Tierra Cofrade

Lo que cambia cuando los mayores se van: urgencia de memoria

Personas mayores conversando en Galicia como símbolo de la transmisión de la memoria

CARTAS AL LECTOR · III DE V
Tercera entrega de una pentalogía sobre memoria, tradición y comunidad

Por Francisco Molina Muñoz | Tierra Cofrade

Hay pérdidas que comprendemos inmediatamente y otras que tardamos años en reconocer. Cuando desaparece una persona mayor no se marcha solamente una vida: a veces desaparece también el último testigo capaz de explicarnos por qué una fotografía, un nombre, una calle o una costumbre significaban algo.

Hay preguntas que siempre creemos poder hacer mañana.

¿Cómo se llamaba aquel hombre?

¿Quién vivía en esa casa?

¿Dónde estaba exactamente el taller?

¿Quién enseñó aquella oración?

¿En qué año se marcharon a Francia?

¿De dónde venía ese apodo?

¿Quién organizaba aquello antes?

Las preguntas permanecen durante años en algún rincón de nuestra cabeza. No parecen urgentes. Tenemos otras cosas que hacer. Pensamos que habrá tiempo.

Hasta que un día preguntamos y ya no está la persona que conocía la respuesta.

Entonces comienza una forma particular de silencio.

No es solamente el silencio de una ausencia. Es descubrir que una pequeña parte del mundo que conocíamos acaba de quedarse sin intérprete.

“Hay personas que, sin haber escrito nunca un libro, conservan
dentro de sí un archivo entero.”

La memoria que no sabemos que tenemos

Cuando hablamos con nuestros mayores rara vez pensamos que estamos consultando una fuente histórica.

Estamos hablando con nuestra madre.

Con nuestro padre.

Con una tía.

Con el vecino que lleva toda la vida viviendo enfrente.

Con quien trabajó durante cuarenta años en un oficio desaparecido.

Con aquella mujer que sabe quiénes aparecen en una fotografía donde nosotros únicamente vemos rostros desconocidos.

La conversación parece cotidiana.

Precisamente por eso resulta fácil no concederle importancia.

Sin embargo, buena parte de la información que permite reconstruir la historia de una familia, una hermandad, una calle o una comunidad comienza de esa manera.

Un nombre.

Una fecha aproximada.

Un mote.

Una casa.

Una boda.

Un viaje.

Un oficio.

Una enfermedad.

Una emigración.

Una enemistad.

Una fiesta.

Una historia repetida durante décadas alrededor de una mesa.

Después habrá que comprobar.

Porque la memoria se equivoca.

Y conviene decirlo con claridad.

Recordar no es demostrar

Quien investiga el pasado debe aprender pronto una regla incómoda: que alguien recuerde algo con absoluta seguridad no significa necesariamente que sucediera exactamente así.

Podemos confundir fechas.

Podemos unir dos personas.

Podemos atribuir un acontecimiento a un hermano cuando ocurrió con otro.

Podemos convertir una aproximación en una fecha exacta después de repetirla durante años.

La memoria familiar incluso puede construir explicaciones para llenar huecos que nadie consiguió aclarar.

Por eso la historia oral no sustituye al documento.

Pero tampoco ocurre lo contrario.

Un documento puede decirnos que una persona nació un determinado día.

Quizá no nos diga cómo la llamaban en casa.

Puede registrar una profesión.

No necesariamente explicará cómo era aquel trabajo.

Puede indicar un domicilio.

Pero difícilmente contará quién se sentaba cada tarde en la puerta.

Puede registrar una defunción.

No nos explicará qué cambió en una familia después de aquella muerte.

Son fuentes diferentes.

Y necesitamos ambas.

La UNESCO considera las tradiciones y expresiones orales vehículos esenciales para transmitir conocimientos, valores culturales y memoria colectiva. Al mismo tiempo, señala su fragilidad precisamente porque su continuidad depende de una cadena de transmisión entre generaciones.

“La memoria oral no es un documento perfecto. Su valor está precisamente
en conservar aquello que muchas veces nunca llegó al papel.”

