la persona que llega tarde y pregunta por dónde va la hermandad, en quienes preparan una insignia antes de incorporarse al cortejo y en la calle que cambia de comportamiento durante unas horas porque una cofradía va a atravesarla.

Incluso una exaltación al costalero publicada en Tierra Cofrade expresaba recientemente esa pluralidad al describir la Semana Santa desde quienes cargan, quienes observan desde la acera, quienes hacen música, quienes trabajan el patrimonio o quienes la siguen desde lejos. No es una teoría audiovisual, naturalmente, pero sí evidencia algo útil para nuestra mirada: una celebración colectiva admite muchos puntos de observación.

El reto de quien fotografía o graba consiste entonces en decidir cuál necesita cada historia. Habrá ocasiones en las que el paso deba llenar el encuadre y otras en las que bastará con verlo reflejado en un cristal. Algunas veces necesitaremos seguirlo y otras será mejor dejar que se marche. Incluso habrá escenas en las que no aparezca y, pese a ello, nadie tendrá dudas sobre qué está sucediendo.

Plano final

La última fotografía podría hacerse cuando ya casi todo el mundo se ha ido.

La procesión ha doblado la esquina y la música empieza a escucharse más lejos. Quedan algunas personas levantándose, papeles en el suelo, sillas que vuelven a plegarse y una calle que recupera gradualmente su aspecto habitual. Quizá al fondo todavía se vea a alguien mirando hacia el lugar por el que desapareció el cortejo.

Durante unos minutos todas las cámaras apuntaron hacia el mismo sitio. Ahora apenas queda ninguna levantada.

Puede que sea entonces cuando aparezca la fotografía que explique todo lo demás.

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La cámara analógica en procesión: cuando disparar cuesta

FUENTES

La noción de fuera de campo utilizada en el artículo se apoya en bibliografía académica sobre campo, marco y espacio no visible. Un trabajo reciente de la Universidad Rey Juan Carlos sintetiza la relación entre el espacio representado y aquel que permanece fuera de los límites de la imagen, mientras que el repositorio académico de la Universidad Carlos III recoge un estudio específico sobre las posibilidades narrativas del espacio fuera de campo.

Para la relación entre sonido y espacio no visible resulta especialmente útil el trabajo académico de Hye Jean Chung sobre el concepto de acousmêtre de Michel Chion y la capacidad del sonido para invocar espacios situados más allá de la imagen.

Como lectura complementaria sobre fotografía cofrade, intimidad y posición de quien maneja la cámara se ha utilizado el artículo de Inés Salvatierra publicado previamente en Tierra Cofrade.

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De este autor...

Una procesión siempre desborda el encuadre. Leo Navarro propone mirar más allá del paso para descubrir costaleros, músicos, público, sonidos, esperas y pequeños gestos que también construyen la memoria audiovisual de la Semana Santa.

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