Por Leo Navarro | Tierra Cofrade
LENGUAJE AUDIOVISUAL
SECUENCIA 01
El teléfono no solo ha cambiado el formato en el que grabamos una procesión. También está modificando qué esperamos que ocurra delante de la cámara, cuánto tiempo estamos dispuestos a mirar y qué momentos terminan formando parte de nuestra memoria visual de la Semana Santa.
El paso todavía no ha llegado.
Primero aparece la música. Después se mueve la gente. Alguien pide sitio, otro levanta a un niño, varias cabezas se vuelven hacia la misma esquina. Entonces ocurre algo que hace apenas quince años habría resultado extraño: empiezan a levantarse los teléfonos.
Casi todos de la misma manera.
En vertical.
La cruz de guía puede estar entrando en una plaza concebida horizontalmente. Puede haber una fachada a cada lado, una torre arriba, público alrededor y una banda ocupando media calle. Pero una parte considerable de quienes están allí ha decidido contemplar lo que sucede a través de un rectángulo mucho más alto que ancho.
No es solamente una manera de grabar.
Es una manera de mirar.
Y quizá todavía no hemos reparado suficientemente en cuánto ha cambiado nuestra forma de contemplar la Semana Santa desde que llevamos una pantalla vertical en el bolsillo.
Una calle demasiado ancha para el teléfono
Durante mucho tiempo la imagen en movimiento nos enseñó a mirar hacia los lados.
El cine lo hizo de una manera y la televisión terminó consolidándolo de otra. El paisaje audiovisual que hemos heredado es fundamentalmente horizontal. Hay razones técnicas e históricas detrás de ello, pero también una costumbre visual: esperamos que una escena tenga espacio a izquierda y derecha.
El teléfono ha roto esa convención.
La investigadora Kathleen M. Ryan planteó ya hace años que el vídeo vertical no debía entenderse simplemente como aquel denostado vertical video syndrome, sino como una estética propia vinculada a las posibilidades físicas y tecnológicas del teléfono inteligente.
La transformación se ha consolidado después con TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts. Un estudio publicado en 2024 por Héctor Navarro-Güere analizó 1.194 piezas audiovisuales de esas tres plataformas y constató el predominio del formato vertical dentro de las muestras estudiadas. También encontró características recurrentes en su lenguaje: escenas únicas, cámara a la altura de los ojos, continuidad con cortes, música y elementos sobreimpresos sobre la imagen.
Pero salgamos del laboratorio y volvamos a la acera.
Porque allí la cuestión se entiende inmediatamente.
Ante nosotros tenemos una calle.
Dentro del móvil tenemos una columna.
Y hay que decidir qué metemos dentro.
El paso cabe; la calle, no siempre
Imaginemos un palio avanzando por una plaza.
En horizontal podemos enseñar simultáneamente el paso, parte del público, una fachada, la banda que se aproxima y quizá incluso el espacio que el cortejo acaba de recorrer.
Al girar el encuadre, la composición cambia.
El formato vertical favorece otras cosas.
La altura de una cruz. Una candelería. El cuerpo completo de una imagen. Un nazareno desde el capirote hasta los pies. Una torre detrás de un paso. El movimiento ascendente de una levantá. Una persona situada delante de nosotros.
Hay escenas cofrades que parecen haber estado esperando toda la vida a que existiera el 9:16.
Pero hay otras que se resisten.
Una banda desplegada. Una plaza. Una revirá que necesita mostrar simultáneamente la delantera y el costero. Una conversación entre dos personas separadas dentro de la escena. La relación entre el paso y la arquitectura que lo rodea.
Entonces aparece una consecuencia interesante: si la realidad no cabe en el formato, empezamos a seleccionar la realidad para que quepa.
Y esa selección nunca es inocente.
El encuadre siempre ha decidido qué vemos. Lo novedoso es que millones de personas comparten ahora un encuadre físicamente condicionado por el aparato que llevan en la mano y por las plataformas donde después circulará la grabación.

“No hemos metido simplemente la Semana Santa dentro del teléfono.
El teléfono está empezando a decidir qué Semana Santa
cabe dentro de la imagen.”
La espera también se ha hecho más corta
Hay otro cambio menos evidente.
No afecta al ancho de la imagen.
Afecta al tiempo.
Una procesión está llena de tiempos muertos. O, mejor dicho, de tiempos que solo parecen muertos cuando nuestra única expectativa es que ocurra algo espectacular.
Esperar que aparezca el paso.
Ver acercarse lentamente una presidencia.
Escuchar una marcha completa.
Contemplar cómo una cuadrilla prepara una maniobra.
Dejar que una calle pase del murmullo al silencio.
Todo eso necesita duración.
El vídeo que circula por una plataforma necesita otra cosa: conseguir que no pasemos al siguiente.
La investigación sobre vídeo vertical móvil ha encontrado, al menos en el terreno publicitario, mayor interés y engagement y una mayor fluidez de procesamiento para el vídeo vertical frente al horizontal en teléfono inteligente. Una explicación propuesta es muy sencilla: consumirlo a pantalla completa exige menos esfuerzo porque no obliga a girar el dispositivo.
La comodidad parece insignificante.
No lo es.
Una pantalla que ya tenemos correctamente colocada en la mano elimina una pequeña fricción. Y después basta deslizar un dedo para que desaparezca una chicotá y aparezca otra, para pasar de Sevilla a Málaga, de Granada a Cádiz o de una levantá a una petalada.
El espacio desaparece.
También desaparece buena parte de la espera.
La procesión real continúa avanzando a la velocidad de siempre. La procesión de la pantalla puede saltarse todo aquello que no interese.