Cuando desaparece el último que lo sabía

En casi todas las familias ocurre.

Hay una persona a la que terminamos recurriendo.

La que sabe quién era aquel primo.

La que recuerda dónde vivían los abuelos.

La que puede identificar a quienes aparecen en las fotografías.

La que todavía recuerda un segundo apellido.

Mientras vive, parece que esa información también está a salvo.

No lo está.

La memoria humana no funciona como un archivo depositado en una estantería. Para transmitirse necesita conversación.

UNESCO advierte de que determinados cambios sociales y demográficos pueden reducir los contactos intergeneracionales y debilitar los sistemas tradicionales de transmisión. Entre ellos señala procesos como las migraciones y la urbanización, que pueden separar a las generaciones jóvenes de las personas mayores depositarias de determinados conocimientos.

Esto resulta especialmente reconocible en nuestra historia reciente.

Familias separadas por la emigración.

Hijos que construyeron su vida en otras ciudades.

Abuelos que quedaron en el pueblo.

Fotografías que viajaron dentro de una maleta.

Nombres españoles transformados por otro idioma.

Cartas que desaparecieron.

Documentos que nadie supo que convenía guardar.

Cuando años después alguien decide reconstruir la historia familiar descubre que las distancias geográficas también produjeron distancias en la memoria.

Preguntar antes de investigar

Vivimos en una época extraordinaria para buscar información.

Podemos consultar archivos digitalizados desde casa.

Buscar hemerotecas.

Comparar fotografías.

Acceder a bases de datos.

Localizar mapas históricos.

Encontrar documentos que hace treinta años habrían exigido desplazamientos y semanas de espera.

Pero existe una herramienta muchísimo más sencilla que seguimos utilizando demasiado poco.

Preguntar.

Dos mujeres mayores siendo entrevistadas para recuperar la memoria oral de los pueblos de la Noguera
Escuchar y registrar los testimonios de nuestros mayores permite conservar historias que muchas veces nunca llegaron a los documentos. Proyecto «Fem Memòria», comarca de la Noguera (Lleida). Fuente: Xarxa d’Arxius Comarcals de Catalunya. Wikipedia.

Antes de buscar durante horas dónde estaba una tienda, quizá quede alguien que compró allí.

Antes de intentar identificar una fotografía con procedimientos complicados, quizá una persona mayor pueda señalar tres rostros.

Antes de investigar el origen de un apodo familiar, quizá alguien recuerde haber escuchado una explicación.

No significa que debamos aceptar esas respuestas sin contraste.

Significa que pueden indicarnos dónde comenzar a buscar.

Ese matiz cambia completamente una investigación.

No hace falta convertir la casa en un archivo

A veces hablar de conservar la memoria produce una sensación equivocada.

Parece que deberíamos convertirnos todos en historiadores.

No.

Bastaría con adquirir algunos hábitos.

Poner nombres a las fotografías.

Escribir una fecha aproximada.

Anotar quién nos contó una historia.

Grabar, con permiso, una conversación.

Guardar una carta significativa.

Identificar las casas familiares.

Preguntar por los oficios.

Anotar los apodos, procurando distinguir siempre entre aquello que sabemos y aquello que simplemente hemos oído.

La tecnología nos permite hacerlo con una facilidad desconocida para generaciones anteriores.

Un teléfono que llevamos en el bolsillo puede grabar una conversación con una calidad suficiente para conservar una voz durante décadas.

Pero aquí aparece una paradoja.

Nunca tuvimos tantos medios para guardar memoria.

Y quizá nunca produjimos tanta información destinada a desaparecer rápidamente.

Miles de fotografías sin identificar.

Mensajes perdidos entre conversaciones.

Vídeos que nadie clasificará.

Archivos digitales guardados en dispositivos que terminarán averiándose.

No basta con producir recuerdos.

Hay que darles contexto.

“Una fotografía sin nombres puede conservar una imagen durante cien años
y perder su historia en una sola generación.”