Ahí empieza otro modo de mirar.
El momento que tiene que ocurrir
Pensemos ahora en quien está grabando.
Tiene el teléfono preparado.
El paso se acerca.
Graba.
Pero todavía no ha ocurrido nada.
Continúa grabando.
Nada.
Entonces llega una levantá, una marcha alcanza su parte más reconocible, cae una lluvia de pétalos o el paso entra exactamente bajo el arco que estaba esperando.
Ya lo tiene.
Ese instante probablemente sobrevivirá al resto.
Los segundos anteriores pueden desaparecer en la edición. Los posteriores también.
No hay nada ilegítimo en ello. Editar consiste precisamente en seleccionar. El problema aparece cuando terminamos esperando de la calle la misma densidad de estímulos que encontramos en una sucesión de vídeos seleccionados.
Porque una Semana Santa construida a partir de sus mejores treinta segundos por vídeo termina pareciendo mucho más espectacular que la Semana Santa real.
En la calle hay pausas.
Hay marchas que terminan sin aplausos.
Hay chicotás en las que aparentemente no sucede nada.
Hay nazarenos caminando.
Hay acólitos esperando.
Hay minutos enteros cuyo valor consiste precisamente en que no necesitan desembocar en un momento viral.
La pantalla puede enseñarnos a impacientarnos con ellos.
Mirar antes de grabar
Hay un gesto cada vez más habitual que merece atención.
Sucede algo.
Sacamos el teléfono.
No después de verlo.
Antes.
La cámara se ha convertido en una prolongación casi automática de la mirada. Queremos conservar aquello que está sucediendo y, en ocasiones, también compartirlo mientras todavía sucede.
Pero grabar implica tomar decisiones.
Dónde colocarme.
Qué dejo fuera.
Cuándo comienzo.
Cuándo corto.
Si sigo al paso o espero a que entre en mi encuadre.
Si busco el rostro de una persona o la escena completa.
Si me muevo.
Si hago zoom.
Si aguanto.
Quien piensa esas decisiones está construyendo una imagen.
Quien simplemente persigue el acontecimiento con el teléfono levantado corre otro riesgo: haber estado allí y descubrir después que contempló buena parte de aquello a través de la pantalla.
No se trata de enfrentar experiencia y tecnología. Esa batalla estaría perdida de antemano y, además, sería bastante absurda.
El teléfono ha democratizado extraordinariamente la producción audiovisual. Momentos que antes apenas habrían dejado testimonio pueden conservarse hoy desde muchos puntos de vista. Una hermandad pequeña puede documentar su historia sin necesitar una infraestructura profesional. Una escena inesperada puede quedar registrada. Un archivo audiovisual colectivo puede construirse prácticamente cada día.
La pregunta interesante no es si debemos grabar.
Es cómo estamos aprendiendo a mirar mientras grabamos.
Un pequeño experimento
La próxima vez que un paso se acerque, podemos probar algo.
Antes de levantar el teléfono, mirar diez segundos.
Solo diez.
Observar qué está ocurriendo alrededor de aquello que pretendemos grabar.
Después elegir.
Quizá el vídeo siga siendo vertical.
Pero ya no será exactamente el mismo.
Porque habrá una decisión previa al botón rojo.
Y en audiovisual, decidir dónde mirar es bastante más importante que disponer de la mejor cámara.
Plano final
La procesión termina de pasar.
Los teléfonos bajan casi al mismo tiempo.
Durante unos segundos sus pantallas siguen encendidas. Algunos revisan inmediatamente lo grabado. Otros lo envían. Alguien recorta el principio. Otro busca la música adecuada. Otro ya está publicándolo.
El paso todavía puede escucharse al final de la calle.
Quizá la transformación más importante no sea que ahora grabemos verticalmente.
Es que la escena puede empezar a convertirse en recuerdo antes incluso de haber terminado de suceder.
Y mientras el dedo vuelve a deslizarse sobre la pantalla, la procesión continúa por ahí fuera.
SIGUIENTE SECUENCIA
El fuera de campo: lo más cofrade no siempre está en el paso.
FUENTES Y DOCUMENTACIÓN
- Kathleen M. Ryan, «Vertical video: rupturing the aesthetic paradigm», Visual Communication, vol. 17, n.º 2, 2018, pp. 245-261. La autora estudia el vídeo vertical como una estética vinculada específicamente al smartphone y cuestiona su consideración como simple anomalía frente al encuadre horizontal.
Consultar el artículo en SAGE Journals - Héctor Navarro-Güere, «El vídeo de formato vertical en dispositivos móviles. Estudio de caso en TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts», Revista de Comunicación, vol. 23, n.º 1, 2024, pp. 377-393. El estudio trabaja con una muestra de 1.194 piezas audiovisuales.
Consultar el artículo en Revista de Comunicación - Mulier, Slabbinck y Vermeir, «This Way Up: The Effectiveness of Mobile Vertical Video Marketing», Journal of Interactive Marketing, vol. 55, 2021, pp. 1-15. Tres estudios comparan la recepción de publicidad audiovisual vertical y horizontal en dispositivos móviles. Conviene precisar que sus conclusiones pertenecen al ámbito publicitario y no deben extrapolarse automáticamente al vídeo cofrade.
Ficha del estudio en ScienceDirect - Como antecedente dentro de Tierra Cofrade puede enlazarse «Cartel y algoritmo. Cómo miramos la Semana Santa en tiempos de Instagram», de Inés Salvatierra, porque aborda desde otro ángulo cómo la circulación digital modifica la recepción de las imágenes cofrades.
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