Las fotografías empiezan a quedarse mudas

Probemos un ejercicio.

Busquemos una fotografía familiar de hace setenta u ochenta años.

Miremos las caras.

¿Cuántas podemos identificar?

Quizá nuestros padres conocían a todos.

Nosotros conocemos a cinco.

Nuestros hijos reconocerán a dos.

Nuestros nietos quizá a ninguno.

La fotografía seguirá existiendo.

La información habrá desaparecido.

Por eso escribir detrás de una fotografía quién aparece en ella fue durante décadas un gesto extraordinariamente inteligente.

Hoy deberíamos hacer lo mismo con los archivos digitales.

Nombre.

Lugar.

Fecha.

Personas.

Acontecimiento.

Cinco datos pueden convertir una imagen cualquiera en un documento familiar.

Sin ellos terminará siendo únicamente una fotografía antigua.

La memoria de las hermandades también envejece

El problema no afecta únicamente a las familias.

También ocurre en hermandades, asociaciones, parroquias y colectivos culturales.

Hay personas que han desempeñado durante décadas tareas aparentemente menores.

Saben dónde estaba determinada pieza.

Quién realizó una reparación.

Por qué se modificó un recorrido.

Quién donó un objeto.

Qué ocurrió aquel año en el que no pudo celebrarse una actividad.

Cómo se montaba antes.

Qué elemento se perdió.

Quién conocía la técnica.

Muchas veces esa información nunca entró en un acta.

Y cuando desaparece quien la conocía, comienza un extraño proceso.

Primero se dice:

«Creo que fue así».

Después:

«Siempre se ha dicho que fue así».

Y finalmente:

«Fue así».

En apenas unas generaciones una posibilidad puede convertirse en certeza.

De ahí la importancia de documentar.

La legislación española sobre patrimonio cultural inmaterial no limita la salvaguardia a conservar objetos: incluye la transmisión, documentación, investigación y promoción de conocimientos y prácticas. La Ley 10/2015 establece expresamente que las administraciones deben promover la transmisión a nuevas generaciones de conocimientos, oficios y técnicas tradicionales cuando exista riesgo de desaparición.

Escuchar también es patrimonio

Existe una tendencia comprensible a buscar grandes testimonios.

La persona más antigua.

El acontecimiento extraordinario.

La historia espectacular.

Pero muchas veces lo verdaderamente valioso está en lo cotidiano.

¿Cómo se celebraba una boda?

¿Qué se comía en determinada fiesta?

¿Dónde jugaban los niños?

¿Quién tenía teléfono?

¿Cómo se avisaba de una muerte?

¿Qué se hacía cuando alguien emigraba?

¿Cómo se preparaba una procesión?

¿Quién cosía?

¿Quién limpiaba?

¿Quién prestaba las flores?

¿Dónde se reunían?

¿Qué palabras utilizaban?

Una cultura está hecha también de esas cosas.

UNESCO subraya que la importancia del patrimonio inmaterial no reside únicamente en su manifestación visible, sino en el conjunto de conocimientos y habilidades transmitidos entre generaciones y en el significado que poseen para las comunidades.

Por eso una conversación alrededor de una mesa puede ser culturalmente más importante de lo que parece.

Pero hay que saber preguntar

La memoria no funciona bien cuando la interrogamos como un cuestionario administrativo.

«¿En qué año ocurrió?»

«No me acuerdo».

Fin de la conversación.

Hay otras maneras.

¿Dónde vivíais entonces?

¿Habías empezado ya a trabajar?

¿Fue antes o después de casarte?

¿Quién estaba allí?

¿Era invierno?

¿Había nacido ya tu hermano?

¿Recuerdas qué casa era?

Una respuesta conduce a otra.

Y poco a poco aparecen referencias que permiten situar acontecimientos.

También conviene aceptar una frase que en investigación resulta enormemente valiosa:

«No lo sé».

No saber es información.

Significa que debemos buscar por otro camino.

Mucho más peligroso es rellenar un hueco porque una explicación parece razonable.

Guardar también las dudas

Cuando recogemos memoria familiar deberíamos aprender a escribir tres palabras:

«Pendiente de confirmar».

Son extraordinariamente útiles.

Nos permiten conservar una información sin convertirla prematuramente en verdad.

«Según recuerda…»

«Probablemente…»

«La familia lo conocía como…»

«Fecha aproximada…»

«No se ha localizado todavía documentación…»

No restan valor a una investigación.

Le dan credibilidad.

Conservar las dudas forma parte de conservar la memoria.

Porque quizá dentro de diez años aparezca un documento que permita resolverlas.

Y entonces agradeceremos haber distinguido lo que sabíamos de lo que creíamos saber.

La voz también se pierde

Hay algo que ningún certificado puede devolver.

La voz.

Su manera de pronunciar un nombre.

Las palabras que utilizaba.

Las pausas.

La risa cuando recordaba determinada historia.

Los silencios cuando aparecía otra.

Durante siglos la transmisión oral dependió exclusivamente de que alguien escuchara y volviera a contar.

Hoy podemos conservar también el sonido.

UNESCO recuerda que muchos sistemas tradicionales de transmisión del patrimonio vivo han dependido —y todavía dependen— de la oralidad más que de textos escritos.

Grabar una conversación familiar, siempre con conocimiento y consentimiento de quien participa, puede parecer algo pequeño.

Con el paso de los años puede convertirse en uno de los documentos más importantes de una familia.

No porque todo lo contado sea históricamente exacto.

Sino porque aquella persona estuvo allí para contarlo.

La urgencia no consiste en tener miedo

No deberíamos convertir esta reflexión en una obsesión por la pérdida.

Nuestros mayores no son archivos ambulantes a los que haya que someter a interrogatorios antes de que sea demasiado tarde.

Son personas.

La memoria aparece mejor cuando hay tiempo.

Cuando surge una fotografía.

Cuando se recuerda una comida.

Cuando alguien pronuncia un nombre.

Cuando una historia lleva a otra.

La verdadera urgencia consiste simplemente en no aplazar indefinidamente la conversación.

Sentarse.

Escuchar.

Preguntar.

Y después, si merece la pena, escribir.

Cuando los mayores se van

Algún día sucede.

La silla queda vacía.

La casa cambia.

Los objetos se reparten.

Las fotografías pasan a otras manos.

Y empezamos a formular preguntas que ya no podemos hacer.

Es inevitable.

Lo que no es inevitable es perder también todo aquello que aquella persona podía transmitir.

Cada generación recibe durante un tiempo la oportunidad de escuchar a la anterior.

No sabemos cuánto dura.

Quizá por eso conservar memoria no sea principalmente una tarea de archivos.

Tal vez empiece con algo muchísimo más sencillo.

Una tarde.

Dos personas.

Una fotografía encima de la mesa.

Y una pregunta:

«¿Quiénes son estos?»

A partir de ahí puede comenzar una historia entera.

Un hombre y una mujer mayores conversando junto a una puerta en Siena
La memoria se transmite muchas veces sin ceremonia: hablando, recordando y volviendo sobre historias que parecían conocidas. Siena. Foto: Cristina Gottardi / CC0. Wikipedia.

“Preguntar a tiempo no impide que nuestros mayores se vayan. Impide que
algunas de sus historias tengan que marcharse con ellos.”

CARTAS AL LECTOR · III DE V
Este artículo forma parte de la pentalogía Cartas al lector, de Francisco Molina Muñoz.
Próxima entrega: Entre la prisa y el rito: defender el tiempo lento.

FUENTES

La reflexión del artículo es ensayística. Las afirmaciones sobre patrimonio cultural inmaterial, oralidad y transmisión intergeneracional se apoyan en las siguientes fuentes:

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Hay preguntas que creemos poder hacer mañana hasta que descubrimos que ya no queda quien conocía la respuesta. Tercera entrega de Cartas al lector, dedicada a la memoria de nuestros mayores y a la necesidad de escuchar, documentar y contrastar.

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